El grito silencioso de Walter Benjamin

Por María Malusardi

A pocos días de haberse cumplido el 125 aniversario de su nacimiento, el teórico alemán está cada vez más presente. Con ediciones de El cuenco de plata y Eterna Cadencia su legado se reproduce y no calla.

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No es un círculo del infierno. Es un libro epistolar. Sin embargo arde. Sin embargo asfixia. El lector ha llegado a la carta del 8 de octubre de 1940. Theodor Adorno deja caer el látigo en la primera línea: Walter Benjamin se ha quitado la vida”. Gershom Scholem es el destinatario de esta noticia. De ahí en más, el volumen que recopila la correspondencia entre ambos pensadores (Correspondencia 1939–1969, Eterna Cadencia), en gran parte girará alrededor de la figura del amigo común. Y reflejará un agotador trabajo de rescate de sus escritos. Tanto Adorno como Scholem habían logrado emigrar de Europa antes de que comenzara la segunda guerra: el primero a Estados Unidos, el segundo a Jerusalén. En cambio Benjamin quedó en el infierno (no en el libro). Aunque ya había conseguido la visa para ingresar a los Estados Unidos, no lograba salir. Benjamin, ya instalado en Francia, se había unido a un grupo de gente en su misma situación. “Después de una travesía a pie que aparentemente fue muy agotadora y las muchas dificultades causadas por los franceses, llegaron, en su huida, a Portbou –relata Adorno-. Allí tenían la intención de deportarlos a Francia, por lo que solicitaron una noche de descanso, que les fue concedida. Durante esa noche, Walter tomó morfina. A la noche del día siguiente falleció y el miércoles fue enterrado. Los demás no fueron deportados de vuelta a Francia y llegaron todos sanos y salvos a Lisboa. De modo que Walter se mató estando ya salvado.”

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             Pero él no lo sabía. Horroroso y absurdo, agregará Adorno hacia el final de la carta. La consternación y el golpe perviven en la renovadora obra de Benjamin. Aun cuando se lee la delicada belleza de su Infancia en Berlín (reeditado recientemente por El cuenco de Plata), revelando el despertar de una mirada que todavía no ha entrado en la agonía de la historia, se siente la amenaza, por lo bajo, de lo que será su final. No hay modo de acercarse a la obra de Benjamin sin que retumbe largamente el silencio en su escritura (dixit Maurice Blanchot). Un silencio que es enigma, enjambre, devoción por el pensar.

            En cuarenta y ocho años de vida, Benjamin compuso una voluminosa obra atravesada por el desparramo y la fragmentación. Coleccionista de citas, destruía y recomponía sentidos. No en vano, no porque sí. Había una intención, una manera de mirar y de entender el lenguaje, la historia, la filosofía. Y también la vida. Pero qué clase de autor es Benjamin. “Para describir su trabajo adecuadamente y a él como un autor dentro de nuestro horizonte usual de referencias, deberían hacerse un gran número de afirmaciones rotundas y negativas, tales como: su erudición era grande, pero no era un especialista; el motivo de sus temas comprendía textos y su interpretación, pero no era un filólogo; se sentía poderosamente atraído no hacia la religión sino hacia la teología y al tipo teológico de interpretación por el cual el texto mismo es sagrado, pero no era ningún teólogo y no estaba interesado particularmente por la Biblia; era un escritor nato, pero su máxima ambición era producir un trabajo que se compusiera enteramente de citas; fue el primer alemán en traducir a Proust y a Saint-John Perse y antes había traducido a Baudelaire, pero no era traductor; hizo reseñas de libros y escribió varios ensayos sobre escritores muertos y vivos, pero no era crítico literario; escribió un libro sobre el barroco alemán y legó un voluminoso estudio inacabado sobre siglo XIX francés, pero no fue historiador literario ni de ningún otro tipo; intentaré mostrar que pensaba poéticamente, pero no fue ni un poeta ni un filósofo.” Quien arriesga este controvertido currículum es Hannah Arendt.

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            Quedar fuera de las categorías resulta fulminante. Y Benjamin pagó su precio. Fue un escritor póstumo. Y exquisito. Y referencial. Y profético. Y lúcido. Y lúdico. Y auténtico. Y original. Y diferente. Ya no importa qué clase de autor es. Sus escritos revelan. Y sus epifanías son perlas extraídas del fondo del mar –del fondo de los tiempos.

