SHUNGA: el arte de narrar en imágenes

Por Juan Carrá

Libro híbrido con fuerte impronta japonesa, la novela de Martín Sancia Kawamichi busca correrse a esa zona marginal en la que conviven peligrosamente el haiku, la música, el erotismo y la pintura.

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La literatura es sonido, música. Arte. Pero no por eso tiene que, necesariamente, dejar de lado la trama. Muchos escritores pecan de una cosa o de la otra. Como si fuese imposible la amalgama entre ambas. El equilibrio. Shunga.

Kotaro no puede llorar. Ante la muerte de su esposa, decide contratar a las hermanas Izumi. Ellas deberán derramar las lágrimas necesarias para que el alma de la difunta descanse en paz. Pero las tres mujeres son esclavas de Kazuma. Kotaro igual va por ellas hasta que consigue llevarlas a su casa. Después, mientras tanto, el relato de esas vidas. De las relaciones entre ellos. El sexo, la perversión, la violencia. También la fascinación por la naturaleza. La vida. La muerte.

Hasta ahí la trama. Y con eso la pluma de Martín Sancia Kawamichi hace una obra de arte que por momentos cuesta encasillar en la idea de novela. Porque también es poesía, haiku, cuento, música, pintura. Logra que lo siniestro, perturbador, se vuelva bello sin dejar de interpelar. Las páginas de Shunga duelen y presagian la tragedia. “La habitación parecía iluminada por una hoja seca”, es la primera línea de este libro y esa luz será la que ilumine cada línea, cada escena.

El registro elegido es la clave del preciosismo de este texto. Rasgo del estilo de Sancia Kawamichi que había asomado ya en Hotaru (Extremo Negro), pero que en Shunga se consolida y reafirma un camino que lleva al autor a convertirse en una de las voces más impactantes de la narrativa actual.

Editada por Evaristo, La nueva obra de del autor interpela al lector incluso desde el soporte: tres tapas, una novela. Ilustradas por Japo Yamasato y basadas en diferentes fragmentos de la historia que cuenta Sancia Kawamichi las tapas se mueven bajo la estética del Shunga; ese género de la pintura japonesa que toma como leimotiv las prácticas sexuales. En la novela, estas postales funcionan como trazos maestros para el lector. Como una especie de código con el que se pueden descifrar las imágenes que Kazuma —uno de los personajes más sádicos y bellos de la novela— produce para su libro ilustrado que, en un juego de cajas chinas, Sancia Kawamichi nos permite conocer. El libro dentro del libro. Así los registros de la novela varían: el narrador se aleja, le entrega la potestad del relato a algunos personajes y ellos hacen nacer nuevas historias para completar un universo donde la intensidad de las imágenes confirman el hecho artístico.

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