La quimera del oro según Kurt Vonnegut

Por Esteban Galarza

La Bestia Equilátera editó por primera vez en Argentina Dios lo Bendiga, señor Rosewater la novela con que el autor estadounidense despedazó el sueño americano antes del hippismo y cuestionó el real valor del dinero. Con el humor que lo caracteriza, la ironía continúa manteniéndose igual de vigente.

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Cuatro años antes de que Kurt Vonnegut editara Dios lo bendiga, señor Rosewater o Margaritas a los cerdos, el director de cine español Luis Buñuel estrenó Viridiana (1961). La película se mete de lleno con un tema candente para su época: los beneficios reales de la caridad católica, la responsabilidad de la herencia, la responsabilidad de haber nacido en una posición de ventaja frente a los pobres del mundo.

Viridiana era una novicia que, tras el intento de violación de parte de un tío suyo y quien después le deja una gran herencia, decide usar esa infausta fortuna para salvar a los humillados y ofendidos. Pero la falta de adecuación, el no saber hasta qué punto cala la miseria en personas que nunca pudieron ser bellas, buenas ni ricas, hace que el mal se vuelva contra ella. Su fe en la luz que trae el catolicismo se apaga y desciende a un plano más terrenal y adecuado a su condición. Ese desencanto que tuvo Viridiana ante la imposibilidad de adecuar su fe a su mundo se trastoca en desquicie en Kurt Vonnegut cuando el eje deja de ser Dios – heredero – pobres, para convertirse en Dinero – heredero – pobres.

Así, Dios lo bendiga, señor Rosewater, editado en 1965 y reeditado recientemente por La Bestia Equilátera, es la versión de Vonnegut sobre el fin del Sueño Americano o la nueva quimera del oro. La novela comienza presentando a su protagonista: “Un monto de dinero (…) así como un tarro de miel podría ser el protagonista de un relato sobre las abejas.” Y alrededor de ese dinero, que en principio podría ser la herencia de la familia Rosewater, amarrocada durante tres generaciones de rapaces industriales y políticos y que cae en el enajenado Eliot Rosewater, se despliega un abanico de seres grotescos, codiciosos, pordioseros y disminuidos mentales.

Es Estados Unidos a principios de la década de 1960, se olía una saturación de desclasados y una clase pudiente cada vez más cerrada en si misma. El hippismo estaba en puertas pero aún faltaba el estallido. Eliot Rosewater fue un precursor de esa generación. Su herencia, 87.472.033,61 dólares, cayó en un manejo de su padre,  que la depositó toda en una Fundación más nominal que real para no pagar impuestos al fisco. Desde esa Fundación Rosewater, Eliot busca calmar los dolores de los pobres y desclasados. Ve que el verdadero valor de Estados Unidos yace entre los bomberos o los que no pudieron acceder al río Dinero y tomaron clases de succión. Una idea delirante que se la espeta a su padre el Senador Rosewater: “Los succionadores natos nunca saben (que succionan). Y tampoco saben de qué hablan los pobres cuando dicen que oyen ruido de succión.” Y agudiza aún más su observación cuando habla de los advenedizos de la fortuna: “Succiona todo lo que quieras, pero trata de no hacer ruido. Un pobre podría oírte.”

De todos modos, el altruismo de Eliot ahonda en los errores de Viridiana. Buñuel y Vonnegut parecieran decirnos que es un error creer en una genealogía de la salvación, sino que es mejor pensar en una de la miseria humana en su máximo esplendor: el dinero. Eliot atiende a todas horas un teléfono en una oficina de pordiosero. Las llamadas son de pobres diablos ante la desesperada certeza del padre que está dilapidando la fortuna familiar. Pero ni Eliot ni el Senador son certeros cuando hablan de los pobres: “El senador estaba convencido que Eliot trataba con delincuentes. Se equivocaba. La mayoría de los clientes de Eliot no tenían la valentía ni la inteligencia para dedicarse al delito. Pero Eliot también se equicovaba en cuanto a quiénes eran sus clientes (…) Alegaba que las personas a las que él intentaba ayudar eran (los que forjaron la historia de Estados Unidos), el espinazo de la infantería en tiempos de guerra y demás. En general las personas que buscaban la ayuda de Eliot eran más débiles y más obtusas. Cuando llegaba el momento de que sus hijos ingresaran en las fuerzas armadas, por ejemplo, muchos eran rechazados por sus limitaciones mentales, morales y físicas.”

Kurt Vonnegut echó sal en las llagas abiertas de Estados Unidos antes de que la coraza del mejor de los mundos posibles comience a desmedrarse. La novela fue publicada cuando Vietnam era un sueño realizable y no un pantano pesadillesco. Pero la visión del autor trasciende su época e hinca su diente en el reaganismo e incluso en nuestros días.

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Así, el homosexual Bunny, que tiene un restaurante para ricos, tiene un ventanal para que sus clientes sean testigos de la pesca del atún, una carnicería de particular crueldad. Mirándolos, reflexiona con cinismo ante Amanita, una lesbiana rica y afectada: “Es el fin de los hombres que trabajan con las manos. Ya no son necesarios.

“Bunny soltó a Amanita. Echó un vistazo a su restaurante, invitó a Amanita a hacer lo mismo (…) más aún, la invitó a despreciar a sus clientes tanto como él. Casi todos eran herederos. Casi todos eran beneficiarios de negocios turbios y de leyes que nada tenían que ver con la sabiduría ni con el trabajo.

“Cuatro viudas estúpidas, tontas y gordas envueltas en pieles festejaban un chiste verde escrito en una servilleta de papel.

“-Y mira quién está ganando. Mira quién ha ganado.”

Vonnegut nos recuerda una vez más que los mitos de Estados Unidos son peligrosos si se los toma al pie de la letra: así como destrozó la gesta de la Segunda Guerra Mundial en Matadero Cinco, o cuestionó los fines de la carrera por la bomba atómica en Cuna de gato, en Dios lo bendiga, señor Rosewater nos recuerda que debajo de la pepita de oro que nos hará ascender socialmente se esconde un lodazal inmundo.

 

Dios lo bendiga, señor Rosewater de Kurt Vonnegut.

La Bestia Equilátera

198 páginas.

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