Eduardo Muslip: “El reconocimiento no debe contaminar el valor que cada obra tiene por sí misma”

Por Marvel Aguilera Fotos: Pilar Minué

Plagada de remembranzas que sirven como metáforas de lejanía, en Florentina el autor convierte una historia de vida marcada por la desolación y la nostalgia en un punto de partida para el abordaje crítico de los vínculos actuales.

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La crisis europea de la posguerra provocó la salida inmediata de miles de españoles rumbo al Río de la Plata durante el primer cuarto del siglo XX. Esos inmigrantes que en su mayoría provenían de Galicia, una región labradora y campesina al noroeste del territorio ibérico, habían huido de sus pueblos, ahogados económicamente, por la alta densidad poblacional y la falta de empleo formal. Los padres de familia que pisaban por primera vez Buenos Aires, identificados como agricultores, debieron aprender y desarrollar diversos oficios para poder subsistir, entre ellos el más arraigado en el inconsciente social: el comercio. Aún así, esa permanencia física no necesariamente conllevó un anclaje espiritual: alrededor del crecimiento de los barrios de Parque Patricios, Barracas y San Telmo quedó plasmado el sentimiento de morriña gallega: una diáspora que, aún con el paso de las décadas, mantuvo viva una conexión indisoluble con la tierra que recibió aquellos primeros pasos. Partiendo de anécdotas que tejen esa retrospectiva, Eduardo Muslip ofrece en Florentina (Blatt & Rios) un contrarrelato de esa inmigración gallega, para desnudar la galeguidade desde la representación de una octogenaria terca, fastidiosa y panteísta, atrapada en el recuerdo insuperable de su Orense natal. Cimentada desde la narración recortada de su nieto y cruzada por la hilacha del rumor familiar, la nueva novela del autor de Avión y Hojas de la Noche, se aleja del relato genealógico tradicional para arrojar una mirada crítica tanto de la vaguedad que atraviesan las relaciones humanas, como del comentario obsecuente que generaliza el desarrollo inmigratorio en los suburbios de la Ciudad.

A partir de un living donde las circunstancias familiares están de paso, Florentina y su nieto ocupan un espacio superfluo, vacuo, en que su propia cosificación los transforma en téstigos de una rutina que, a su vez, los ignora. En ese ciclo al que su entorno la empuja a cerrar, ella logra recortar secuencias que la acercan a los refugios de su memoría: el contrapunto entre la muerte de Fermín, a la vera del Riachuelo, con el niño Baltar en Galicia; la defensa tajante a las locas del manicomio abusadas, como reminiscencia del lascivo accionar de los curas asturianos. La tragedia que rodea a la abuela que, según sus descendientes, “se encargará de enterrar a todos” irá dejando arrugas en su rostro impertérrito como huellas de una muerte, finalmente, silenciosa; ese resquebrajo del relato pánfilo sobre su existencia – como el estallido del jarrón chino – pone en encrucijada el valor que la voz ajena puede ofrecer sobre un retrato complejo y acuciado que conglomera casi un siglo de vida a cuestas.

Muslip traza en un prosa elegante y delicada un texto sencillo pero no menos rico en detalles y símbolos. A través de los ojos azules de Florentina, la novela – que registra puntos de contacto con la inmigrante italiana de Puno de Natalia Brandi – rescata la autenticidad de una historia legitimada desde su desenfadada singularidad, y por el hábil engranaje entre dos mundos tan disimiles pero que, tamizados por la ausencia, son parte de lo mismo.

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¿Hay en Florentina una intención de mostrar una cara distinta a esa inmigración europea del comerciante fundacional de los suburbios porteños?

Nunca imaginé que la historia pudiera mostrar esa diferencia respecto de la inmigración, lo pensé como un caso más y no desde el paradigma del inmigrante inadaptado. Fue más una mirada natural. Si bien por mi cabeza no cruzó demasiado el recuerdo familiar – aunque también lo hay – me pareció más interesante la descripción del conflicto alrededor del relato de un inmigrante que aquella idea habitual del éxito. Además, las generaciones posteriores al primer inmigrante no suelen ver esa historia como un modelo de prestigio a tener en cuenta; es más, es habitual abordarlo desde las descripciones características de principios del siglo XX como la huida de la guerra, de la superpoblación o la miseria europea.

 Aún sin ser una novela estrictamente sobre la inmigración, se manifiesta un dolor hermético en Florentina cada vez que aparece una comparación con su Galicia.

Florentina más que dolor siente ira. Ella tiene una idealización del mundo que le ofreció su juventud en España. Además, hay que tener en cuenta que la inmigrante es una mujer, la cual, quizás, no había sido obligada pero sí llevada por su marido o por el entorno familiar a serlo; en esos tiempos no había una posibilidad de decisión fuerte. Un inmigrante a principios del siglo XX, cuando llegaba a Buenos Aires, se encontraba con un espacio estrictamente urbano, que muchos pudieron haber admirado pero que otros lo sufrieron con dureza. Eso pasó con buena parte de la población que vivió en la periferia, alrededor de los conventillos.

