Nora J. Rabinowicz: “No me interesan los finales apoteósicos sino los austeros”

Por Marvel Aguilera Fotos: Gisele Velázquez

En su primera novela, Todas las Cosas, la autora aborda el amor en tiempo de acumulación compulsiva. Tras un encuentro fortuito, dos urgidos amantes enfrentan las cenizas de un pasado imborrable mientras buscan distinguirse de los objetos que los rodean.

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 Los días de Diógenes en la antigua Atenas estaban marcados por el despojo y la suma austeridad. Aleccionado por el rabioso Antístenes en tiempos de Alejandro Magno, supo edificar mediante la Escuela Cínica una variable filosófica congraciada a la naturaleza y con independencia total de cualquier tipo de convención institucional. Resulta curioso pensar que, mil quinientos años después, el nombre de aquel pensador de Sipona pudiese pasar a encarnar un síndrome psicológico, caracterizado por el aislamiento y la acumulación compulsiva, en absoluta contrariedad al ascetismo que él profesaba. Si bien ya había sido mencionada por Sigmund Freud, fue el alemán Erich Fromm quien supo pensar la problemática bajo el condicionamiento de las sociedades de consumo: “La orientación a tener es característica de la sociedad industrial occidental en la que el afán de lucro, la fama y el poder se han convertido en los problemas predominantes en la vida”. En un presente que otorga valor sentimental a los objetos, las relaciones humanas, desde la angustia que provoca el saberse individual, corren el riesgo de caer en la lógica del apego: en cuya pendiente la única salida es la caída.

En su primera novela, Todas las Cosas (Ediciones La Parte Maldita), Nora J. Rabinowicz aborda las fibras de una relación atravesada por la necesidad y la dependencia. Con la muerte presente como telón de fondo, cada paso de Andrés y su novia hacia la unificación de anhelos individuales expondrá una situación desbordante; donde los celos, el egoísmo, la necedad y la falta de entendimiento mutuo alimentará una obsesión en espejo que será, a fin de cuentas, la medida de todas las cosas.

 La protagonista, acechada por el devenir del tiempo, encuentra en Andrés, un entusiasta plagado de promesas y emprendimientos, un ideal para construir su anhelado futuro familiar aquejado desde hace tiempo por las idas y vueltas en la incertidumbre. Las cosas que él ha ido acumulando en su departamento, y en cualquier lugar que habita, son muestras de una resistencia hacia un presente que lo desnuda, y enfrenta, a un sentimiento de plena desolación. “Ese día, frente a mi amiga, en voz alta y claramente, mencioné el tema de las cosas: cómo podía estar rodeada por tantas”, se pregunta ella tras la primera visita al piso de Andrés. No obstante, en esa impresión primaria, algo dubitativa, habrá una resignada aceptación que conllevará el afiance, gradual, de un vínculo ilusorio; un grito sordo entre el bullicio. Allí el amor, convertido – como luciérnaga – en un recuerdo intermitente, guarecerá refugiado bajo un montón de trastos viejos, listo para ser redescubierto cada vez que el abismo hacia lo impredecible, que implique la distancia definitiva, se haga presente.

El viaje por tierras españolas con el fin de cerrar un pasado vívido, que retumba lacónico como un tambor en cada foto, artefacto e incluso en las cenizas familiares que él traslada en su mochila, auspiciará, una vez más, de oasis en medio del murmullo interno. Aún así, los parches que cubren las inseguridades que empujan a Andrés hacia el placer de lo inanimado y a su novia rumbo a un vergonzo sentimiento de fracaso, caeran como un velo pesado, inamovible, para exponer la fragilidad de aquello que se dice “necesario” y la contingencia de un amor que, bajo el ojo del deseo, suele parecer eterno.

Rabinowicz retrata, sobre una trama a priori expuesta, un vértigo alternativo: donde el detalle solapado, el gesto tenue y las grietas de silencio marcan el ritmo de una pluma que se mueve con astucia, desde lo mínimo a lo complejo; en el rescate de esferas cubiertas por la cotidianidad, la novela, aún sin buscarlo, pone en discusión nuestra noción primaria sobre los límites en los lazos afectivos.

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Si bien Andrés es quien está afectado por un trastorno, la protagonista transcurre toda la novela reteniendo una relación resquebrajada. ¿Esa imposibilidad de ceder de parte de ella es proporcional al problema de él con los objetos?