Y aunque Arendt ofrece, finalmente, un perfil que lo distingue y exalta, no logra asumir que la particularidad de Benjamin radica en cierta visión de conjunto que sus escritos iluminan desde dentro. El pensamiento de Benjamin, dice Michael Löwy, aspira a una nueva comprensión de la historia humana. “Su reflexión constituye un todo en el cual arte, historia, cultura, política, literatura y teología son inseparables. Estamos acostumbrados a clasificar las diferentes filosofías de la historia según su carácter progresista o conservador, revolucionario o nostálgico del  pasado. Walter Benjamin escapa a esas clasificaciones. Es un crítico revolucionario de la filosofía del progreso, un adversario marxista del ‘progresismo’, un nostálgico del pasado que sueña con el porvenir, un romántico partidario del materialismo. Es, en todos los sentidos de la palabra, ‘inclasificable’. Adorno lo definía, con razón, como un pensador ‘apartado de todas las corrientes’. Su obra, en efecto, se presenta como una especie de bloque errático al margen de las grandes tendencias de la filosofía contemporánea.”

Löwy es quien mejor se derrama sobre Benjamin.

Y también la argentina Mariana Dimópulos, autora de un soberbio ensayo, Carrusel Benjamin, y encargada de la edición y el prólogo de La tarea del crítico, un volumen que recopila artículos y reseñas publicados en diarios de la época y que se suma a El París de Baudelaire y Sobre Kafka, todos bajo el sello Eterna Cadencia.

La tarea del crítico

Por qué razón debería resultar atractivo un libro que recopila reseñas críticas (textos para la divulgación, en definitiva) de libros que ni siquiera los lectores de lengua castellana conocemos, al menos en su mayoría. La tarea del crítico de Walter Benjamin podría compararse a Lecturas no obligatorias de Wislawa Szymborska. O a George Steiner en The New York Times. Exquisitos. El valor no está en el libro reseñado –casi no tiene importancia- sino en lo que dispara ese libro en este caso en la pluma de Benjamin. La reseña logra autonomía crítica, una escritura que propone nuevas resonancias, una voz que suma –y ensambla en el pensamiento- porque desvía sentidos, porque abre madrigueras.

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Mariana Dimópulos, que ya en Carrusel Benjamin traza un recorrido –o recorre una traducción- por la obra de Benjamin, acrecentando esta magia de las variaciones que, como la música de jazz, ofrece la filosofía –se revisitan, se reversionan los mismos temas bajo nuevas sombras que son las luces del lenguaje- acompaña desde una hermenéutica propia cada fraseo benjaminiano en La tarea del crítico: De la ciudad, De la niñez, Querellas literarias, De la política, entre otros subtítulos. Cada uno reúne una serie de artículos minuciosamente seleccionados por Dimópulos que, como se dijo antes, se elevan por sobre el texto reseñado creando un nuevo pensamiento: la poética de Benjamin nos cubre de asombro, siempre. Es que Benjamin añora una crítica que aniquile, que eluda lo inofensivo, que se expanda. Son tiempos de oscuridad, diría Hannah Arendt. “La llegada del nazismo al poder –escribe Dimópulos- influyó negativamente en toda la producción intelectual de los autores de Weimar, poniendo en riesgo también su posibilidad de subsistencia. En aquellos años Benjamin escribió más de ciento cincuenta reseñas y comentarios; a esto habría que sumar los numerosos trabajos que redactó para la radio. Era su forma de responder, en la prosa, al pedido urgente de actualidad. Porque la República de Weimar se mantuvo en vida al calor de un gran foro de discusión, donde el arte y la política compartían territorio.”

Decir que cada texto de Benjamin conmueve –por tantísimas razones- sería, oh paradoja, ir en contra de su propuesta. Sería el adjetivo fácil, la opinión directa que Benjamin detestaba. Sin embargo, a veces, contagiar con sencillez, estimular el deseo de manera abierta, no viene mal. Lo demás lo ofrece el genio de Benjamin y no quien, modestamente, asume este escrito fugaz.

 

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