¿Por qué decidiste adentrarte en la historia a través de la voz del nieto, qué te atrajo de esa mirada sobre su abuela?

Ella está cruzada por el relato del entorno familiar, su figura es una creación de estos parientes. Es lo que traté de dejar en evidencia: el retrato de Florentina puede ser fiel a lo que salió de su boca o indirecto por el decir ajeno. Un ejemplo de esa situación se da con la enfermera del manicomio, quien mira de una forma distinta a Florentina del resto de la familia. Quise producir un doble efecto: donde todos los relatos que se suceden en la historia son, por un lado, el producto de la memoria de ella, pero a su vez el resultado de la circulación que tuvieron dentro de su entorno familiar.

En tu anterior novela, Avión, el punto de partida es el aeropuerto; en Florentina, más alla del retorno de un viaje del nieto, el anclaje es el living de la casa de la tía. ¿Cuál fue la particularidad que encontraste en ese espacio para poder desarrollar la trama?

El living es como un no lugar, típico de clase media, creado solo para el paso; que tiene un uso más simbólico que real. La cocina-comedor es el espacio donde se desarrolla la vida y el living es el reflejo de una pretensión bastante burguesa, producto del ascenso social. Y paradójicamente el lugar más cómodo que encontró Florentina es donde no tenía lugar. Es un escenario que se armaba para la foto y no la incluía pero que, sin embargo, al ser una posición vacante ante la mirada del nieto, ella lo terminó ocupando.

En las primeras páginas de la novela, el nieto, al describir el living, ubica a su abuela como parte de los adornos del lugar, pero también él se incluye. ¿Florentina, más allá de esa vida, funcionó como un espejo para contar la propia historia del nieto?

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Jugué con una frase de un cuento que me gusta mucho de Clarice Lispector que se llama La Gallina. Es la historia de un animal de esta especie al que lo están por matar para comérselo. Ella logra escapar subiéndose a un tejado mientras los integrantes de la casa van tras de sí. Hay un momento en donde la voz que narra, que la sigue por todo su camino, detalla como ella se apoya en una especie de armario, como si fuera un adorno mal colocado. Esa frase por algún motivo me quedó. Y no quise poner al nieto como un mero testigo, sino mostrar que hay más puntos de contacto de los que uno supondría en un principio. Él eligió escapar a ese mundo familiar para ponerse, como Florentina, en ese espacio que ocupa el living.

Florentina es una novela donde brotan los recuerdos y las anécdotas como modos de construcción de una historia de vida, ¿cuánto hubo de tus propios recuerdos en la inspiración del relato?

Hay recuerdos familiares: de mi abuela real y de otros personajes cercanos a la familia. Y no solo atañen a Florentina sino a varios de los personajes que aparecen en ciertos lapsos de la novela, como es el caso de la enfermera o del niño que se ahoga en el Riachuelo. Son personajes en los cuales me gusta mostrar su basamento sobre personas que existieron hace sesenta o setenta años, de las cuales casi no queda nada; hacerlos resucitar de alguna manera se disfruta.

Si bien la obra guarda una lógica respecto a los últimos años de la abuela, no se observa que haya un avance cronológico sino más bien a través de fragmentos de la historia recogidos por su familia.

Me interesó mostrar la diferencia en la temporalidad de cada personaje perteneciente a un sector social. Hay historias de vida que abarcan desde la juventud a la vejez, aún con los pasos de una vida no muy buena; hay otras en que todo se comprime, no necesariamente por alguna tragedia abrupta sino porque existe una serie de eventos que llevan a que todo se reduzca a un plazo de cuarenta o cincuenta años.

Más allá de las idas y vueltas en el tiempo, traté de respetar una secuencia, quizás para facilitarle al lector esa sensación del paso del tiempo; de hecho las anécdotas que voy contando, mal o bien, van distribuyéndose siguiendo ese tiempo de la vida. Siempre intenté construir esa línea. En el caso del abuelo, la hay, pero el plazo de vida es más breve y los elementos, si bien se acomodan linealmente, lo hacen de un modo más comprimido. Son aquellas experiencias de vida donde una dolencia o enfermedad no termina de sanarse, pero la vida continua, aunque dejando una marca que acelera ciertos procesos.

¿Las anécdotas sirven para darle rostro a una Florentina parca? ¿Cuánto hay de ella en esas historias y cuánto del manto subjetivo de cada familiar?

Las historias la muestran a ella. Desde la mirada del narrador, esas descripciones están un poco teñidas del mundo de Florentina: fuera de Barracas y más cercanas al territorio de Galicia, su lugar de origen. La forma que ella tiene para caracterizar a las locas del manicomio puede ser similar a la que tiene sobre su propia madre. Por otro lado, ese silencio respecto de la muerte del perro tiene que ver con el respeto que ella tiene por el mundo natural; compartía más tiempo con los animales que con las personas. Pero ese perro, más allá del tiempo compartido, no dejaba de ser un perro, lo mismo que el cerdo. En esa línea, no se puede comparar con lo que puede llegar a pensar hoy alguien cercano al veganismo; en el contexto de Florentina era algo natural que un animal luego pasara a convertirse en comida.

