El universo invertido de Pájaro de Fuego y Mariana Bianchini

Por Eduardo Minutella

Revista Kunst tuvo la oportunidad de conversar con Esteban Sehinkman y Mariana Bianchini a propósito de la inminente aparición de Universo Invertido, el disco de Pájaro de Fuego grabado en los míticos estudios Ion entre diciembre de 2016 y marzo de 2017. 

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La distorsión de la realidad ha sido un tópico recurrente en la producción artística de los últimos siglos. Desde los paisajes imposibles de M. C. Escher, hasta el espejo de Lewis Carroll y el cuadro El imperio de las luces, de René Magritte, la percepción de una alteración inesperada del orden habitual de las cosas ha fascinado a los creadores en diversos lugares y épocas. La aparición de Universo Invertido, el esfuerzo conjunto del grupo Pájaro de Fuego y la cantante Mariana Bianchini, hay que verla como una manifestación más de aquel interés por el deslizamiento de lo real. Editado por el Club del Disco, el trabajo supone la primera incursión integral del grupo de músicos de jazz liderados por Esteban Sehinkman en el universo sofisticado de la canción pop.

La realización es el resultado de una afortunada conjunción de fuerzas entre músicos de amplia trayectoria que ya han grabado varios discos a su nombre. La nueva mutación del Pájaro de Fuego de Sehinkman –que se hace cargo de los sintetizadores y el piano Rhodes– incorpora a Mariano Sívori en bajo y a Lucio Balduini en guitarra. Como en los trabajos anteriores, Daniel Pipi Piazzolla se hace cargo de la batería. El cuarteto de solistas se complementa con la voz de Bianchini, una cantante de rock que ha transitado los escenarios en bandas como Hipnótiko y Panza, y que ha sido capaz de articular la actitud y la fuerza del punk avant-garde con las exploraciones de los grupos progresivos de los año setenta. Centrado en la forma canción, el álbum reserva algún espacio para los largos desarrollos instrumentales, aunque esta vez quedan reservados para los últimos dos temas: Ladrón de Rimas, en cuya sección final resuenan los ecos del Soft Machine de Mike Ratledge, y La extranjera, en la que la guitarra de Lucio Balduini se destaca con un soliloquio elegante y contenido. Atentos a cada detalle y cordialísimos, los ideólogos del proyecto –Sehinkman y Bianchini– conversaron con Revista Kunst en el estudio del pianista y compositor, sobriamente decorado por las obras que han servido como arte de tapa de las grabaciones anteriores del grupo y por un conjunto escultórico de medialunas cuidadosamente seleccionadas para la ocasión.

Aunque en discos anteriores de Pájaro de Fuego ya hubo temas cantados, acá el enfoque es muy diferente, menos impresionista y más centrado en el formato canción. ¿Cómo idearon el proyecto?

ES: El disco tiene que ver con un momento en el que Mariana y yo liberamos energías disponibles. Yo estaba entusiasmado con la idea de armar una colaboración artística, que era algo que sentía que tenía pendiente. Y eso es muy interesante, porque de alguna forma, al trabajar con otro superás tu propia imaginación y llegás a otros lugares. Salvo en el tema Pez Volador, cuya letra y música son mías, y Un solo de Vals, escrito completamente por Mariana, todo lo demás es el resultado de un trabajo de composición compartido. Nos juntamos varias veces, yo pasaba melodías, ella se las llevó, empezó a trabajar sobre las letras y en menos de un año estaba todo listo. Enseguida pensó un concepto que recorre las canciones, que tiene que ver principalmente con el lugar que ha tomado la tecnología en nuestras vidas, especialmente a partir del desarrollo de los smartphones.

MB: Empezó a preocuparme especialmente esa especie de crisis de la dependencia del teléfono, que hace que si no lo tenés encima, o si lo tenés, pero la batería se agota y no lo podés cargar, entrás en un estado de desesperación. Como si hubiera un universo real en retroceso y otro invertido, virtual, que a veces está tan presente como su contraparte, al punto que no podés distinguir dónde estás. Eso no tiene absolutamente nada que ver con la vida real.

