Ángeles Salvador: “El sexo puede ser una forma de detentar el poder”

Por Marvel Aguilera. Fotos: Gisele Velázquez

En su debut literario, El papel preponderante del oxígeno, la autora propone adentrarnos en la vida de Rosa, una peluquera sin padres que debe afrontar su soledad en una década superficial como los noventa, refugiada en el sexo y el estímulo inagotable por recuperar su historia.

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Según una antigua tradición tailandesa, en la duodécima luna llena de cada año, cientos de habitantes del moderno pueblo de Chiang Mai – a 700 km de Bangkok – se reúnen a la vera de los canales del río Ping para dejar sobre sus aguas pequeñas embarcaciones de madera denominadas krathongs. La práctica, derivada de la filosofía budista, el culto mayoritario del país asiático, se asienta en las enseñanzas del Siddhartha Gautama enfocadas al despojo del samsara, el ciclo de vida humano abocado a los deseos materiales. El acto de flotar por sobre las aguas (loy) es la representación de la renuncia a los rencores y el alcance de la plena libertad; ese naufragio al que son sometidas las pequeñas balsas de banano, soportando la energía de la corriente y las vicisitudes del clima, no es otro que el que los espíritus deben atravesar para alcanzar el grado máximo de liberación, el nirvana.

En El papel preponderante del oxígeno (Reservoir Books), la primera novela de Angeles Salvador, los hilos del relato se tejen alrededor de una narración vertiginosa, visceral y sin reparos, atravesada por una historia de anhelos y tragedias, de amores y martirios, donde la supervivencia está en aquel que, conociendo sus limitaciones, logre aprender a flotar entre las tempestades de lo mundano y continúe el viaje hacia el encuentro con su propia identidad. La protagonista, Rose (como es bautizada en Barrio Norte), una peluquera huérfana criada por el cariño distante de sus tíos, está inmersa en una sociedad machista y egocéntrica, reducida al mero deleite de los placeres banales. Son los años noventa, la década del despilfarro y la plata dulce. En la peluquería o en los taxis – espacios emergentes del iniciático derrumbe económico – el rumor y el chimento ajeno construyen un discurso sedado, de una clase social que da órdenes sin esperar vacilaciones: “Parece que ellos siempre tienen una verdad, parece que ellos inventaron el mundo, parece que cuando ríen se ríen en serio, que cruelmente tienen mucho menos por qué llorar y por eso lloran menos, parecen y actúan como si fueran libres, y tal vez lo son, y eso los hace magnéticos”.

En su pretensión por domar la descarada e impune masculinidad, en un mundo que los hace reyes, Rose hace uso del sexo no como escalada de ascenso social sino como refugio y ritual exorcizador: las orgías funcionan como anestesia contra ese punto de partida, que siempre vuelve, inevitablemente. “El sexo es un buen antídoto contra las pesadillas, y yo no quería soñar más ese sueño de mis padres en la barca”. No obstante, el goce también es soledad, como los intercambios con los clientes de Barrio Norte o las llamadas telefónicas con su tía para arreglar los bienes de familia. Los elementos traumáticos que salpican a Rose, como la muerte de Andy – su fugaz amante – por el insulso corte de un vidrio o el sometimiento a manos de dos jóvenes traficantes ciegos, alcanzan, por momentos, rangos ridículos e irrisorios pero que, aun así, guardan coherencia con ese mundo interno construido por el fragor de la narradora.

