La escritura del deseo en El desvío y el daño

Por Emiliano Campos Medina

El quehacer poético es la evidencia del desamparo del ser ante lo que no se puede decir, del otro lado de las palabras. En su nuevo libro María Malusardi desgrana pormenores del amor, el erotismo y el dolor y da luminiscencia desde dicho desamparo.

María-Malusardi

“Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético. Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones”, afirma Roland Barthes en sus Fragmentos de un discurso amorosoLa tensión entre medida y exceso constituye el tejido dinámico del amor. Y la escritura, esa otra trama, se anuda y desanuda en torno a los desplazamientos del deseo. La medida, afirmaban los pitagóricos, como condición de todo ritmo, contiene la posibilidad de apresar y hacer tangible lo intangible.

En su libro más reciente, El desvío y el daño, María Malusardi nos introduce con su poesía rítmica y de modulaciones exactas, en la búsqueda de proporciones para la desmesura del deseo. Una escritura lanzada a dar cuenta de la deconstrucción que conforma la trama del erotismo, sus límites, escisiones y quiebres.

te amo para escribirme y desahuciarme para ser en mí un espacio de animal y de palabras en mí arrancándome desligándote para anunciarte como una pérdida como una estrella seca en el paladar de la conciencia estás y caes para arruinarme y maldecirme en mi poema el amor es una trampa ineludible para morir un poco menos estás para renunciar al dolor de tu infancia en mis ojos y no saberte nunca desdichado y no encontrarte nunca malherido y mantenernos así ardiendo en la lejanía que nos une

¿Cómo otorgar medida al daño? Si además la herida predispone al deseo, la herida, esa falta por la que nos damos al amor, acaso también a la escritura. Escribir para hacer decir al cuerpo lo que no puede. La escritura como grafía del deseo, de sus metamorfosis, de sus desvíos múltiples: el arte.

si no te encuentro donde estás es porque no estás tampoco donde te encuentro así me acerco al daño que me empuja al desvío que me acerca al daño que me empuja al desvío que me acerca al daño”

Hay una preocupación notable por las dimensiones y los bordes en la obra reciente de María Malusardi. Como si el tema común desarrollado metódicamente en cada libro, con pluma deslumbrante y precisa, fuera el de los límites. Los márgenes que separan y las distancias que no pueden ser salvadas. Tanto en Artista del trapecio donde la poeta se sirve del cuento de Franz Kafka para trazar el devenir de la fragmentación, las roturas, y la caída como figura mítica atemporal de toda falta, hace del vuelo un horizonte utópico de restitución y salvación. O en El sastre donde nos conduce entre imágenes oníricas hiladas por la aparición y desaparición de figuras de la infancia, para desarrollar una traza biográfica donde la voz poética, va enlazando nuevamente caídas y restituciones. Junto a la trama de la costura, de la palabra y del cuerpo como soportes a ser modulados. Nuevamente el símbolo de la caída que adquiere en su repetición circular un eco onírico y también mítico: “mi hermano pequeño cae sobre sí mismo”.

En El desvío y el daño nos ofrece una nueva factura de ese continuum de escritura, y nos pone frente no a personajes que conducen la trama sino a una lírica depurada de todo accidente. Esencial y descarnada, solo la voz deseante, la palabra y el cuerpo, nos sitúa en el centro del problema: los límites de la escritura para representar la vida, el deseo y el dolor. Pero también la correspondencia entre el acto de vivir, desear, dolerse y ser en la escritura.

no cabemos en la vida cuando ya no cabemos en el lenguaje el filo de la palabra tritura y amontona los restos cuando intentamos decirnos el amor desnudo un peligro una rama quebrada incendiándose hasta dejarnos ver aquello que acabará con la compasión”

La poesía de María Malusardi siempre nos conduce, con lenguaje íntimo, a desplazamientos que van del cuerpo a la palabra, de la ensoñación a la vigilia afiebrada. Límites que formalizan escenarios donde solo la presencia no puede ser experimentada. Como si las potencias del sueño lo envolvieran todo, en una extensión continua donde a un tiempo y otro van surgiendo en las modulaciones del desamor, la lejanía de lo amado.

Las palabras se rompen, se vierten, son devastadas como una superficie plena sobre la que se hunde una gubia firme. Los cuerpos resbaladizos, afelpados, borrados y reescritos. Porque las palabras viven y mueren en los cuerpos. El lenguaje tiene espinas.

una carta tuya un gesto simple que erosiona la distancia y nos acerca para conformarnos las huellas de la soledad acompañan: ganas de traerte frutal y despojado a mi boca y que sanes en mi escritura el desarme de tu posición mezquina”.

Si amar es mostrarse en falta (dar lo que no se tiene decía Jacques Lacan) la escritura viene a ser el rastro que fija ese estatus de permanente desamparo, y también la potencia de apaciguar en la palabra el clamor de la herida. Hay un plegarse sobre la propia poesía, palpar sus dimensiones, el tamaño de la indigencia respecto a los ilimitados desvíos del deseo, del dolor y la circularidad del daño. Para volver a recomenzar siempre en la escritura.

María Malusardi presentará El desvío y el daño el viernes 2 de junio en café La Paz  (Montevideo 421) a las 19 horas.

El desvío y el daño de María Malusardi.

Buenos Aires Poetry

68 páginas.

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