Esa negación de la protagonista se empieza a ver recién en la segunda parte de la novela. Ahí se muestra que, además del problema de Andrés con los objetos, está el de ella queriendo retener una situación, como sea, a capa y espada. No es sólo Andrés el que carga el peso de la falta allí, hay una grieta de ella también. Cada uno desde su lugar trata de retener, no sé si lo que quiere pero sí, al menos, lo que puede.

En el primer capítulo (Magic) ella, al observar el afecto que hay entre Andrés y su amiga Elena, logra darse cuenta de que su amor hacia él no es único e imprescindible. ¿Por qué decidiste exponer esa situación paradigmática desde un comienzo?

Ese primer capítulo en realidad es el final. El tratamiento de Todas las Cosas es en picada: uno va comprendiendo, en un comienzo, que cierta ingenuidad de ella – y también de él – sobre cuán imprescindible es el uno del otro se va perdiendo; y ese es el desarrollo de la novela. Evidentemente, ninguno es imprescindible para el otro; eso se muestra aún hasta el final de la novela y es uno de los puntos centrales de ella.

¿Cómo surgió la idea central que gira alrededor de Todas las Cosas?

Empecé en los talleres de Liliana Heker, escribiendo cuentos. Luego de dos años de trabajo comencé la novela: directamente escribí el primer capítulo, que es el entierro del gato Magic. En el taller estuve alrededor de un año ocupada en la novela. Sin embargo, desde ese primer capítulo ya supe que iba a ser una novela; esa intuición radicó en que previamente había escrito una serie de cuentos que luego formaron parte de Todas las Cosas. Cuando resolví que ese relato del entierro de Magic iba a formar parte de una novela, entendí que debía incluir esos cuentos, aunque eso implicara reformular tanto el punto de vista del relato como el rol del narrador; esos textos tenían que ser parte de algo más grande. Así comencé a hilarlos y a formar una obra completa. Y, en ese sentido, empezar por el final fue la mejor manera que encontré para estructurar la historia

Habías participado previamente en varias antologías de cuentos, ¿qué cambios implicó tener que trabajar en un proyecto literario a largo plazo?

Fue muy placentero. No tuve ansiedad alguna; me gustó la posibilidad de ir y venir cuantas veces quisiese: esa libertad por delante que surgió. De hecho, terminé de escribir Todas las Cosas y, en ese trabajo de corrección en el taller, me di cuenta de que faltaba un capítulo, que estaba incompleta. Ahí es donde apareció “Andrés”, que es el segundo capítulo que lo presenta a él. En este sentido, la novela tiene esa libertad de poder poner y sacar o de volver al texto; si bien un cuento posee esa estructura, hay un camino más o menos pautado en la mente. En la novela uno puede andar haciendo y deshaciendo a gusto y piacere.

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Una de las curiosidades que tiene la novela es que la protagonista en ningún momento lo incita a Andrés a tomar algún tipo de medida psicológica por su problema.

Esa inocencia formó parte de uno de los trabajos principales y más difíciles de la historia. Ella no tiene clara la afección de él; en ninguna parte de la novela se habla de “acumulación”. Mi trabajo fue hacer de ella alguien que no tuviera la certeza de la situación límite por la que él atravesaba para, de esa manera, hacer que el lector tampoco la tuviese. No me interesaba hacer un tratado psicológico relacionado con la acumulación; no quería estigmatizar desde ese lugar. Ella no sabe bien qué tiene enfrente, y la intención es que el lector tampoco. ¿Tiene algo de malo guardar fotos? Bien, esa ingenuidad es necesaria para que ella se quede desde un primer momento. Si la protagonista hubiera reconocido aquella patología, seguramente, no se hubiese quedado. Lo hace porque reconoce que hay un problema pero no cree que sea tan grave. En la novela no todo está claro ni definido, y eso significó un arduo trabajo.

¿Por qué decidiste separar la novela en conceptos particulares? ¿Qué busca mostrar esa forma de contar los hechos?

Casi todos los capítulos llevan el nombre de un personaje, excepto el último de ellos que se llama “Restos”, que refiere tanto a la urna como a lo que queda de la pareja, y “A puerta cerrada”. Lo que resalta ésto es que la mayoría de los personajes están todos muertos, y eso es parte de la historia: los muertos. No son personajes satélite que pueden estar o no estar, son parte de la trama, la cual está atravesada por la muerte y las cenizas. Esa personificación me dio la impresión de que les daba más fuerza de la que aún tenían, de la misma manera que cuando se habla de una urna se la llama por el nombre propio, como pasa con “Tío Urbano”. Es una coloquialidad de la muerte que me resulta muy atractiva.