En “Tres vidas”, la tercera y última parte de la novela, la historia de enredos contra natura del clan Ramiro – la familia de José, su paradigmático amorío – lleva a la protagonista a descender a los mismísimos infiernos (descensus ad ínferos) y perderse es esa penumbra oscilante entre lo real e imaginario. A diferencia del Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato que partía de una pesquisa un tanto paranoica de su protagonista, en El papel preponderante del oxígeno la relación de Rose con los hermanos Gabriel y Sandra decae natural, sincera. Sin embargo, la compasión por proteger lo único que la vida deja, a veces puede resultar autodestructivo.  En un reducto sostenido por los inciertos límites de los Ramiro, Rose empieza a degradarse, a perder los sentidos, a tantear las paredes como si reprodujera el mundo que ellos habitan desde siempre. “Quise pedir perdón por no saber defenderme. Pero no tenía justificación ni piedad. Solamente me faltaba tener una visión de mi coraje, inflarlo en su magnitud y mantenerme en él, como si fuera un carro minero, pero sin atarlo a nada, a ningún apetito, recuerdo, pregunta, deuda, amanecer, verdugo, salvación o revancha”. A pesar de ello, del dolor consustancial con lo ajeno y la herida desangrada por su origen, la profundidad de las aguas la traerá de nuevo a la superficie, como a lo largo de su vida, para flotar y respirar una nueva bocanada de aire.

***

El inicio de la novela muestra a la protagonista en un tránsito constante, ya sea por olvidar a sus padres o por huir de la casa de sus tíos. ¿Ella termina siendo rehén de sus propios fines?

Puede ser. Hay tránsito en el sentido de avanzar en el tiempo, en ir para adelante. El fin de ella es sobrevivir, porque está sola, entonces trata de hacer lo mínimo indispensable para conseguirlo y salir de un mundo que se le ha hecho muy chico debido a la crianza junto a sus tíos, con los cuales no ha tenido mucho estímulo para ser ella y tener su propia identidad. Luego de que Rose se va, si bien lo hace para ganar un poco de plata, tiene cierta consciencia de su limitación a esa altura de la vida, ya sea intelectual o de recursos, para sobrellevar una carrera. Y la salida más común que encuentra en el terreno laboral, que es una constante al menos en la Argentina, es la peluquería.

En una sociedad como las de los años noventa, marcada por la frivolidad y la cosificación de la mujer, ¿hay una resistencia a esa lógica a través del sexo como posibilidad de imponer una posición?IMG_4720

Es como un reducto incorruptible de poder femenino, hasta que puede volverse en contra; es un contexto tremendamente masculino que puede incluso llevarla a la violencia. Cuando el poder está ausente en otros ámbitos, el sexo puede ser un lugar de poder: desde la extorsión en el matrimonio a través de los premios y castigos; a partir de la seducción, la coquetería excesiva que puede llevar a hacer perder a un hombre. Es una forma de detententar el poder, sí.

A su vez, tiene que ver también con un acto contra el supuesto poder que las mujeres carecían al no tener libertad sexual. El no acceso a esa libertad llevaba a que el hombre se desespere por llegar a ese tipo de mujeres que tenían el poder, hace sesenta o cincuenta años, de acostarse con un hombre sin que estuvieran casados. Era quebrar un mandato. En el colegio de monjas en el que me crié era algo natural, también en el entorno de mis padres. No existían las charlas relacionadas a la igualdad de género o sobre el micromachismo.

¿Cuánto hay de la idea del sexo como representación del mercado de consumo que expone Michel Houellebecq en Plataforma o en Las partículas elementales?

Me gusta mucho y concuerdo bastante con su visión. Hay un mercado sexual y también de seducción, que tiene que ver con la coquetería, el prejuicio de la edad, el sexo por dinero. Todo eso surge a partir de un mercado que presenta estas tensiones.

Los constantes traspiés de la protagonista a la hora de conformar su vida y ese “empezar de cero” que se repite hasta el hartazgo hacen creer que la novela es una historia sobre la soledad.

Esa realidad es como la hipótesis de escritura de la novela, un personaje al que las cosas no le salen, que drásticamente debe quedarse con las manos vacías: Andy se va a Europa por estudios y no hay forma de que vuelva ni que ella vaya hasta allá; el estudiante de medicina se muere absurda y trágicamente; hasta el perro, Último, se le muere, su gran compañía. Cuando conoce a José, había una necesidad desde la escritura ya de consolidar una historia, pero marcada por el matrimonio de él y por sus hijos, tan indefensos por la ceguera, a los cuales él no cree pertinente someterlos a una separación matrimonial o a una madrastra.

