El bosque brillante: el jardín de los presentes de Lucio Balduini

Por Eduardo Minutella

Lleno de recuerdos de infancia pero con la mirada en el presente de la música, el nuevo disco del guitarrista rionegrino no reniega de su influencia. Grabado con una banda notable, el álbum muestra que el jazz argentino goza de buena salud. 

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La aparición de El bosque brillante, de Lucio Balduini, es algo más que un acontecimiento musical. En su tercer disco solista, y acompañado por Mariano Sívori en bajo, Daniel “Pipi” Piazzolla en batería y Esteban Sehinkman en piano Rhodes, el guitarrista patagónico propone explorar una geografía imaginaria y atemporal, una travesía por paisajes remotos acaso conocidos, pero inasibles. El sucesor de Viento divino es un disco pergeñado con paciencia a lo largo de cinco años en el que predomina un material original, aunque también revisita composiciones ya grabadas en el disco Transmutación, de Pipi Piazzola, y canciones de Luis Alberto Spinetta.

Músico ecléctico, Balduini deja traducir esa impronta desde los primeros temas de su nueva producción: a la secuencia en ostinato a lo Steve Reich con que la que arranca En busca de la tierra sin mal, le suceden una minuciosa relectura de una canción poco visitada de Spinetta (La rifa del viento), y Fugaz, una composición más cercana a los parámetros del lenguaje guitarrístico del jazz contemporáneo. Esta aparente heterogeneidad no parece preocuparle: “Si vos escuchás Superestrella, verás que es una canción, y que, sin embargo, convive bien con Piedra lunar, que es completamente diferente. Y esto es así porque el eclecticismo con el que está concebido el disco responde a una búsqueda que es la misma en cada tema”. Uno de los elementos comunes que articulan esa búsqueda es el predominio de los espacios amplios y las reverberaciones, resultado del trabajo melódico puntilloso y metódico que caracterizan desde hace unos años al sonido-Balduini.

A la vez que familiar, el universo musical del guitarrista resulta evanescente e inmaterial, como si todas las reconocibles influencias que lo constituyen solo fueran identificables a través de un vidrio opaco o una lente desenfocada. A diferencia de otros músicos, que buscan adrede alejarse de aquellos que los inspiraron, Balduini vive esa experiencia con placidez: “A mí no me molesta que se me vean las influencias –dice el guitarrista rionegrino–. Cuando decidís deliberadamente liberarte de ellas quedás en un limbo que te impide cualquier profundización. Yo prefiero hacerme cargo de ese bagaje y dejar que se apodere de mi forma de tocar, porque eso va a hacer que inevitablemente en algún momento empiece a trabajar en otro sentido”. Así, si en Tu bahía en el sueño pueden resonar los ecos de un Bill Frisell patagónico, o en la intro de Fulgor los del guitarrista danés Jakob Bro, la aprehensión de esos materiales parece funcionar principalmente como imprecisa hoja de ruta para adentrase en territorios más personales: “Cuando a mí me gusta mucho algo siempre trato de desentrañar por qué me gusta. Es un proceso de reflexión y absorción que tiene mucho que ver con lo intuitivo. Me gusta pensar el trabajo como proceso de alejamiento de mis influencias y búsqueda de otras nuevas. Uno construye a partir de lo que han hecho y hacen los demás”.

Ese procesamiento del material es resultado de un atento proceso de escucha: “Me aferro mucho a los discos que escucho, puedo hacerlo durante mucho tiempo. Me interesan aquellos que van a lo más profundo, en los que se escucha siempre algo diferente”, dice Balduini, acaso recuperando aquel tópico de Ítalo Calvino sobre el carácter inagotable de sentido que producen algunas obras artísticas a las que considera como clásicas. Y en sus elecciones no se circunscribe exclusivamente al universo del jazz: “Puede ser, por ejemplo, 22, A MIllion, el último disco de Bon Iver, o Roendopinho, un disco en solitario del guitarrista brasileño Guinga. O Spinetta, claro, a quien siempre tengo muy presente, en todas sus versiones y facetas”.

