Fabián Martínez Siccardi: “Me preocupa que mi literatura sea técnicamente buena”

Por Marvel Aguilera. Fotos: Pilar Minué

En su última obra, Perdidas en la noche, el autor oriundo de Río Gallegos aborda la relación entre el lenguaje y los límites de la razón a través de los subterfugios del arte urbano.

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Durante el último cuarto del siglo pasado, la irrefrenable globalización económica y el desplazamiento poblacional – en aras del siempre sostenido crecimiento urbano – han generado que en las principales metrópolis del mundo se haya establecido un multiculturalismo enorme y cada vez más diverso. Pero, lejos de estimular algún tipo de inclusión en los extranjeros, ha acentuado sus diferencias en forma radical bajo el yugo del discurso dominante que representa la mal llamada “normalidad”. Los primeros años del extranjero en tierras foráneas conllevan el riesgo de caer en un arma de doble filo: por un lado, puede acentuar la individuación y el sentimiento de nostalgia hacia su patria, y por el otro, el inmigrante se permite ahondar en los nuevos espacios socio-culturales con una libertad única, casi irreal, adquirida desde el desprejuicio y el impulso instintivo. Esa notable diferencia en la interacción con la realidad no guarda demasiada distancia con lo que Michel Foucault definió como locura, en tanto patrón sometido por las normas erigidas desde el poder. Esa cercanía, para nada caprichosa, puede asemejar al delirante, pero noble y capaz, Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes con el enigmático visitante del film Teorema de Pier Paolo Pasolini, en una misma línea rupturista contra la homogeneización cultural.

Desde una valerosa puesta argumentativa, Perdidas en la noche (Tusquet Editores), la nueva novela de Fabián Martínez Siccardi, nos introduce al limbo entre dos mundos antagónicos, aunque cercanos, a través de la figura de Luciano Capra, un maduro traductor argentino reconvertido en investigador de una extraña desaparición en la Ciudad. A partir de su experiencia y la lucha con los tormentos de su pasado, utilizará la astucia del manejo lingüístico y el recuerdo de sus años como extranjero para ayudar a la norteamericana Rose Halvorsen a reencontrarse con su hija Willow, perdida en la noche porteña, entre los laberintos del universo graffitero.

Luciano es padre, pero también un lobo solitario. Los años en la gris aldea de Backstone, Virginia, han hecho de él un actor obediente de las pautas y principios requeridos para sociabilizar. Acorralado por los fantasmas de la insanía, teme repetir con su hija Annabelle la relación de auxilio que años atrás debió padecer con su propia progenitora. Rescatado por el poder de la palabra, su atracción en el cruce de lenguajes se ha transformado en su principal interés y, simultáneamente, su necesaria evasión: “Como un árbol que agrega alas a sus semillas para que el viento las lleve lejos, yo había lanzado la mía lo más lejos posible de mi madre, como si escapar de esa nación creada por ella, de ese protectorado extranjero en que vivíamos, implicara desterrarme también de Argentina y del castellano, buscar otras geografías, otra cultura, un idioma distinto, una nueva concepción del mundo“.

El encuentro inesperado con Rose en Buenos Aires durante una conferencia de Missing Children, paralizada por la desaparición de su hija en tierras ajenas, le ofrecerá a Luciano la posibilidad de afrontar sus propios demonios, actuando como mediador entre dos culturas que lo atraviesan y completan. En una capital mimetizada con los brillos de la nocturnidad, seguirá los rastros de sangre, aerosol, lenguaje y locura que las sombras van dejando a su paso. Así, con la guía de un diario de anotaciones; de los murales que agonizan entre el caos de la ciudad y de algunos rostros fortuitos marcados por el aura que ella irá dejando, Luciano avanzará delineando, con aplomo, el retrato de complejidades de Willow: una mujer entregada a la libertad de lo impredecible; afanosa, pasional; impulsada a una necesidad sartreana de crear, en la penumbra de su existencia, como si el mundo se fuera a acabar.

Martinez Siccardi mantiene la tensión que tantos elogios y galardones cosechó con Bestias Afuera – Premio Clarín de novela 2013 – para interpelar sobre la identidad y la pertenencia de los protagonistas, puestas en juego a través del peso de los recuerdos y los resquemores provocados por la extranjeridad. En ese escenario de conflicto, el equilibrio entre el día y la noche, será el paradigma buscado ante el choque cultural y la amenaza, siempre latente, de la pérdida de la cordura.

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En una antigua entrevista para Ñ con vistas a la salida de Bestias Afuera, contabas que venías trabajando una nueva novela relacionada con la confrontación de culturas en Buenos Aires, pero no había allí ninguna mención al arte urbano. ¿Comó introdujiste el mundo del graffiti en la obra y por qué?