¿Cuál crees que es el oxígeno, latente en el relato, que le permite a Rose poder continuar adelante a pesar de sus calamidades?

El oxígeno lo encuentra en la profunda búsqueda del principio no revelado, primigenio, de todo aquello que no conoce de sí. Hay una escena en donde Rose termina tomando ácido y alucina con el cerebro de Sandra: ve en ella un cerebro lleno de colores rojos que es el que supuestamente solo puede ver y entiende que al cortársele el nervio de la córnea no logra alcanzar el origen de su trauma, que son los Ramiro, la familia de donde emergen sus padres primos. El oxígeno de Rose también está en el encuentro de los cuerpos muertos de sus padres en el río. Hay un punto de encuentro con la historia del país, que no fue buscado, relacionado a los cuerpos que no se pueden ver, que están desaparecidos.

¿Crees que una de las razones del éxito de la novela radica en la forma autobiográfica de ser narrada, donde pareciera que estás hablando de vos misma?

Si bien no pensé mostrar la novela como si fuera algo propio terminé teniendo que aclararlo al final de la misma.

La cantidad de detalles y descripciones también hacen creer que hay un bagaje empírico.

Me resulta más fácil imaginar que ceñirme a lo que realmente pasa. Tengo la libertad de poner lo que se me ocurra del tal personaje, escenario o detalle. Además, siempre tenés la posibilidad de exagerar, y eso es lo bueno porque, al final, la vida de uno pude ser más o menos trágica pero no se puede exagerar ser una heroína o un gran perdedor, a no ser que verdaderamente te pase. En la ficción sí se puede.

A pesar de la cantidad de tragedias que afloran en la historia, hay situaciones realmente hilarantes, ¿te causaban gracia al momento de escribirlas?

Sí, me reí mucho, sobre todo de la historia de los Ramiro. Fue algo totalmente exagerado hecho para salir un poco de los lugares comunes.

Entraste al ámbito literario como una outsider y pudiste publicar en una editorial importante, hacer notas, ir a eventos, generar expectativas. ¿Crees que todo eso inevitablemente cambia tu forma de relacionarte con la escritura o es algo que tomás naturalmente?

Lo tomo naturalmente. Sí tengo la necesidad de escribir otra novela. En particular, lo que me está pasando ahora es que siento la necesidad de especular, como si yo fuera la propia encargada de marketing. Y eso no lo tenía anteriormente; me quedo pensando en lo que pudo haber gustado más, qué debería repetirse, hasta soy un poco exagerada. Un amigo mío me lanzó la idea de hacer una saga y publicar, por ejemplo, “El papel preponderante del amor”. Todo eso atenta un poco con la libertad que yo tenía antes, cuando escribía cosas que no pensaba que pudieran llegar a salir a la luz. Y no quiero caer en el intento de conseguir un éxito en función de los motivos por los que esta novela lo tuvo.

¿Hay algún punto de contacto que encuentres entre tu etapa de actriz y esta actual como escritora?

Muchísimo. Me formé en los años noventa con Ricardo Bartis, un gran maestro de actores y director teatral. En ese momento había todo un semillero, de ahí salieron Rafael Spregelburd, María Onetto, Soledad Villamil, Luis Machín, entre muchos; todos estaban en su mejor momento fuera del mainstream, eran jóvenes. Lo que Bartis proponía frente a la actuación era todo lo contrario al método de (Konstantin) Stanivslaski, lo que hacía (Lee) Strasberg en Estados Unidos.  Decía que no era necesario apelar a una memoria, lo importante era la mentira; el cuerpo del actor mintiendo convincentemente en un pacto con el público: hacerte creer durante una hora algo para provocar cierta emoción y cuya última metáfora era que el tiempo pasaba. Todo lo que ocurría en ese lapso no volvía a suceder más, a diferencia del cine o de la escritura donde uno puede volver atrás. Además, se trabajaba cierta idea del absurdo, de salir del estereotipo y el lugar común. En contrapartida, ese absurdo no podía ser producto de una locura, debía tener cierta verosimilitud. Todo esto está en la novela. Cuando empecé el taller a mediados del 2000, los que estaban ahí conmigo hacían mucha literatura del yo: contaban experiencias de relaciones, de su infancia, del trabajo. Y yo me sentía rara porque era la única que hacia ficción.

