Cuerpos a la deriva entre dos Coreas violentas en el cine de Kim Ki Duk

Por Rodri Botta

La Red, la última película del director surcoreano, muestra cómo regímenes opuestos vuelcan del mismo modo su poder sobre la carne de quienes se enredan en su burocracia.

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En el cine surcoreano existe un tópico recurrente; los ecos, los efectos, las resonancias de la guerra de Corea (1950-1953) se manifiestan de manera continua en sus realizaciones audiovisuales, como una marca obsesiva o un fantasma perturbador imposible de conjurar.

La división de la península en dos naciones enfrentadas –prácticamente una metonimia de la Guerra Fría– parece una herida imborrable que atraviesa el territorio, la cultura y sobre todo, a las personas. El amor-odio entre hermanos, la desconfianza y la atracción respecto del otro, los deseos de unificación, la violencia, la traición, la fragilidad de la paz, la presencia ominosa de la guerra desequilibrando la vida cotidiana y reforzando los dispositivos paranoicos del poder son huellas traumáticas que aparecen con regularidad maniática en la filmografía surcoreana. Entre las películas más memorables se encuentran Shiri (1999)  de Kang Je Kyu y JDA (2000) de Park Chan Wook.

La red (2017), el último largometraje de Kim Ki Duk, se adentra de lleno en la tragedia de la división. En ella, el director surcoreano, narra la historia de Nam (Ryu Seung-Bum): un campesino-pescador que vive junto a su esposa y su hija en una pobre choza de Corea del Norte. Como todas las mañanas, Nam sale a pescar, sube a su precario bote y se adentra en las aguas del río. Los arroyos, sus márgenes y sus desechos, han sido explorados en varias ocasiones por Kim Ki Duk; el tema surge también en  El arco (2005), La isla (2000) y Cocodrilo (1996). En La Red, el río adquiere una 19988737_10213864112262797_2020351883_ndimensión distinta, porque funciona como una frontera de conflictos políticos y como un corte de la naturaleza que separa tajantemente las dos Coreas. Por eso mismo, está estricta y especularmente vigilado por los aparatos militares comunista y capitalista.

Una mañana, mientras Nam pesca, su red se embrolla entre las hélices del bote y el motor deja de funcionar. Para su desgracia, a pesar de los intentos desesperados, la corriente del río lo termina empujando hacia territorio surcoreano. Automáticamente, cuando su bote arriba a tierra firme, la policía de Corea del Sur lo acusa de ser un espía comunistay se lo lleva detenido.

Desde ese momento, comienza la odisea de Nam;  su cuerpo queda enredado en los laberintos infinitos de una maquinaria burocrática represiva, paranoica y brutal.  Allí, en esa zona perversa donde lo ilegal y lo legal se (con)funden, el poder ejerce sobre Nam una batería de tormentos físicos y psicológicos. A diferencia de otras películas de Kim Ki duk, en La Red la mayor parte de las agresiones físicas quedan fuera de campo, potenciando el carácter espectral de la situación que atraviesa el protagonista.

Luego del calvario, debido a las presiones políticas, las autoridades surcoreanas deciden liberarlo. Pero, lamentablemente, la suerte de Nam no cambia. Como si fuera el colmo, cuando regresa a Corea del Norte, no lo recibe su familia sino las autoridades comunistas. Lo acusan de ser un traidor, un “converso”. Más que un ansiado abrazo de reencuentro, le espera el mismo protocolo represivo que había padecido en Corea del Sur.

El escepticismo y la tristeza de La red se intercalan con dosis de humor, con parodias de las burocracias y sus delirios idiotas y con la risa ácida sobre el odio y la violencia absurda entre los seres humanos. No obstante, los efectos de la ironía son irregulares. Cuando se retratan las bases de la sociedad capitalista, la crítica alcanza su punto más sutil y corrosivo, pero cuando se adentra en el engranaje social norcoreano, se vuelve mucho más esquemática y superficial.19970570_10213864109542729_1434009438_n

En La red, a diferencia de sus películas capitales –Hierro 3 (2004) o Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (2003)– los protagonistas hablan. Pero en este caso, como en todo su cine, los picos poéticos se encuentran en los silencios, cuando la cámara escribe sin palabras y constela en una mueca la soledad o el dolor o cuando detalla los efectos devastadores que la tortura imprime sobre la superficie de un cuerpo o de una mirada. En ese sentido, muchas veces no se distingue si Nam es una persona o un des-hecho.

En definitiva, de eso trata La red, de la historia de un pescador que por los infortunios del destino queda solo, desnudo, enredado, en un conflicto entre dos burocracias paranoicas, delirantes,  dispuestas a la más extrema violencia.

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