¿Va a contramano de la creación?

MB: Va a contramano de todo. Yo no digo que no lo use. Al contrario, lo uso todo el tiempo, pero a veces necesito hacer catarsis y decir: “che, loco, ¿qué somos?” Cuando escucho la música de Esteban, en cambio, no pienso en el teléfono.

¿Puede pensarse a Universo Invertido como un posible punto de encuentro entre un músico que viene del jazz y se va a alejando hacia territorios más ajenos a aquella tradición y una artista que proviene del corazón del rock y que realiza una operación similar respecto de ese género?

ES: Yo lo que más rescato de Mariana es su singularidad artística. Ella se sale del molde y es propositiva. Pero además hay una cosa genérica a la que yo le escapo cien por ciento. El músico existió primero que la batea. Hay que manejarse con libertad, a partir de una propuesta creativa y no perder aquello de vista. La gente va y viene con naturalidad. Prueba acá, experimenta allá. Justamente, lo que tiene de lindo el jazz es que favorece el desarrollo de la personalidad. Entonces, yo no soy un gran fan de las bateas. El mercado que haga lo que tenga que hacer, y nosotros hacemos lo que nos toca hacer a nosotros, que es nada más y nada menos que música. Vos ves que los músicos de jazz trabajan en propuestas muy diferentes, con vocabularios muy diferentes y que sin embargo están todos ahí, conviviendo en la misma aldea. Pero no en la batea.

MB: Yo nunca fui la típica cantante de rock, nunca fui identificada como la rockera sino más bien como la rara. No estoy ni aquí ni allá, y eso es lo que más me gusta. Además, como nunca fui una artista mainstream, y no dependo de ningún sello grande no me veo obligada a hacer lo que funcionó y repetirlo hasta el cansancio. Puedo explorar, ir variando. Y eso que el ambiente del rock es muy difícil. En el jazz, por ejemplo, un Thelonius lleno son 120 personas, y en términos de público es un éxito. Si tocás rock y querés recibir un trato mínimamente cordial al menos tenés que llenar, por ejemplo, un Vorterix, que tiene unas 1500 localidades. En ese sentido, los parámetros que maneja el rock son más hostiles. Yo he visto muchas carreras valiosas frustradas por no convocar masas.

En la genealogía de este grupo hay un trío, que luego fue un cuarteto a tu nombre. ¿Por qué finalmente decidiste correrte del centro protagónico y rebautizar al proyecto como Pájaro de Fuego?

ES: Hubo un momento en el que la idea de un trío a mi nombre ya no me cerró, por más que fuera yo quien llevaba la propuesta. Me parece más solvente pensarlo como una banda que como una cosa solista. Además va mutando, como el fénix. Y así está bien, tiene que ser así.

MB: Visto desde acá Pájaro de Fuego es Mariano, pero en consonancia con los aportes de un conjunto de músicos muy creativos, cada uno de los cuales enriquece la propuesta desde su lugar.

Algunas letras son muy sentidas. A veces oscuras, y hasta desgarradoras. ¿Esa es la impronta de Mariana?

MB: Hablar de las letras es muy fuerte, pero creo que si no son sentidas a mí no me funcionan. Pero además en ese aspecto no difieren demasiado de las letras de algunos standards de jazz. Pienso en las letras que cantaba Billie Holliday, por ejemplo.

ES: En el caso de Pez Volador, que es una letra mía, pienso la lírica más en términos visuales que como una narración descriptiva. Aunque a su manera también funciona como alusión a un universo invertido, porque alude a un pez que está momentáneamente fuera del entorno habitual de un pez. En cambio hay otras canciones, como algunas de Mariana, que cuentan historias. Máquina Infernal, por ejemplo, es casi una canción de amor. Una canción de amor triste.

