Mauricio Koch: “Si no se entrega todo por la literatura no vale la pena perder ni diez minutos”

Por Marvel Aguilera

En su primera novela, el autor entrerriano nos sumerge en el universo de Andrés, un migrante que, luego de diez años, debe volver a su pueblo tras un inesperado llamado telefónico. Allí, tendrá que enfrentarse con una historia inacabada que lo ayudará, simultáneamente, a poder encontrarse a sí mismo.

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Foto: Bruno Szister

Las estaciones de trenes siempre fueron una referencia vital para los pueblos del interior de la Argentina, tan o más importante que la municipalidad, la escuela, la plaza central o la iglesia. Eran, en palabras de Raúl Scalabrini Ortiz, la “llave fundacional del país”. A pesar de ello, el afán capitalista expresado por el neoliberalismo; la concentración de la industria en los grandes centros urbanos; y el oportunismo político del negocio de carga automotor, hicieron de prósperas localidades aldeas fantasmas; las cuales, han sido, irremediablemente, despobladas a causa del urgente desempleo y la ausencia de progreso estructural. Naicó, en La Pampa; San Mauricio, al noroeste bonaerense, Ernestina, en 25 de Mayo, Ordoqui, en las afueras de Cárlos Casares; son solo algunos de los más de seiscientos pueblos que corren aún hoy peligro de desaparecer. Desconectados de cualquier tipo de incentivo socio-económico, los habitantes convergen, en especial durante el último cuarto de siglo, en un éxodo rural masivo en aras de conseguir un sustento, una mínima porción de calidad de vida.

En su novela Los silencios (Editorial Conejos), Mauricio Koch despliega las páginas de un texto concreto, estético y cálido, que corre detrás de las incertidumbres de Andrés, un ex habitante del pueblo de Hernández, Entre Ríos, que debe volver a recorrer sus orígenes, tras haber partido a la gran ciudad porteña, para cerrar las puertas internas de una historia que lo acorrala y obliga, en un breve pero intenso pasaje, a replantear su verdadero lugar en el mundo.

Preguntarse por los silencios no es interrogar meramente por lo no-dicho sino interpelar al hecho y al contexto en que se da esa ausencia del decir. En la escena de obertura que abre el juego al pueblo de Hernández, una multitud de vecinos se agolpa alrededor de la estación del ferrocarril: muchos abandonan sus trabajos, otros dejan las máquinas del taller en funcionamiento; pero todos corren hacia el andén, alertas, tratando de encontrar una explicación hacia aquello desconocido. El protagonista se adentra hasta la boletería: el empleado estaba allí desde temprano. Las miradas se cruzan, unas a otras. Nadie sabe bien qué decir. La mañana está por irse y el tren no volverá a pasar. Cada silencio existente en la novela de Koch redescubre un idioma tácito: a veces de desesperanza, otras de contemplación, pero, inevitablemente, como decía Max Scheler, de “comprensión de uno mismo”. Andrés, rostro de los cientos de hombres que debieron dejar su tierra a raíz de las dificultades económicas y las exigencias culturales de las sociedades de consumo, emprende el retorno a su pueblo natal luego de la repentina muerte de su madre. Abatido pero ansioso por recomponer un gélido vínculo con su padre, atravesará los días reavivando sus recuerdos, retomando viejos amoríos, buscando llenar los espacios vacíos que la muerte y la ausencia han ido dejando detrás de sí; los que pondrán en perspectiva, definitiva, los miedos e ilusiones que tanto menguan en su andar.

 

Koch, autor del libro de cuentos de El lugar de las despedidas (2014) y del diario Cuadernos de crianza (2016), en su debut como novelista, trabaja con precisión y cuidado la intensidad prosística de los capítulos y respeta el concepto encerrado en cada párrafo por sobre la mera y colorida anécdota. Así ofrece, como resultado, una obra plagada de lecturas, metáforas y demasiadas buenas señales.

La lectura de Los silencios arroja dos historias simultaneas que se van mimetizando: la del pueblo aislado luego del cierre del ferrocarril y la del joven que debió partir dejando cuestiones personales a la deriva. ¿Cómo hiciste para construir la novela a partir de estas dos líneas que bien pudieron formar obras distintas?

