Abelardo Castillo: “El acto de escribir es perpetuo”

Por María Malusardi

Autor prolífico como mal conocido, Abelardo Castillo murió a los 82 años debido a una cirugía mal curada. Nocturno, reflexivo y conocedor tanto de literatura como de literatos, la entrevista desmenuza al escritor en una reflexión que late en el tiempo.

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Sentado ante su persistente mesa de ajedrez, en su casa de Balvanera, y vestido con una camisa amarilla que inevitablemente alude al poema de Maiakovski (Yo me haré pantalones negros,/ del terciopelo de mi voz,/ y una camisa amarilla,/ de tres metros de atardecer), Abelardo Castillo conversa con esa vehemencia y tonos de barítono bajo que delatan la lucidez punzante de cierta arbitrariedad. Su voz real transcurre tan firme e implacable como su voz narrativa: no siempre se dan estas curiosas coincidencias.

La entrevista se produce cuando está por cumplir 70 años. Y su relación con la literatura –será así hasta el final- se mantiene tensa, vital y quizá más templada que en los tiempos insurrectos del existencialismo. Lejos de perder su admiración por Jean-Paul Sartre y Albert Camus, ha sostenido, con diferentes matices de acuerdo a las épocas, un mesurado fervor por las obras de ambos autores siempre “necesarios”. Y aunque Castillo publicó cuatro novelas, algunos ensayos y un puñado de obras teatrales, en verdad se inscribe entre los grandes cuentistas argentinos. La madre de Ernesto, Patrón, Triste le Ville, El candelabro de plata, Carpe diem, La fornicación es un pájaro lúgubre son algunas de sus magistrales piezas breves que contienen y demuestran la contundencia de la poesía en la prosa. Porque para este escritor, siguiendo la línea de Octavio Paz, la poesía “no es un género, no es escribir versos, sino una actitud frente al mundo”.

Castillo, entonces, resulta una rareza y corrobora una necesidad. Ante el derrame de novedades y de ostentosas fajas rojas alrededor de los libros que alzan premios y copas como si de carreras de caballos se tratara la literatura, este autor ha cumplido con el silencio que oxigena a una trayectoria de lujo. No ha caído en la tentación del pecado mercantil; ha eludido la fiebre del gondolismo de supermercado; ha privilegiado, como un principio moral decimonónico, la calidad literaria ante el falso entusiasmo de la cantidad, el fragor y la fama. Su reconocimiento de décadas es resultado de una lealtad a la escritura y no de una manipulación de su figura y sus actuaciones en los medios. La obra de Abelardo Castillo, como también la de su contemporáneo Juan José Saer, amaga a traspasar -para al fin quedarse- las orillas de una tradición de la que, además, no ha dejado de nutrirse. Entre el intrigante y poético laconismo de Antonio Di Benedetto y la resolución estilística con ciertos giros borgeanos, la prosa de Castillo atraviesa a los maestros y viene, desde los años 60, reafirmando una literatura con sello personal.

Se toma su tiempo entre un libro y otro. Pasan unos cuantos años hasta que los lectores tenemos otro manjar de Abelardo Castillo. Qué extraño que haya corrido esta carrera contra las editoriales y no la haya perdido.

Yo prefiero que se reediten mis libros aun cuando esto no es decisión del autor. Un libro se reedita a pedido de la editorial, porque se supone que también es el lector quien exige la reedición. Pero yo prefiero un libro reeditado diez o doce veces como en el caso de Las otras puertas, mi primer libro, que doce libros distintos. Un libro que se sigue reeditando después de cuarenta años, da una sensación, por supuesto ilusoria, de perdurabilidad, porque nadie sabe qué va a ocurrir dentro de 300 años, pero mientras tanto, durante esos cuarenta, existe. En cambio, diez libros publicados en diez años, da una cierta sensación de cosa provisoria, casual, y a veces inexistente. No estoy negando a los autores que  escriben y publican mucho, sino que digo que eso conmigo no va. Siempre me gustó postergar las cosas, dilatarlas, porque entre el acto de concebirlas y el acto de realizarlas, uno se siente más o menos eterno.

¿Escribir y publicar son dos actos paralelos o dos puntos de un mismo proceso guiados por impulsos y necesidades diferentes?

En una antología de autores argentinos en la que el mayor de los escritores era Borges y el más joven, el menor, en todos los sentidos de la palabra, era yo, el texto iba acompañado de breves reportajes a los autores. Y allí se le preguntaba al autor cuándo escribía. Yo respondí que de noche, y expliqué las razones por las que soy nocturno. Quise saber qué había contestado Borges al respecto, y él dijo una sola palabra: siempre. Hacía doce años que no publicaba un libro de cuentos. Esa fue una de las grandes lecciones que me dio Borges. Un escritor escribe siempre, no importa si publica o no. El acto de escribir es perpetuo.

En un reportaje, César Aira exalta a Borges y, de algún modo, difama a Julio Cortázar, rasurándolo de la tradición literaria argentina.