Al igual que en Avión hay una estructura de la novela que no incluye divisiones ni separación en parte alguna, ¿cuál es la idea detrás de este tipo de construcción literaria y por qué no hubo un separación de algunas historias, como la del abuelo, que bien podrían haber sido paralelas?

La estructura parte de una idea que tengo de la historia, y a medida que la escribo se van acomodando esas partes en una forma más general. En el caso de Florentina fue algo natural, partí desde un presente: alguien de mediana edad recuerda el tiempo de su infancia y se remonta a los últimos años junto a su abuela; en el recuerdo de esas escenas se cuenta, a su vez, el resto de la historia de Florentina. Esa cronología o retrato está y cada una de las historias cierra en sí misma. Lo que traté de cuidar es no caer en un error habitual en los relatos del mundo familiar: poner demasiados personajes que terminan confundiendo al lector. Por tal motivo, elegí simplificar: la tía mayor, la tía menor, los primos, entre otros. No me interesó contar acerca del árbol genealógico de Florentina.

¿Cuánto hay de cierto respecto de que tus obras no buscan alcanzar un clímax particular sino que avanzan a través de los detalles del escenario planteado y de cada personaje?

Depende de cada caso. Con Florentina tuve la idea de contar la historia de una vida; en ella no se puede pensar en llegar a un climax, porque el relato no corre detrás de un acontecimiento particular, sino que hay un acompañamiento constante de ese trayecto. La empatía o afección que pueden provocar los personajes en el lector busca generar la impresión de que se está conociendo una vida. Al comienzo de la obra, señalo que el hecho de conocer la vida completa de un ser te acerca ineludiblemente a él. Florentina ofrece esa posibilidad: narrar la historia completa de una persona; que el espectador tenga ese acceso va a implicar una empatía o un acercamiento con él. Además, hay un número importante de sucesos en la novela, los cuales procuran tener cierto interés hacia el lector para que pueda sentirse llevado; a partir cada una de las anécdotas que se cuentan, se intuye que lector se enganchará con una más que con otra, pero siempre la apuesta para el disfrute del lector es al máximo.

Tras la muerte de Florentina, se evidencia una sensación de ausencia en la casa. No obstante, si partimos de que ella y su nieto eran parte de los adornos de ese living, ¿se puede llenar una ausencia de algo que nunca estuvo del todo?

Es verdad, ella nunca estuvo del todo para sí misma ni para los demás, quienes no la incluyeron en el relato de sus vidas. Los descendientes de Florentina no le dan un lugar importante en sus historias, al menos en lo que cuentan. ¿Qué pasa cuando desaparece algo que no tenía mucho lugar? En principio desaparece de ahí. Ella es descripta como alguien que vivió mucho, que no tenía la necesidad de extender su tiempo habiéndose cerrado ya su ciclo. Cuando un familiar se muere joven, el duelo y los efectos continúan; hay una brecha no cerrada. En el caso de Florentina se esperaba que se cerrase, y así sucedió. En la escena del sepelio se manifiesta una aceptación de parte de su nieto: se murió y no hay nada más que hacer. En cambio, el resto de los familiares aparecen llorando. Él, entonces, se pregunta: ¿Qué pasó acá? ¿Entonces sí era importante para ustedes? El nieto se creyó un poco el relato familiar. Por otro lado, ésto también quiere exponer que Florentina tenía una importancia mayor a la que el relato o la propia familia pudiese darle.

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Llevás una vasta obra publicada, ¿en qué momento como escritor te encuentra la salida de Florentina?

No pienso en mi vida como escritor, simplemente escribo. Muchos textos los vengo trabajando desde hace tiempo: algunos los pude terminar, otros aún están pendientes. La historia de Florentina no fue premeditada, surgió dentro de un relato que escribía acerca de un viaje al Brasil. En ese relato de viaje cuento cómo el protagonista comienza a recordar a determinadas personas, entre ellos su abuela. Así comenzó a desarrollarse la historia, hasta que llegó un momento en que supe que tenía que hacer algo autónomo con ella. Por eso Florentina comienza con el fin de un viaje del nieto y trabaja sobre un recuedo mucho más puntual. De la misma manera como surgió esta historia, aparecen temas que voy siguiendo, pero no pienso mi obra en forma sistémica.

¿Qué tipo de reconocimiento esperas para con tu obra y qué buscas evitar en ese recorrido?

Que la gente lea lo que uno hace y que tu obra pueda generar un interés ante cada nuevo texto. No querría que el reconocimiento, en caso de tener algún tipo de mención importante, contaminara el valor que cada obra tiene por sí misma. No me agradaría parecer que me recuesto en una obra ya realizada. Me gusta mantener las ganas y el entusiasmo por lo que voy haciendo, y lo mínimo que quiero es que eso genere una relación con el lector; mientras aquello suceda, va a ser suficiente.

Florentina de Eduardo Muslip.

Blatt & Ríos

134 páginas.

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