La historia de los trenes como fundación de un pueblo, en este caso Hernández y toda la zona de Entre Ríos, era algo que me obsesionaba desde hacía mucho tiempo y sabía que en algún momento iba a escribir sobre ello. Si bien está contado en el libro, la arquitectura de Hernández gira bastante alrededor del ferrocarril: es un pueblo que no tiene plaza central, cuyo único punto neurálgico es la estación del tren. El club se formó a partir de allí y fue bastante caprichoso: de un lado se logró asfalto y buenas condiciones edilicias, el resto quedó relegado a una situación bastante arbitraria. Todas las instituciones (el correo, la municipalidad, la sala de primeros auxilios) están en lugares dispersos. Eso hizo que el pueblo fuera sumamente caótico. A partir de todas estas ideas, supe que debía armar una obra; de hecho ya venía trabajando sobre la instalación del ferrocarril entrerriano durante la década del ochenta en el siglo XIX. También acerca de la llegada de los inmigrantes alemanes a la zona. Esa confluencia de factores hizo a la formación de estos pueblos, hasta que lo absurdo de ciertas decisiones políticas llevó a que toda una provincia, construida a raíz de la red ferroviaria, se estancara. En ese contexto crecí: con un centro que parecía una tapera, con talleres abandonados y yuyales altísimos. De eso había escrito varios fragmentos pero sobre todo el capítulo dos, aquel en donde el tren dejó de pasar; toda la escena en donde la gente que se levantaba con el pitido del tren a las seis de la mañana, un día se queda dormida porque no suena y llega tarde al trabajo porque el tren no apareció. Por otro lado, tenía un cuento largo titulado “Los silencios de la noche” que había quedado afuera de mi primer libro, El lugar de las despedidas. En éste hablaba de la muerte de la madre de Andrés. Y me pareció que el cuento podía dar más que solo eso, que debía ir a fondo con él. Esas dos historias estaban en paralelo hasta que logré darme cuenta que Andrés estaba en Buenos Aires, justamente, porque el tren había dejado de pasar.

Cuando Andrés debe volver a Hernández termina redescubriendo su pasado a partir de los objetos y fotos que aún hay en su casa, ¿te pasó algo parecido a vos al momento de ponerte a escribir Los silencios?

Uno de los lectores de la novela me dijo que es un viaje hacia el pasado y al interior del protagonista. Es verdad, Andrés está muy pegado a mí, sin embargo no soy yo. No es una autobiografía. Sí reconozco que tengo muchas cosas en común: la historia de la vuelta al pueblo luego de tantos años y el reencuentro con un padre con el que no había un vínculo tan estrecho y fluido como el que tenía con su madre es parte de mi propia historia. Si bien tenía una buena relación con mi padre, había ciertas asperezas que se fueron limando con los años aunque no pasaron estrictamente durante los días posteriores a la muerte de mi madre. Me dio la impresión de que todo eso tenía peso y podía llegar a funcionar en la novela.

¿La acentuación en los silencios crees que marca un poco la forma de comunicación tácita bastante presente en los pueblos del interior del país?

Sí, tiene que ver un poco con eso. Volver a un lugar después de tanto tiempo implica retomar un diálogo que había quedado inconcluso, y con gente conocida, como es el caso de su ex novia. Incluso los vecinos lo vuelven a llamar Andresito. Por eso, tal gestualidad respecto a lo que se da por sabido sigue estando, es como si no hubiera pasado el tiempo, al menos en esos detalles. Buena parte de la confusión de Andrés, más allá del estado vulnerable en que se encuentra tras la abrupta muerte de su madre, tiene que ver con esta recepción de la gente casi como si el tiempo no hubiese corrido. Y a él le cuesta darse cuenta de que ya nada es como antes.

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Foto: Claudia Martínez

¿Siente Andrés el peso de no haber vuelto con una mejor posición para mostrarle tanto a su padre como al resto del pueblo?

Él en un momento se lo cuestiona, mira mucho a sus amigos. Algunos están casados, tienen hijos; Camila (su ex) está a punto de recibirse de médica. Mientras tanto, Andrés sigue con ese lastre de no saber bien a qué lugar pertenece. Le costó mucho tomar la decisión de quedarse en la ciudad, incluso, hay un capítulo en donde decide quemar todos sus recuerdos de Camila y de su pueblo; todo lo que lo ataba a su pasado. Ese proceso le lleva mucho tiempo, a diferencia de los demás habitantes que logran concretar bastantes cosas. Él siente que no ha logrado nada. Hay una mirada habitual de los pueblos sobre aquel que decide irse y vuelve que gira alrededor de lo que consiguió. Y más allá de que esté esa mirada o no, uno se siente observado. Es como si hubiera que rendir cuentas: “me fui pero miren con todo lo que vine”. Andrés siente que volvió con muy poco.

