María Lobo: “Me produce mucha tristeza el hombre partido, mutilado”

Por Bruno Costanzo

Los Planes, la nueva novela corta de María Lobo, relata la vida en el interior del país en el seno de dos familias de clase media que buscan escapar de la mediocridad.

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Foto: Juan Pablo Sanchez Noli

María Lobo compone su novela con una escritura llana y clara. Una sensación de que detrás de lo evidente hay un sutil misterio invade a sus personajes, que quieren saber qué pasa sin que necesariamente tenga que pasar algo, sin pistas previas que dilaten una respuesta.

La novela tiene tres partes en las que el protagonismo varía entre dos personajes: Shea, una madre de dos hijos, y Federico, padre de David y académico en ciencias económicas. La amistad de David y Fernán -el hijo menor de Shea- es el nexo entre los padres que buscan escapar de lo intrascendente de sus vidas.

 Los planes son lo que más preocupa a Shea, que fantasea con un escape de su vida sin altibajos. Casada con un médico, su rutina se reduce a enseñar italiano en un instituto mientras va a buscar a sus hijos al colegio, les revisa la tarea y  les prepara la merienda. Lobo describe ese limbo entre la felicidad de una familia sin grandes preocupaciones y la amargura que genera la escasa aventura, el estancamiento.

Shea encuentra una escapatoria al emprender la traducción de una novela italiana poco conocida, y sueña con convertirse en una persona importante, de renombre, a partir de su trabajo. El proyecto ocupa todo el tiempo libre de la protagonista, que, desde un principio, duda sobre su utilidad.

Por otro lado, Federico, con su carrera académica y sus estudios de doctorado, lleva una vida nómade. Ha dado clases en San Miguel de Tucumán, la capital de su provincia, Estados Unidos y México. Sin embargo, la mediocridad está ahí, ese “¿qué estoy haciendo con mi vida?” constante. Él también tiene su plan de escape: una amante. Más linda, más joven que su pareja, no es realmente importante. Tiene que aportar lo que le falta a su vida: una aventura.

En esta novela, María Lobo se enfrenta al desafío de escribir un relato que ocurre en la actualidad; mensajes de Whatsapp, consolas de videojuegos y redes sociales, son elementos de la trama que aún resultan algo molestos para el lector, pero necesarios y obligatorios si se busca ser realista. Tal vez, el lo único molesto sea que la actualidad es aburrida y punto.

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El texto está atravesado por esta necesidad de ‘escapar de la mediocridad’, ¿Por qué hay que ‘escapar’?

La industria del trabajo es el origen del hombre de existencia mutilada: de todas las capacidades que tiene, se ve obligado a cultivar una sola, la que la industria dice que hace de forma eficiente. Se supone que en un principio esa situación debería molestarnos a todos, pero luego hay gente que aprende a ser feliz con esa mutilación. Ese es el burgués: el que aprende a ser feliz con su “hard work”. No se cuestiona, disfruta de esa herramienta, avanza hacia el fin, lo hace con eficiencia. Vos podrías llamarle “escape”; yo diría “incomodidad”. Como esa gente está incómoda, hace cosas inútiles, busca un “clever work”. Esa es la gente sobre la que me interesa escribir. Tengo una mirada. No son burgueses pero buscan el reconocimiento del burgués. Quieren entender el presente desde categorías que traen del pasado. Pero no es la mosca que no puede atravesar el vidrio. Es el cascarudo que se ve atraído por el farol del jardín, en el campo. Ve la luz, cree que es parte de ella. Y al día siguiente aparece muerto. Probablemente calcinado. Si se despertara, tal vez se animaría a insistir.

¿La idea de sentirse mediocre, o al menos de no sobresalir, no es un poco común a todos?

No. En absoluto. El burgués se convenció, vive en plenitud alcanzando su eficacia. Sobresale aun sin proponérselo, en el sentido de que le va bien. La obsesión por sobresalir me parece algo característico del otro no-burgués. Esa gente que está incómoda y que avanza hacia un lugar inútil, en busca de respuestas justo en el lugar que le provoca su incomodidad. Para mí, escribir sobre ese problema es casi una necesidad. Aunque a algunos, por supuesto, les parecerá aburrido.

¿Creés que esta idea de fijarse continuamente cómo nos percibe el otro” se acentúa en ciudades del interior respecto al centro?

Depende desde donde lo mires, la respuesta puede ir corriéndose todo el tiempo. A las metrópolis les encanta definir a las periferias en pocas palabras: “el otro – pueblo chico – polvo – siesta – gente que se aburre – gente que se quiere ir – amenaza latente”. Y afirmarse ellas mismas como fuera de ese “otro-siesta”. Como al imaginario de orden lo impone el centro, en la periferia las capitales equivalen a “civilización, éxito-modernidad” y la periferia se piensa a sí misma diferente de ese “otro exitoso”. Todo esto, de más está decir, con independencia del lugar en donde uno viva. Se puede tener mente de metrópoli en el interior, y viceversa. A lo mejor las capitales están todo el tiempo mirando a la periferia. Y por eso necesitan mantener el orden, estereotipar: porque si esos mandatos se modificaran, a lo mejor el centro dejaría de ser centro.

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¿Es un desafío escribir situándote en tiempos tan actuales, donde facebook y whatsapp nos acercan a todos?

Antes de Facebook hubo una generación analógica. Gente que atendió un teléfono fijo o que tuvo que dejar una notita en la heladera para que sus padres supieran dónde estaba. ¿Cuánto pasó? ¿Tres? ¿Cuatro años? Esa misma persona, un buen día, se conectó a Internet. Porque el señor que nació, por ejemplo, en la revolución industrial, también se encontró partido. Vivió dos experiencias: lo difícil no es situarte en un tiempo. Lo difícil es entender qué cosas te llaman la atención. Entender tu propia mirada. A mí me produce mucha tristeza el hombre partido, o esto que decíamos, el mutilado. Gente que quiere entender el presente pero solo puede pensar a partir del pasado, de esa otra época en la que tenía que dejar notitas. Gente que piensa que va a dejar de sentirse incómoda porque encontró su “clever work“. Gente que vuela en torno a una luz. Así que no importa si esa persona tiene o no Facebook. Lo triste es que sus ideas están en otro tiempo y, al mismo tiempo, en el presente.

Los planes, de María Lobo.

Punto de encuentro, 2016.

108 Páginas.

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