Iniciar con una novela es empezar a buscar conectar cosas que, hasta ese momento, estaban inconexas; es la estrategia general que puede tener cualquiera. Particularmente, empiezo por buscar cuestiones que me generen algún interés. Y el arte urbano siempre me había interesado, más en una ciudad como Buenos Aires, que es muy ecléctica arquitectónicamente: puede haber un edificio fantástico al lado de un paredón vacío con un baldío lleno de yuyos. Acá veía gente que, tal vez por amor al arte, pintaba sobre los paredones en un acto de generosidad artística. Sabiendo, además, que es un arte muy vulnerable: es exponerte a que a tu obra le pueda pasar cualquier cosa. Eso tiene un mérito enorme. A su vez, encontré una conexión con los extranjeros que hay en el país, que también son vulnerables. Muchos de ellos están acá porque les gusta la libertad de la ciudad, el caos como un estado de libertad. Pero se encuentran en medio de la vulnerabilidad. Ese fue el paralelo: la libertad del arte urbano y la vulnerabilidad de estos expatriados.

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¿Y esa admiración por la técnica de la escritura con la que te presentabas antaño también aplicó para la creación de Perdidas en la noche?

Eso no pasó tanto con esta novela y tampoco sé si con la anterior. Lo que hubo con Bestias Afuera fue una deconstrucción del estilo gótico para rearmarlo en el siglo XXI.  Perdidas en la noche fue la obra menos planeada hasta el momento. Si hablamos de técnica, en la escritura es fundamental. Mucha de la literatura contemporánea argentina que leo está llena de buenas ideas, de formas muy novedosas, pero se queda porque falla la técnica. Existen cuestiones técnicas en la literatura que son debatibles, otras no. Hay componentes que tiene que tener una escritura para ser una buena obra. En mi caso no vengo de la literatura, soy ingeniero agrónomo. Me siento un poco de afuera, y creo que eso es bueno. Sí me preocupa que lo que vaya a hacer en la literatura sea técnicamente bueno; después, uno tiene la intención de que pasen otras cosas. Ahora estoy dando una serie de ellas en la Biblioteca Nacional. Mi clase es una clase de técnica. Y veo que a los estudiantes les gusta mucho eso: son herramientas concretas, no formas abstractas. No es un taller sino una clase donde estoy frente a un grupo enseñando, por ejemplo, a armar un diálogo. Estas cuestiones técnicas a cualquier escritor en algún momento le van a servir para escribir mejor.

En su momento contaste que en el armado de Bestias Afuera habían sido muy importantes las historias que te habían contado durante tus años patagónicos; con esta novela también lo mencionás en los agradecimientoS del libro. ¿Qué rol cumplieron esas historias?

Con Bestias Afuera eso había sido más personal, cercano. Con esta novela, el personaje principal es un alter ego mio: un intérprete que vivió en Virginia, aunque con situaciones terribles que debió enfrentar allá. Hay un gran parecido. Curiosamente, me encontré con muchos expatriados, sobre todo para el perfil de Willow. Quería saber cuáles eran sus experiencias de vida en Buenos Aires, y ahí surgieron las historias. Incluso, hay una pequeña metáfora que me han marcado varias personas: cuando Willow viaja en el colectivo, por la noche, con las luces muy fuertes, siente que está en la panza de una luciérnaga. Esa metáfora no es absolutamente mía, el detalle de la luciérnaga sí, pero la experiencia sensorial del viaje es propiedad de una chica irlandesa, fascinada por las luces intensas que veía andando en medio de la noche porteña. Ese tipo de experiencias fueron enriqueciendo la novela.

La novela hace mucho hincapié en la relación que establecen los artistas extranjeros venidos de culturas diametralmente distintas y los pacientes del Hospital Borda. ¿Crees que hay alguna similitud entre la percepción que puede tener un loco y un extranjero en tierra ajena?

¿Qué es la locura? Es algo que lleva a que una persona deje de cumplir con ciertas normas o patrones de comportamiento. Entonces, alguien que de repente se desnuda en la calle va a ser señalado como un loco, porque está prohibido hacerlo. El extranjero debe lidiar con normas que desconoce. Alguien que se está moviendo por tierras foráneas puede ser percibido como una persona que tiene algún tipo de alteración. Hoy está la globalización, y podemos ver cómo se vive a través de una película, pero aún con esos códigos hay muchas cosas que hacemos, como el saludarnos, que si no sabemos cómo realizarlas, pueden llegar a provocar un momento sumamente incómodo. Ese crucé lo noté. Además, tuve la chance de ir al (Hospital Psiquiátrico) Borda con una fotógrafa canadiense, que es mencionada en el libro, y fue una experiencia muy parecida a la que cuento. El capítulo del Borda cuenta casi un 99 por ciento de lo que me sucedió cuando estuve: los chicos australianos, los suecos; el dibujo que aparece, que me lo hicieron a mí; todo fue sacado como de un documental. Ahí es donde noté que todos los extranjeros estaban muy tranquilos en ese ambiente, porque todo estaba mucho más permitido; las normas estaban más relajadas. A los mal llamados locos – el límite entre la locura y la cordura es muy difuso – se les permiten un montón de cosas y, a su vez, a los extranjeros no se les exige que se comporten como un argentino.