Durante el relato que muestra las consecuencias del pueblo luego del cierre del tren, hay una descripción del oficio del padre, que debió pasar de fabricar botas de cuero a realizar composturas de zapatos viejos, ¿Es una de las grandes metáforas que encierra Los Silencios?

El tren era como la nave madre y de allí se desprendían oficios reales como el taller metalúrgico donde trabajaba Andrés, en una producción directamente vinculada al ferrocarril; y otros negocios como los que están en la estación, donde muchos pululan vendiendo chucherías. Pero nada de todo eso ya es posible sin el tren. Uno de los capítulos narra cómo mucha gente usaba el tren para suicidarse y, al no haber tren, quedaban parias de esa situación. Lo cierto es que en medio de esa crisis, al desmantelarse todo, la gente empieza a irse. Podía pasar que de repente un vecino ya no estuviera, o que al caminar y adentrarse por el pueblo te enteraras de que alguien estaba enfermo o se había muerto. En el caso del padre de Andrés, él fabricaba botas de cuero de forma artesanal, y el trabajo que le quedó es el de hacer composturas de calzados cada día más rotos. Es una metáfora contundente de lo que es una crisis.

¿Andrés se encontró con un Hernández que, a pesar de sus dificultades, salió adelante quizás más de lo que él pudo en la gran ciudad?

En las crisis de Argentina, cuando no hay trabajo, se ha hablado mucho de las migraciones a otros países, pero lo que yo intenté en la novela es reflejar lo que son las migraciones, constantes, en nuestro propio país. Mis padres son del interior: mi madre chaqueña, mi padre entrerriano; yo tuve que venirme a Buenos Aires porque ni siquiera tenía oportunidad de estudiar en Entre Ríos. Estamos hechos de esos movimientos y todo eso conlleva un dolor, el desgarro de dejar a tu familia. Lo que me pareció importante contar fue cómo una decisión política en un lugar alejado, como en estos pequeños pueblos, puede transformar la vida de todo el lugar, incluso algo tan pequeño como la historia de amor entre Andrés y Camila.

Aunque la historia con Camila es importante, el vínculo con su padre corre detrás de todo el texto, Andrés está todo el tiempo tratando de satisfacerlo.

Ahí se nota ese tipo de relación gestual o de monosílabos contundentes, como cuando el padre le pide que cocine un guiso y él trata de cumplir con el horario al pie de la letra. Hay pequeños gestos mutuos para retribuirse amor y calor en esa situación tan triste que están viviendo a raíz de la perdida de su mujer y de su madre respectivamente. Me interesaba que la historia se cerrara con el padre porque, además, Andrés se da cuenta de que esa intención de volver al pueblo para demostrarle a su padre todo lo que había madurado y ponerle el hombro termina dándose al revés, su padre es el que lo banca durante todos esos días. Andrés necesitaba cerrar su historia tanto con Camila como con su padre.

La novela hace también bastante hincapié en las dificultades de Andrés para adaptarse al ritmo y las vicisitudes de Buenos Aires durante los años noventa.

Son historias que se fueron ensamblando. La historia del tío Danilo surge de un cuento que se llama Las Despedidas. En la novela es el encargado de recibirlo, alojarlo y presentarle la gran ciudad. Es un personaje reaccionario, ultraconservador, prejuicioso desde una lista de lugares comunes numerosa. Lo que pretendo mostrar es algo de la realidad que fue llegar a Buenos Aires a mediados de los noventa y haber tenido que salir a buscar trabajo con lo que ello implicaba: largas colas, rebotar, no conseguir nada o solo trabajos mal pagados. Para un joven de diecinueve años que venía de haber perdido un trabajo en su ciudad, y también un proyecto de vida, chocar contra esa realidad era duro.

Sin embargo, a pesar de los símbolos y las situaciones que te pueden retrotraer al tiempo histórico, no hay una explicitación del detalle político.