¿Qué cambiaste en tu método para contar historias una vez terminada Todas las Cosas?

 Con la novela agregué mucha experiencia y me di cuenta de que hay un mundo sensible – aunque en parte lo sabía – del que me interesa escribir y que con la obra terminé de corroborar. Hay algo de lo sensible, también de lo sencillo, que evita la parafernalia y que es donde me interesa profundizar. Por otro lado, corroboré que hay temas que me gustan para escribir, sea la historia que fuera, que son el fracaso y la soledad.

¿Y por qué te atraen particularmente esos tópicos?

Son aquellos temas que me tocan fibras y que, a su vez, me atraen para leer. Si bien lo intuía al escribir cuentos, con Todas las Cosas supe que son los temas donde definitivamente me voy a quedar. Además, me gusta abordarlos desde un lugar simple, con finales que tengan que ver con algún simple gesto, pensamiento o movimiento sencillo, como hago con cada capítulo. No me interesan los finales apoteósicos, que eso quede para la mitad de la historia: la aventura; la parafernalia. Los finales que me gustan son los austeros.

¿Si tuvieras que definir la novela dirías que es una comedia dramática o un drama con algunos recursos de humor?

Es una historia dramática que tiene algo muy propio y personal que son los detalles de humor. El humor en la novela refleja mucho de lo que soy. Esa pequeña comicidad, que transcurre en la novela, forma parte de la vida cotidiana; por eso, tal vez, no veo a la novela como una comedia, sin embargo, en mi vida diaria hay pequeños flashes de humor aún sin que deje de ser una tragedia galopante. En ese sentido es que Todas las Cosas más se transparenta: como un drama pero con puntos tragicómicos.

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¿Tu escritura surgió a partir de tus estudios en arte o tuvo que ver únicamente con esta última etapa de tu vida?

Estudié arte hace muchos años pero eso no coincidió con mi inquietud por la escritura. Es cierto que escribía desde muy chica pero nunca me decidía a dedicarme; ingresé en un taller ya de grande. Venía de ser cocinera durante varios años, y cuando decidí salir de ese mundo culinario resolví que lo que quería hacer en mi vida era escribir. Ahí mismo me compré una computadora y me anoté en un taller: allí comencé. Desde ese entonces, no paré. Hace ocho o nueve años escribo, con alguna intermitencia, pero sin frenar. Y, en ese camino, un taller es muy estimulante para trabajar los textos; con Liliana tenés el plus de estar ante una excelente escritora y tallerista: muy generosa a la hora de escuchar tu texto. Te brinda las herramientas para que el texto funcione.

Más allá de tus cuentos, finalmente tenés una obra propia. ¿Qué reflexiones te arroja el haber puesto un pie dentro de los pasillos literarios?

Es mi primer libro publicado, asi que trato de verlo desde un lugar de humildad. Todas las Cosas es el resultado de muchos años de trabajo y de tener una maestra sumamente generosa. Estar en una editorial independiente tiene sus aspectos maravillosos, como el hecho de que alguien apueste a vos desde lo inédito, solo por confiar en tu novela. Y por otro lado, si bien la distribución es más moderada, te obliga a tener que ponerte más al hombro la actividad de difusión. Es importante que la obra circule, entre gente lectora y entre aquellos que se interesen por los nuevos autores. Y allí lo más relevante es el boca en boca. Ver la novela publicada, con su pila de ejemplares, estimula mucho para seguir escribiendo. Es algo que varios autores me habían comentado pero que uno no termina de creer hasta que lo vive en carne propia.

Todas las Cosas de Nora J. Rabinowicz.

Ediciones La Parte Maldita.

143 páginas.

2 comentarios

  1. Cuando no hay talento para pensar una historia, lo mejor es contar la vida de otra persona. Ojo, no vayamos a poner algo personal, o de tu familia, o de tus amigas. Y mirá que tenías material, eh? Felicitaciones, Truman Capote de Paternal. “Una historia que conmueve” me dijo la narradora. Sí, claro, como si no me lo dijera nadie que conoce mi vida, Norita. Pobre mina.

  2. Cuando no hay talento para pensar una historia, lo mejor es contar la vida de otra persona. Ojo, no vayamos a poner algo personal, o de tu familia, o de tus amigas. Y mirá que tenías material, eh? Felicitaciones, Truman Capote de Paternal. “Una historia que conmueve” me dijo la narradora. Sí, claro, como si no me lo dijera nadie que conoce mi vida, Norita. Pobre mina.

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