MB: Son todos temas de amor, pero de un amor trunco, que por algún motivo no va a suceder. Sin embargo, aunque pareciera que las letras tienen una condición desesperanzada o desesperada, no es un disco bajón. Pasan muchas cosas, abundan los matices.

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En Un solo de vals decís que “el mundo ya no necesita más canciones de amor”. ¿Te parece?

MB: Es que el amor romántico es una especie de veneno. Justo en esa canción escribí la letra y la música (risas).

¿Cómo logran el sonido tan particular del disco? ¿Hay mucho trabajo de posproducción?

ES: Siempre hay que hacer una posproducción, pero Pipi, Mariano y Lucio no regrabaron nada de lo que hicimos en los estudios Ion. Lucio hizo alguna segunda pasada para sumar algunas intervenciones y sonidos extra, pero lo que tocaron ellos quedó tal cual. Lo que queríamos en el estudio es tratar de tener lo más parecido a una toma en vivo, lo que es claramente más jazzero, a diferencia del rock, donde suele grabarse más capa por capa. En cuanto a la voz de Mariana, me interesaba que apareciera empastada, en consonancia con lo que tocan los otros músicos. Queríamos lograr una sonoridad que nos integrara a todos, y no una banda para una cantante. La ventaja de laburar con alguien como Mariana es que es tan versátil que te permite lograrlo. Eso también nos da mayores ventajas a la hora de llevarlo al vivo, que siempre te propone salas y condiciones sonoras. A mí me gusta que el grupo mezcle arriba del escenario. Si el paneo entre nosotros está bien y nos escuchamos todos vamos a estar bien. Y la cosa se potencia con Mariana, que tiene una presencia escénica fuerte. Hay que verla a Mariana arriba del escenario, es una experiencia que para el público supone un antes y un después.

MB: Esteban en muy do it respecto de mi presencia escénica. Si me siento cómoda me entrego por completo: puedo bailar, tirarme al piso a llorar, lo que sea. Al público puede gustarle o no, pero en general agradece la entrega. En el estudio, en cambio, hicimos algunas tomas de voz para cada tema, porque era una oportunidad para explorarlos. A veces, por ejemplo, retraso un poco el fraseo a propósito, como una cantante de tangos. Me gusta jugar con las canciones.

La marca distintiva en cada uno de los proyectos que abordás, desde el Real Book Argentina hasta las diversas encarnaciones de Pájaro de Fuego, parece ser la de la autonomía artística y la independencia. ¿Te sentís cómodo en ese campo o es un imperativo si uno quiere trabajar con libertad?

ES: Real Book de ninguna manera era comercializable, ya que éramos muchos artistas metiendo partituras, así que esa era la única forma de hacerlo. Pero así como está, sin intermediarios, está bien. Lo mismo ocurre, por ejemplo, respecto de la forma en la que se monetizan los videos en YouTube. Vos hacés todo un trabajo artístico y después te ponen cualquier cosa adelante. ¿Y eso para qué? ¿Vale la pena? Lo mismo sucede con Spotify. A un sello que tal vez tiene cuarenta artistas le sirve sumar un poco acá y otro allá, pero a nosotros, en tanto artistas: ¿Cuántas ganancias nos depara individualmente? ¿Cuántas reproducciones tengo que tener para poder comprarme una grande de muzzarella en Güerrín? La industria se va moviendo, pero siempre termina quedando en manos de las grandes compañías. Se mueve y cambia, pero siempre se reacomoda de manera tal que terminan imponiéndose los monopolios. Nosotros, por lo pronto tenemos otro disco y una serie de shows para mostrarlo. Y eso está bien.

Mírenme, no puedo tocar el suelo. ¿No me ves? Me estiro pero no llego, resuena en simultáneo la voz de Mariana desde un parlante pequeño. Y el universo parece invertirse de nuevo.

Pero esta vez hacia la luz.

Próximas fechas:

31 de mayo de 2017: Presentación de Universo invertido en el CCK / 19Hs

13 de julio de 2017: Boris Club

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