Lo que traté de mostrar fue el trasfondo a través de las pequeñas escenas: las composturas de calzado del padre; los trabajos en negro que consigue; el maltrato de recibir “unos pesos por semana”; esa mirada constante encima suyo a raíz de su origen provinciano. Todo eso reflejaba el contexto.

 

¿La vocación por la literatura ya había empezado durante tus años en Hernández o comenzó ni bien te instalaste en la capital?

No vengo de una familia con antecedentes literarios. Había lectura de parte de mi madre pero por el mero placer, no teníamos una biblioteca, solo estaban mis libros del colegio. A mí me gustó leer desde chico y me transformé en un habitué de la biblioteca del pueblo. Cuando vine a Buenos Aires, parte de este arraigo llevó a que tuviera un diario, se generó una relación con la escritura. En medio de las lecturas, donde hubo mucho de Abelardo Castillo y de la generación de escritores de los sesenta, empezaron a aparecer los primeros cuentos. Todo terminó de cuajar cuando empecé el taller con Liliana Heker.

¿Y cómo llegaste a formar parte de los talleres? ¿Qué hubo en el medio para terminar formando parte de ellos?

Estaba muy solo en ese aspecto. Un día mirando el programa de televisión Los Siete Locos con Cristina Mucci y vi a Liliana Heker que estaba como invitada. Allí habló de su taller. Inmeditamente la busqué en Internet, conseguí el teléfono y la llamé. Lo que tenía en ese momento era un puñado de cuentos horribles, pero suficientes como para poder animarme a ir y leer algo.

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¿Cuando empezaste a ir al taller ya tenías claro que querías dedicarte a la literatura o fue algo más espontaneo y sin demasiadas expectativas?

Tenía ganas de escribir y me gustaba la narrativa. Entendía que había algo en mí que necesitaba ser expresado. Después, supe de qué venía esto de la literatura: el cuidado estético, la forma; no solo la necesidad de contar algo. Eso fue apareciendo con el tiempo. En mi caso, tuve la suerte de que mis compañeros fueran muy buenos lectores y muy críticos a la hora de señalar lo que funciona o no en un texto. Eso te puede o hacer colapsar o superarte para salir fortalecido. Muchos no soportan las críticas porque pueden ser demasiado duras, y después no vuelven a escribir. Los primeros años la pasé mal, porque leía y encontraba pocas cosas que funcionaran en los textos.

¿Y de qué te agarrabas para seguir a pesar de las críticas?

Era una cuestión de fe o, si se quiere, una tozudez: “tengo que poder”. También mucha perseverancia. Liliana (Heker) encontraba cosas que, si bien pudieron haber estado mal escritas, valían la pena con una mejor escritura. Entonces, como ese comentario estaba, yo me decía que “tenia que llegar hasta allí”.

Se nota un trabajo en la escritura muy pulido y trabajado; una prosa sumamente clara y limpia, sin demasiadas adjetivaciones, ¿puede tener que ver con tu laburo de corrector?

Lo trabajo mucho. A diferencia del libro de cuentos, en Los silencios fui mucho más consciente del estilo. Es mi primera novela, y es breve. En todo momento me costó ver la totalidad, seguía fragmentos que paulatinamente empezaron a encastrarse. Pero esos fragmentos que tenía los trabajaba como si fueran una esfera, no buscando perfección pero sí que el ritmo de la prosa tuviera cierta belleza; que en la relectura y el convivir con el texto – no solo en la escritura sino en el pensarlo – lograse ese sonido o color que buscaba. Y para eso trabajé mucho.

Hubo algunos modelos: hay un libro de Phillippe Claudel que se llama Aromas, que es también el autor de La nieta del señor Linh. Él es bastante austero para escribir, en Aromas hay cuentos que tienen algo de ensayo: son recuerdos de olores de su tierra, de su tío, de la gente con la que él convivió cuando era chico. Siempre a partir del olor surge un texto breve, incluso están ordenados alfabéticamente. Es un libro que recomiendo y que me sirvió como idea en esto de los capítulos cortos pero con gran potencia; que pudieran expandirse en la mente del lector sin ser muy largos. Además, todos sabemos el poco tiempo que manejan los lectores, entonces, el objetivo es lograr atraparlos y darles algo que valga la pena dentro de esa brevedad.

¿Qué ideales y principios supiste adquirir tras la incursión en los talleres literarios?

