Ascenso y descenso del alma a través de Alien Covenant

Por Rodri Botta

Decidido a ahondar cada vez más en la saga que lo volvió mundialmente conocido, Ridley Scott retoma la tragedia de los colonos que, por estupidez y ambición, abrieron la caja de Pandora de Alien. Siete años después de Prometheus, Alien: Covenant no está del todo bien lograda, pero es un eslabón más, fundamental, para entender la saga.

Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:

¡contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!

Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia

de esas colosales ruinas, infinitas y desnudas,

se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas

Ozymandias, Percy Bysshe Shelley.

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I

La semana pasada se estrenó Alien: Covenant (2017), una de las películas más esperadas por los amantes del cine de ciencia ficción y terror. Está película fue dirigida por Ridley Scott, director de Prometheus (2012) y de Alien (1979) –a la que, al llegar a nuestras tierras, se le anexó el subtitulo de El octavo pasajero–. La historia de Covenant ocurre diez años después de la trágica expedición del Prometheus. Y, según los anuncios del propio Scott, este film es el primero de una trilogía que se conectará, en tanto precuela, con los sucesos de El octavo pasajero.

II

18763298_10213384561474327_497918603_nEn uno de sus artículos para la revista Posdata, Mario Levrero escribió: (los hombres) “somos como murciélagos que chillan en la noche permanente de su ceguera”. Y sí, efectivamente, desde que habitamos el mundo, los seres humanos somos atraídos y atormentados por misterios primordiales a los que nunca podremos responder. No obstante, desde los orígenes del tiempo, el hombre insiste. Y, como una inclinación patológica destinada al fracaso, se obstina en la búsqueda de respuestas. Para asir lo que está más allá de los límites de la razón, el hombre retuerce las palabras, desfigura las imágenes, distorsiona los silencios. Y, a través de su imaginación, proyecta figuras monstruosas que intentan aproximarse a los fondos insondables de la existencia y el universo (como un conjuro contra el miedo, quizás).

En ese sentido, durante el siglo pasado, el cine fue uno de los principales productores de monstruos. Y, sin lugar a dudas, el xenomorfo de la saga Alien fue uno de los más inquietantes. ¿Cómo olvidarse de esa forma de vida espacial diseñada por el delirio biomecánico del alucinante Hans Ruedi Giger? ¿Cómo olvidarse del octavo pasajero? ¿Cómo no recordar el Nostromo, ese camión de basura espacial divagando por el universo con su arquitectura gótica y barroca? ¿Cómo olvidar a su maravillosa tripulación proletaria, casi lumpen? ¿Cómo no recordar a Sigourney Weaver interpretando a la fatal Ellen Ripley?

III

La nueva película de la saga posee un profundo sustrato teológico-filosófico. Y, desde los recursos de la sci-fi de terror, aborda ciertos interrogantes existenciales: ¿Cuál es la fuente originaria de la vida? ¿Existe un dios-creador? ¿Puede concretarse un vínculo armónico entre el creador y la forma de vida creada? ¿Serán las especies el resultado de una manipulación perversa que las trasciende?

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Durante la primera escena, que funciona como una especie de prólogo filosófico de la película, vemos al joven Peter Wayland –máxima autoridad de la corporación que finanza las expediciones al espacio– dialogando con su creación: un androide diseñado a imagen y semejanza del hombre para servir en la misión del Prometheus. Están en un ambiente futurista, ascético, donde hay un piano de cola y una copia tamaño real del David de Miguel Angel. De esa escultura, de esa creación considerada perfecta, el androide –interpretado ascéticamente por Michael Fassbender– adopta su nombre. Para luego, por pedido de su creador, ejecutar en el piano La entrada de los dioses al Valhalla de Richard Wagner. Música que abre y cierra la película. Y está relacionada con el destino de los protagonistas. Sobre todo con el destino del androide.

Peter y David dialogan sobre la creación. Y, detrás de sus palabras, se perciben nociones como la manipulación genética, el diseño y el control de las formas de vida, la colonización del espacio. En un momento, cuando David le pregunta a su creador cuál es la diferencia entre ambos, Peter responde: “Solo existe una diferencia. Yo puedo crear. Y vos no”. El hombre juega a ser Dios. Pero, como ya advirtió el doctor Frankenstein o el propio Karl Marx, ese juego se le puede escapar de las manos y resultar sumamente peligroso.

IV

La dirección de Scott es impecable. La fotografía y los efectos visuales imponentes. El punto más flojo quizás sea el guión. La secuencia narrativa de Covenant es casi idéntica a la de El octavo pasajero. Y, en los momentos que se aleja de ella, parece una (auto)remake del Prometheus: Una nave colonizadora, llamada Covenant, se dirige a un planeta lejano, Origae-6, para asentar una comunidad humana. No solo traslada humanos sino también embriones. La tripulación cuenta con los diligentes servicios de un androide llamado Walter (también Fassbender). La nave, luego de sufrir un accidente, queda varada. Y, por “azar”, recibe una señal humana proveniente de un planeta cercano a sus coordenadas. Una vez solucionado el desperfecto, la tripulación decide inspeccionar esa señal. Cuando llegan al planeta todo parece perfecto. La tierra prometida. Un sueño que rápidamente trasmutará en pesadilla.

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Cabe resaltar la impecable actuación de Fassbender. Por un lado interpreta a David, el androide humanizado, atravesado por los sentimientos, las miserias, los delirios y las patologías del hombre. Y, por el otro, interpreta a Walter, un modelo de androide más avanzado, depurado de cualquier sentimiento o rasgo humano, que funciona como mero instrumento al servicio de la tripulación. Walter es más eficaz e inocente que David. Por su parte, el personaje de Daniels (Katherine Waterston), la heroína femenina no alcanza solidez necesaria para ser la antagonista de los aliens. Si bien Scott intentó sacarla de la órbita trazada por Ellen Riplay, inevitablemente, la protagonista de Covenant termina siendo eclipsada por el recuerdo inolvidable de la heroína de culto. Los aliens apenas aparecen. Protagonizan pocas y vertiginosas escenas plagadas de sangre, gritos, amputaciones y sombras. En esta película vemos a dos clases de xenomorfos: los neomorfos y aquellos que los seguidores de la saga denominaron protomorfos.

En Covenant, a su vez, empezamos a vislumbrar el origen de los aliens, descubrimos de dónde y cómo surgieron. No obstante muchos interrogantes siguen abiertos. Y, lamentablemente, solo nos queda esperar la próxima entrega de la trilogía para comenzar a develarlos.

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