François Ozon y las cicatrices incurables de la Primera Guerra Mundial

Por Rodri Botta

Frantz (2016), el último film de François Ozon, es una adaptación libre de una pieza teatral, L’Homme que j’ai tué, escrita por Maurice Rostand en la década del veinte. El texto ya contaba con una adaptación cinematográfica dirigida por Ernst Lubitsch, que en 1932 estrenó Broken Lullaby. Un bello y sombrío drama humanista sobre la Primera Guerra Mundial.

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Este viento se lleva
el ayer de tiniebla
que pasó,
una mala borrasca
que levanta hojarasca
como yo.

“Canción de otoño”, Paul Verlaine, 1866.

 

Sobre las imágenes de Frantz se imprimen varias de las obsesiones poéticas y filosóficas del cineasta francés François Ozon: el uso particular del melodrama (rasgo que lo emparenta con Rainer Wender Fassbinder); la construcción de heroínas prismáticas con mil matices de luz y oscuridad; la radiación sensorial del color (en este caso de un blanco y negro triste y melancólico); la inspección sobria de ciertas zonas de la existencia donde el límite entre la ficción y la realidad se vuelve poroso y desaparece. Y, por lo tanto, la razón queda desnuda frente a su propio abismo, frente a su propia estupidez.

La película de Ozon es un refinado melodrama histórico. Los hechos que narra ocurren en 1919, en el pueblo alemán de Quedlinburg y en París. Para ese entonces, tanto en Alemania como en Francia, los fantasmas de la Primera Guerra Mundial seguían deambulando, ni siquiera había transcurrido el tiempo indispensable para empezar a exorcizarlos.

En ese contexto de ruinas, cuerpos mutilados y almas heridas, la valiente Anna –interpretada de manera alucinante por Paula Beer– visita todos los días la tumba de Frantz, su prometido, un joven soldado alemán, amante de la poesía de Paul Verlaine, que ha encontró la muerte en las trincheras de una guerra que le resultaba totalmente ajena.

Un día, para su sorpresa, Anna descubre a un hombre entristecido depositando flores en la tumba del difunto. Este hombre misterioso, resulta ser Adrien, un soldado francés, que dice haber sido amigo íntimo de Frantz. Por eso intenta acercarse a su familia. Y, luego de algunos encuentros fallidos, termina lográndolo.

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Tanto Anna como los padres de Frantz están hundidos en la tristeza del duelo. El vacío de la muerte parece absorberlo todo. Sus vínculos sociales se disuelven, el luto se escribe en sus muecas, se empoza en sus miradas. Sobre todo, en el rostro de Anna, donde el amor y el dolor se (con)funden: “ojos grandes donde / ríe y llora un sueño”, como escribió alguna vez el poeta preferido de Frantz.

El dolor de la pérdida, a su vez, está potenciado por el uso particular del blanco y negro que tiñe las imágenes con la melancolía del luto. Y, a través de ellas, la vida de los protagonistas se manifiesta aún más grisácea y corroída. Su presente parece un agujero negro. Un tiempo inerte. Muerto.

No obstante, frente a ese panorama desolador, Ozon plantea un vestigio de esperanza, de vida, de color. Son las líneas de fuga que trazan las experiencias vitales, entre ellas los efectos que la ficción produce en la realidad. En ese sentido, en una de sus paradojas poéticas, Oscar Wilde escribe, “Si es alguien es capaz de procurar alguna felicidad en el infierno, ¿cómo pude ser mentira lo que dice?”. Y en Frantz, a partir de la figura de Adrien, ocurre lo mismo. Después de ese contacto efímero y existencial que ambos soldados enemigos tuvieron en las trincheras, casi como en un artificio borgeano, el enigmático Adrien –que es y no es quien dice ser–, comienza a trasmutar en Frantz, a ocupar el vacío que su muerte dejó. Su presencia, sus “recuerdos”, sus “relatos” sobre la amistad con Frantz, inyectan de vida y color los rostros de los familiares del muerto. Y a su vez, mediante momentos fugaces y evanescentes, como puede ser la música y el baile, o las confidencias descarnadas del dolor, va creando con Anna un lazo de amor recóndito e imposible.

Y así, dentro de este melodrama clásico, sumamente melancólico, parece latir un matiz de vitalidad. Porque en medio de una realidad ruinosa, absurda y carcomida por el horror, los seres humanos, a pesar de las heridas imborrables, fugazmente, pueden conectarse de manera autentica. Y, en ese sentido, la potencia de lo imaginario devenido real puede adquirir más consistencia que la propia realidad y como un antídoto puede hacer soportable lo que definitivamente es insoportable

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