Cuando Luciano narra los hechos que atraviesa su hija la describe como “una mariposa nocturna que busca la luz para salir de la nocturnidad“. Y por otro lado, Willow es una joven que logra encontrarse a sí misma en la oscuridad. ¿Qué busca mostrar esa contraposición respecto a la noche?

Las dos están peleando con la oscuridad desde puntos de vista distintos. Willow está peleando con una oscuridad futura y Annabelle con una pasada, por eso son distintas. Son dos chicas que nunca se van a mirar a la cara. Annabelle tiene que sumergirse en un pasado tremendo y su padre debe ver qué hace con todo eso, porque también es culpable de que ella haya quedado tan tapada con lo que pasó. En el caso de Willow, lo que aterra de ella es la manera en que lo hace, su personalidad contrapuesta: irresponsable, desaforada, sin límites; a partir de todo eso se entiende algo de lo que le pasa. Las dos miran nocturnidades en direcciones opuestas, pero las dos, de alguna manera, están en la misma pelea.

Luciano necesita poder comprender el camino que traza Willow en Buenos Aires para obtener las herramientas con las cuales afrontar el presente de una hija en plena maduración.

Es así, pero también es vital la relación que establece con Rose, que no es romántica pero sí de mucho afecto. Esencialmente, ella se convierte en la co-madre que él no tuvo cuando crió solo a su hija. Él nunca tuvo una mujer al lado, no pudo formar una pareja que le permitiera aprender de ella y viceversa; siempre estuvo solo, y el único referente que tuvo fue su suegro (Colton), alguien todavía más alejado que él para poder entender a un niño. A través de toda esa experiencia con Rose, aprende de ella a manejar una situación. Eso, después de aquel derrotero de Willow, le abre una forma distinta de ver a su hija y empezar a valorarla. Hay que entender que Luciano es alguien que solo puede ver las cosas en dualidad: un hombre que vive de forma solitaria, en un punto medio entre el inglés y el castellano o entre Estados Unidos y Argentina, es decir, está destinado a situarse entremedio de dos polos. Desde ese medio entendía la vida, pero le faltaba otra mitad para comprender a Annabelle, una contraparte. Y esa era Willow.

¿Se niega Luciano a aceptar ese cambio en Annabelle? ¿Se ha acostumbrado a vivir con una hija paralizada por la tragedia?

A los padres nos cuesta mucho aceptar que nuestros hijos se convierten en adultos. Y lo que está haciendo Annabelle es dar un paso, quizás torpe, hacia la adultez. A todo eso, la reacción de Luciano es ver lo que sucede como una estupidez propia de alguien inmaduro, cuando en realidad Annabelle, siendo el personaje más callado, plantea en la novela la movida más fuerte y profunda de todas. Aún siendo el autor, me sigue emocionando el final de la novela, en el que se logra ver hasta dónde llega ella. Y a Luciano, el personaje de Rose lo ayuda mucho a entender que esas decisiones de su hija son parte del paso a la adultez.

Cuando Luciano conoce a Rose se muestra reticente, e incluso dice temer que ella pudiera utilizarlo como lazarillo. ¿Creés que ese temor se invierte?

Él tiene miedo de caer en el espiral de angustia en la que está Rose. Sin embargo, tiene intuición. Eso nos pasa un poco a todos. A veces hacemos cosas en contra de lo que nos dice nuestra mente porque intuitivamente nos vemos en el camino acertado, aún sin saber exactamente cuál es. Luciano se da cuenta de que hay algo detrás de esta historia. Si bien a prima facie puede pensar que solo le traerá problemas, al final se da cuenta de que el camino que recorrió con Rose terminó yendo más allá de la mera ayuda para encontrar a Willow, y que hubo un camino personal hacia su propia hija.

Se traduce de la novela un escenario urbano colmado por dos polos artísticos que están en constante tensión, uno más salvaje y otro más académico. Desde tu experiencia en otras ciudades del mundo, ¿Qué particularidad ofrece la capital porteña?

No planteo los dos polos como algo necesariamente antagonista o violento. Considero que, aunque se enfrentan, dialogan. Lo que hay, a nivel cultural, son diálogos y encuentros de antagonismos, pero que no son perniciosos. Buenos Aires tiene una vitalidad muy superior a la que he visto en Europa, quizás porque a ésta última la veo más encasillada en toda una historia muy larga detrás; e incluso, tiene más vitalidad que algunos lugares de Estados Unidos, tal vez porque la norteamericana es una sociedad más reglada: hay muchas más cosas que no se pueden hacer. En Buenos Aires se puede hacer mucho, puede que más de las que deberíamos, pero eso tiene un punto positivo para el arte. No solamente el arte urbano, también para la música, el teatro y la escritura. Si bien no soy porteño – estoy aquí desde hace diez años -, es la ciudad en donde más feliz me he sentido, justamente por esos contrastes y la energía que tiene esta ciudad.