¡Cortázar forma parte de la tradición en nuestra lengua en general!

Parafraseando a Oliverio Girondo,  dijo que el mejor Cortázar es un mal Borges.

Me recuerda a cuando Borges decía, también equivocándose, que Horacio Quiroga había hecho mal lo que Rudyard Kipling ya había hecho bien. Lo cual es un disparate porque Kipling nunca hubiera escrito Los desterrados y hoy Quiroga sigue siendo uno de los más grandes cuentistas del mundo, exista o no exista Kipling. Que Quiroga haya escrito cuentos malos, por supuesto, pero también lo hicieron Borges y Cortázar. Yo diría que los cuentos de Cortázar que van a perdurar formarán una colección bastante exuberante. En un cuentista, rescatar 20 o 25 grandes cuentos es considerable. No son menos que los grandes cuentos de Edgar Allan Poe, quien tiene un total de 60, y alrededor de 25 son inevitables para la literatura. En cuanto a la novelística de Cortázar, va a ser muy difícil sacar a Rayuela, guste o no guste, haya o no envejecido, aunque Rayuela, incluso, no signifique lo que se creyó con tanto fervor en los años 60, porque fue la novela de una generación. Lo más curioso es que los jóvenes de hoy vuelven a tener la misma sensación que los jóvenes que leían Rayuela en los 60. En el año 63, cuando salió, los jóvenes tenían una especie de culto que se sigue manteniendo entre los adolescentes de hoy cuando la leen. La literatura no se hace con las opiniones de un escritor, se hace con los lectores.

Más allá de los gustos personales que deben ser libres de toda valoración general, ¿por qué cree que se da esa tendencia a desdeñar a un escritor?

Quizá sea una manera de tratar de sacarse de encima el peso abrumador de las generaciones anteriores. Pasa también con García Márquez. Y nuestra generación se dedicaba a desdeñarlo a Borges, por ejemplo, aunque no era mi caso. En El escarabajo de oro nosotros hemos publicado a Borges siempre. Mis diferencias con él eran ideológicas, no literarias. Siempre pensé que era el mayor prosista en lengua española después de Quevedo. Con Cortázar, Borges y Leopoldo Marechal pasa lo mismo que pasa con Neruda en la poesía. El peso de su poesía era tan grande que había que sacársela de encima. También es un deporte nacional criticarlo a Ernesto Sábato.

Y además ya no se habla de Sobre héroes y tumbas, una novela tan oscura como contundente y penetrante en cierta etapa de la vida.

Dele a leer a cualquier adolescente El túnel y Sobre héroes y tumbas y no va a pensar si está mal escrito, si es enfático, como no se piensa si es enfático o están mal escritos ciertos textos de Arlt. El informe sobre ciegos sigue aterrando a los adolescentes. El amor entre Alejandra y Martín sigue perturbándolos, y la relación de Alejandra con su padre toca en una zona central a cualquier adolescente. Los lectores se fascinan con estas dos obras. No así con Abaddón, el exterminador que deja mucho que desear. Se lo critica a Sábato y yo quisiera saber si lo han leído bien. Si leyeron Uno y el universo, un libro de ensayos notable por su prosa, por la brillantez de sus ideas o incluso Hombres y engranajes, que es del año 50, y resulta una primera aproximación a un tema que iba a explotar 40 años después, que es la posmodernidad. Pero algún día pasarán estas cosas, y se perderá la irritación que causa la figura de Sábato por sus evidentes contradicciones, por su manía permanente de quejarse. Tengo críticas severas para hacerle a su literatura y a sus ideas, pero considero que se lo critica por deporte y sin haberlo leído.

Usted editó junto a otros escritores revistas fundamentales como El grillo de papel (1959-1960), El escarabajo de oro (1961-1974) y El ornitorringo (1976-1985). Y digo fundamentales porque fueron referentes para los jóvenes intelectuales de la época. ¿Se han perdido hoy este tipo de referentes ideológicos intelectuales?

Se ha perdido la figura emblemática del intelectual, de aquel hombre que era un escritor pero además reflexionaba sobre el mundo y era algo así como un maestro. ¿Dónde están los Thomas Mann o los Hermann Hesse de nuestro tiempo? ¿Dónde los Unamuno o los Ortega y Gasset? ¿Dónde Sartre o Camus? Esa figura del intelectual se ha perdido. Y además los jóvenes no saben a quién leer porque, para llevarlo a un plano más cotidiano, se ha perdido también la figura del librero. Yo recuerdo cuando era joven, tenía 17 años, iba a Fiorentino y le preguntaba qué podía leer. Y Fiorentino era el que me daba los libros. Hoy le preguntás a un librero y bueno… Una anécdota: en un stand de la Feria del Libro que pertenecía a la editorial que había publicado la obra de Dostoievski pedí, para un regalo, Los hermanos Karamazov. El librero que atendía me preguntó el nombre del autor.

Esta entrevista fue realizada y escrita originalmente para la Revista Debate (octubre, 2004) y reeditada por la autora para la ocasión.

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