Los átomos desperdigados de Thomas Bernhard

Por María Malusardi

Libro oculto dentro de una rica y extensa producción, En las alturas es un libro fragmentario que muestra una faceta más del prolífico austriaco.

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Se cae en las alturas. Un derrumbarse hacia la cúspide. Lo que no se dice, lo que se infiere y descansa en la entrelínea es la caída, la piedra de Sísifo que sabe pero no sabe que algún día nunca dará la vuelta al otro lado. Un cierto goce – empecinamiento – en ser esclavo de la desintegración pareciera proponer Thomas Bernhard en su libro En las alturas (Cuenco de Plata, 2017), un extraño texto que se corre – aunque no tanto – de su hábito narrativo ya de por sí tan singular.

Podría decirse que es la escritura la que derrapa; la que al deshilacharse se encierra en cierto vicio. Es la escritura la que no alcanza un derrotero narrativo porque, al violentar la forma, se difumina en estampas, escenas que no se aúnan; más bien van, impotentes y febriles, hacia su desencuentro. Hay personajes, varios. Una especie de alter ego de Bernhard con su perro, un conserje, un catedrático, un ingeniero, alguna que otra mujer. Conversan, confrontan, reflexionan. Nunca se despiden porque nunca se encuentran. Relatan trocitos del mundo, algo sobre sus vidas concretas al ras de su presente porque es el tiempo del relato el que domina el tiempo de sus vidas. Voces varias aunque no tantas. Hay escenarios: un hotel, ciudades (Salzburgo, París), una habitación, una calle, un río, una bañadera. Sin embargo nada de esto importa porque todo luce quebrado y zigzagueante. Nada se yergue, porque la trama se corrompe. Vidas cortajeadas, tramos infelices; lugares desentrañados y ajenos. Ni narración poética ni poema narrativo. No hay modo, nunca jamás, de clasificar un texto de Bernhard. Menos éste. Mal que le pese a su espíritu, ha instalado un estilo crepuscular y provocador; un mismo clima redunda en su obra: lo imposible de estar en el mundo mientras se está, enfermo, desvalido, lúcido. “Un día uno se cae y está muerto”. Esta línea navega en la página. Y otras:

“mañanas de domingo: silencio de piedra desgarrado por los

gritos de las cornejas, el olor del urinario se extiende,

atraviesa el cielo, atraviesa la poesía de las callejuelas, calles y

plazas,

tú vas a la orilla,

subes los escalones,

después de años descubres por primera vez el sonido del

clavicémbalo en el tercer piso,

me detengo, sabe, me paro, sabe, y escucho la sonata: todos

me toman por loco: sencillamente no pueden creer que me

detenga solo a causa de esa sonata,

 

“desde hace mucho tiempo lo mismo: las cabezas ardientes

están contra los calculadores fríos, los calculadores fríos

contra las cabezas ardientes”

A Bernhard se lo ama o se lo rechaza. Se lo atraviesa o se rebota. El término medio se ha borrado como posibilidad. Autor de genio, filósofo desesperado, poeta maldito, grandioso narrador de la asfixia. Su prosa es una bufanda eterna que envuelve, gira y gira y nunca se detiene. Rodea –abriga- hasta matar. Bernhard no se parece a nadie. Acaso ha dejado rozarse –imposible huir cuando de lengua alemana se trata- por la pluma de Franz Kafka, pero quién no. Ningún autor del siglo XX ha logrado esquivar a Kafka. Lo opresivo, acaso, sea el punto compartido. Y el humor soterrado. Y la soledad. Y cierta marginalidad estructural como una condena elegida. Pero Bernhard es Bernhard. No es ingenio para construir relatos o fábulas lo suyo, sino lenguaje al servicio de la existencia. ¿Se puede tejer una trama con la existencia? ¿Es acaso la existencia materia para personificar y así redimir las escamas de la vida? Bernhard logra, en cada uno de sus virtuosos libros (alrededor de una veintena), una hilandería propia. El sobrino de Wittgenstein, Si, Hormigón, Corrección, Maestros antiguos, entre otras “novelas”. Sin embargo nada supera a la tormentosa y bellísima autobiografía compuesta por cinco volúmenes: El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño. Los refractarios al mundo se refugiarán en Bernhard. Los refractarios a Bernhard se hundirán conformistas en el mundo.

En las alturas integra la familia de su obra. Quien ame a Bernhard, que avance. Nada de lo suyo es otra cosa; nada de lo suyo es lo mismo nunca.

 

En las alturas de Thomas Bernhard.

El cuenco de plata

154 páginas.

 

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