¿Tu trabajo con la escritura te obliga a trabajar por etapas con los libros o podes desarrollar varios proyectos de manera simultánea?

Suelo desde antes de terminar una novela ya estar pensando algo. No hay una cola de libros esperando para ser escritos, pero sí un nuevo proyecto. El próximo libro justamente va a ser una nouvelle -que ya está escrita- sobre la Patagonia, específicamente sobre la meseta santacruceña. Es mucho más cercana a mí, si se quiere autobiográfica; posiblemente sean tres libros. Perdidas en la noche ya la tenía escrita desde hacía un tiempo y, en medio de las correcciones, me puse a trabajar en otras cosas. La primera nouvelle va a tratar sobre los Tehuelches. Mi familia es de colonos, asturianos. Llegaron a la Patagonia en 1910: eran empleados rurales, pobres, hasta que la segunda generación pudo comprar el primer campo cerca del Lago Cardiel, en el medio de la provincia, un lugar casi desconocido. Es un lago muy grande y allí hay una estancia donde pasé mis veranos de chico. Es uno de los lugares más importantes en mi vida por muchos motivos que van a ir mostrándose en los libros. Cuando comencé la primera novela pensé en escribir sobre los Tehuelches por una cuestión de principio. No conocía a ninguno pero sí a muchas personas que estaban desde antes que nosotros. Y a partir de allí, inicié un viaje increíble que me cambió la cabeza y mi visión sobre los pueblos originarios. 626621c0Me convertí en un militante de sus derechos. Un día, después de mucho tiempo, fui a visitar la estancia de mis primos. Ahí me enteré que con ellos están trabajando tres peones, y que los tres son mestizos tehuelches. Cuando le pregunté a mi tía al respecto, me di cuenta de que ya desde chico venía criándome junto a muchos de ellos. Y no es que no lo supiera, en alguna parte de mi mente lo sabía, pero no lo había podido sacar afuera hasta que di con una situación mágica como ésta.

Estuviste mucho tiempo afuera y dese hace diez años ya te instalaste en Buenos Aires. ¿Qué pudiste ver en este tiempo de la literatura argentina que te haya sorprendido?

Empecé a escribir hace poco y, más allá de una mínima incursión en Sevilla, no tengo una experiencia previa. Amé España, en especial Andalucía, pero no me pareció interesante en ese aspecto, disfruté más lo relacionado con su historia ancestral: las ferias, las semanas santas, la comida; todas esas particularidades que tienen los andaluces. Buenos Aires fue todo nuevo. Empecé a escribir acá, y mi contacto con la comunidad literaria y la prensa fue en esta ciudad. Hoy está todo un poco mezclado: hay una gran efervescencia de publicaciones, muchas editoriales independientes publicando, y eso es bueno; pero considero que gran parte de esa intelectualidad argentina está mirando mucho hacia su propio ombligo. Me da la impresión de que escriben para ellos, y es una pena. Hay mucho talento, pero hay algo de miedo en mirar hacia afuera. En mi caso, hago un intento (aunque es probable que falle) de llegar a un público lector más grande. Con ésto no me refiero al número de ventas, eso no me cambia la vida. Pongo un ejemplo: Claudia Piñeiro es una autora que respeto mucho pero, en algunos centros culturales -los más elitistas-, no se la toma con la seriedad con que se debiera. Y es una autora que tiene un mínimo de 30 mil lectores: miles de personas que están esperando que saque un nuevo libro. ¿De cuántos escritores argentinos podemos decir lo mismo? Casi ninguno. En España algo sucede, en Estados Unidos e Inglaterra pasa bastante. Puedo nombrar cinco o diez en cada caso, que pueden gustar más o menos, ser vanguardistas o no, pero cada nuevo libro que lanzan es una pieza literaria de interés. Acá hay muy poco de eso, y allí apunto. Pero no es una cuestión de ego personal, lo hago porque pienso que ahí está el debate, el ruedo literario; no en los 500 lectores del entorno que te van a leer. El problema es que hay una posición muy cerrada de algunos intelectuales argentinos. La puesta hacia un público más grande puede que sea un camino en que todos vayamos a perder, pero la literatura es eso. Roberto Bolaño decía que había que salir hacia afuera, sabiendo que te iban a matar, y que solo quedaba levantar la espada para que te cortaran la cabeza. Es así, pero la espada, primero, hay que levantarla.

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