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Otro aspecto importante que trabajé con Bartis fue el de no ser una misma, tratar de ponerme en la piel de otro personaje. Uno a veces está harto o aburrido de sí mismo, y qué mejor que ocupar ese tiempo para pensarte como un otro: desde la gestualidad, las formas, la diferencia.  Fue muy estimulante lo que vivimos. Era una época que dejaba atrás la dictadura y que atravesaba una calma risueña donde se despotricaba contra Carlos Menem.

En una entrevista pasada definiste tu historia personal como la de una escritora tardía, ¿no crees que es un poco anacrónica ya la idea de la carrera del escritor?

Lo pensé porque ya tenía más de cuarenta y es raro que lo que no hiciste de más joven puedas hacerlo de grande, más el ser escritor. Pasó por una decisión personal de permitirme hacerlo. Cuando uno es más grande se pone a hacer otras cosas, muchas personas pintan. Tal vez podés empezarlo como un hobby; una catarsis por hacer, y no pensar que un día puede llegar a tener algún tipo de difusión, repercusión e incluso que te paguen por ello.

¿Y cuándo fue que finalmente te pensaste como escritora?

Fue más que nada un convencimiento a partir de una idea que me prestó Esteban Schmidt en su taller. Si él no me hubiera reconocido o si el taller hubiera sido otro, quizás no pasaba. Él me decía que escribía bien y que tenía posibilidades de publicar. Me pidió un día que no lleve más consignas, y que empiece a trabajar en una novela. De alguna manera me prestó la idea, y fue todo un desafío para ese momento de mi vida. Estaba todo un poco plano y no tenía demasiadas expectativas. Por contrario, estaba en una etapa de separaciones, y en donde tenía un largo terreno de maternidad por delante. Además, acumulaba trabajos desastrosos. Recién ahora empecé a trabajar escribiendo, y tiene que ver también con esa identidad que forjé a partir del taller.

¿Demandó mucho tiempo escribir El papel preponderante del oxígeno?

Fueron cuatro o cinco años con la obra. Había cerrado con una editorial independiente, Garrincha, de Santiago Lach. Pero finalmente cerró y ahí se demoró bastante. A su vez, cuando estaba por la mitad de la novela me diagnosticaron insuficiencia renal. Tuve que arrancar con diálisis, fue un cambio muy fuerte. Cuando no se dio lo de Garrincha, traté de probar en otros lados. Y por una allegada a Random House pude presentarla allí. Pero desde que inicié con todo, paso un tiempo importante. Por un momento creí que nunca iba a salir, y que iba a quedar en la nada.

Ahora que ya tenés una obra publicada y vas en camino de otra, ¿se facilita más el proceso de trabajo a partir de esa meta?

Tenía una meta algo fantasiosa antes. Ahora, con mis problemas de salud, tengo poco tiempo; todo termina retrasándose. La escritura es un desgaste y, en mi caso, necesito tiempo. Suelo decir que me rompo la cabeza al escribir, porque voy hasta el milímetro de la concentración. Es la búsqueda que me propongo para que sea lo más verdadero posible, no deseo engrupir a nadie ni adornar con cuestiones que no siento. Trato de trabajar sobre la vida de los personajes, las situaciones; eso que estoy imaginando realmente. Es un momento de concentración que me demanda mucho tiempo.

 

El papel preponderante del oxígeno de Angeles Salvador.

Reservoir Books

237 páginas.

 

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