Un respeto muy profundo por la literatura. Hubo una generación de escritores, entre ellos Abelardo Castillo, que consideraban a la literatura como algo con mucho peso en la sociedad: se los escuchaba, valoraba. Hoy no pasa tanto eso, pero muchos mamamos de allí. Jean Paul Sartre decía algo que terminé tomando como mandamiento: si no vas a entregarle todo a la literatura no vale la pena perder ni diez minutos en eso. La literatura es una manera de vivir, si lo hago es para hacerlo lo mejor posible. Además, valoro la crítica. Hoy parece que señalar defectos o cuestiones que no funcionan es faltarle el respeto al autor, cuando es todo lo contrario. El respeto está en la lectura profunda y en la observación del detalle señalado. Existe una liviandad con la que no estoy de acuerdo.

¿De dónde crees que surge esa liviandad en la crítica literaria?

Hay una necesidad de que los autores se instalen y el texto circule, y nadie se anima a marcar algo que está mal escrito. Por lo menos, generalmente no pasa. No se trata de ser “mala leche” sino de jugarte a decir lo que pensás. Muchos autores debemos subir la vara y aprender también de la crítica.

Publicaste en dos editoriales relativamente nuevas como son Editorial Conejos y Ediciones La Parte Maldita, ¿cómo surgió esa relación y qué análisis hacés del nuevo circuito editorial?

Me gustó mucho trabajar con Editorial Conejos. El libro apareció luego de una mención que consiguió en el concurso Bernardo Kordon que organizaron Conejos y Paisanita Editora. Me reuní con los editores y leímos la novela juntos. Ellos trabajaron como editores, eso no es tan común, más bien una rareza. Al libro de cuentos lo había presentado en el concurso Cambaceres de la Biblioteca Nacional, sin conocer absolutamente a nadie, y tuve la buena y mala suerte de salir segundo. Gané un premio monetario pero no fui publicado. A partir de eso, empecé a pulular por todas las editoriales posibles con el libro en mano. Fue un recorrido arduo que me sirvió de experiencia para aconsejar a los amigos que actualmente quieren publicar.

Además de haber publicado El lugar de las despedidas, tenés un rol como asesor con los responsables de Ediciones La Parte Maldita. ¿Qué significa estar desde ese otro lado y encontrar autores nuevos, como lo fuiste vos alguna vez?

Publiqué ahí y a partir de eso comencé a colaborar con ellos en la lectura y sugerencia de textos. Estoy en una selección llamada Variaciones que es sobre cuento y novela breve. En poco tiempo va a salir un libro de cuentos de Jorge Muñoz que ganó el segundo lugar del Fondo Nacional de las Artes y otro de Maria Eugenia Ludueña, la biógrafa de Laura Carlotto, también de narrativa. Lo que tengo es una cierta ventaja de que muchos de mis amigos son escritores y conozco su obra, o ellos mismo conocen autores que me pueden recomendar. En ese sentido, se forma una mini red de autores muy útil.

Una de las ideas que tenemos con los chicos de La parte maldita es armar una colección con autores del interior. Lo complicado es poder llegar a ellos. Tengo conocimiento de gente que esta escribiendo muchas cosas valiosas, pero que no encuentra en dónde mostrarse. Hay lugares, por ejemplo en Comodoro Rivadavia, donde no hay ni siquiera una sola editorial. Hay únicamente imprentas que les permiten publicar por su cuenta, pero no hay circulación posible así. Tampoco prensa. Es una buena idea a trabajar, pero la Argentina es grande, extensa e intensa.

¿Crees que el lector termina teniendo la última palabra para que una obra logre explotar en el ambiente literario?

Abelardo Castillo hablaba de justicia poética: si el libro es valioso alguien en algún momento lo va a leer y va a ponerlo en el lugar que merece. Hay muchos libros que dejamos pasar, quizás porque no los supimos leer en su momento. El caso más representativo es el de Stoner de John Williams. No se puede subestimar a la gente. En mi caso, con Los Silencios, volví a leerlo una vez que estuvo publicado y me sentí conforme. Lo que esperaba era que los dos mundos: la voz en primera persona y la voz del pueblo pudieran cohesionarse, que no pesara una más que la otra. Por un anhelo de músico frustrado, cuando escribo pretendo que haya algo de musicalidad en la prosa, tiene que ver con esa preocupación por trabajar tanto los textos.

 

Los Silencios de Alejandro Koch.

Editorial Conejos

122 páginas.

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