Hay recurrencias que aparecen ante cada pregunta. La primera es la reflexión sobre el tiempo: “Como artistas tenemos que ir un poco a contramano del vértigo, especialmente hoy, cuando todo pasa a demasiada velocidad. La Dictadura del Ya impide el verdadero trabajo, que es una forma de insistencia”, manifiesta Balduini con actitud casi kantiana. La segunda, tiene que ver con el vínculo entre el trabajo y la técnica: “Valoro la disciplina del trabajo y la repetición, porque es a partir de ahí que florecen las ideas, el estilo. Picasso trabajaba ocho horas al día, incluso al final de su vida. La técnica no es algo rígido y duro, sino un vehículo para encontrar la fluidez y la libertad para decir”. Ese ser en el tiempo de Balduini puede adivinarse en su música, pero también en la forma casi artesanal que cultiva en el arte de la conversación, con especial predilección por la búsqueda de la palabra precisa y el uso inteligente y sereno de los silencios. En este sentido, la remera del superhéroe americano Flash con la que aparece en algunas fotos de prensa se revela como antimanifiesto irónico y sutil.

Y sin embargo, lo político no aparece en el centro de sus reflexiones a la hora de pensar en la música, como si aquello transcurriera en un mundo demasiado vertiginoso, epidérmico y voraz. En cambio, cuando sobreviene inevitable la pregunta sobre el jazz, Balduini recupera el entusiasmo y manifiesta que se siente antes que nada un guitarrista contemporáneo: “El straight ahead  y el universo de los standards no están en el centro de la búsqueda musical que yo hago. Y sin embargo, es un camino fundamental que hay que hacer. De hecho, una vez por mes hago presentaciones en trío en las que solo tocamos standards. Pero lo que no creo es que si vos querés tocar jazz moderno primero tengas que tocar como (Louis) Armstrong, luego como Charlie Parker, y así. Sobre todo porque hay un elemento muy importante en el aprendizaje que tiene que ver con el estímulo. Si lo que te estimula cada mañana cuando te levantás es la música de Pat Metheny y ese es el mundo que te está llamando la atención, yo no puedo pedirte que te pongas a practicar melodías de Charlie Parker. Mi camino personal, por ejemplo, implica haber escuchado primero al Pat Metheny de Bright Size Life, luego al Pat Metheny Group, y de pronto encontrarme con Rejoicing,  un disco en trío del ’84 con Charlie Haden y Billy Higgins, que me conectó con un sonido jazzero más clásico. Así, escuchando a un solo músico, podés pasar por muchos lugares y llegar, por ejemplo a la música de Ornette Coleman. Lo importante es que cuando llegues a Charlie Parker llegues con pasión”.

Sobre el final de la charla, Balduini habla sobre la riqueza del panorama del jazz local, las formas más livianas de escucha que parecen imponerse en la era de Spotify, y claro está, del invalorable aporte de los compañeros que contribuyeron a la grabación de su último disco: “La dirección que comparto con la gente con la que toco, con el Pipi, con Mariano Sívori, con Esteban Sehinkman, o con otra gente con la que ya no toco pero comparto una forma de ver las cosas, como por ejemplo Guillermo Klein, es también una forma de ir a contramano de aquello que no me gusta. El bosque brillante no hubiera sido posible sin ellos, porque compongo pensando específicamente en aquellos intérpretes con los que quiero interactuar”. Menos analítico, cuando sobreviene el tema del título del disco se revela en su mirada algo del orden de lo más íntimo y sentido: “Durante años fui con mi padre a pescar a Bahía Manzano. Es un lugar muy particular, que aprendí a conocer desde un bote familiar muy modesto. En los días malos, cuando casi no hay pique, uno se deja penetrar por el silencio y la exuberancia del paisaje, y aprende a mirar. En uno de esos días me di cuenta que hay una hora en la que el sol pega de una forma muy particular sobre la fronda de Villa la Angostura. En el paisaje se produce un efecto lumínico único y emocionante, imposible de fotografiar. Entonces en el disco hay una suerte de doble homenaje: a la naturaleza, pero también a mi viejo. Tu bahía en el sueño tiene que ver con un interés personal por captar ese tiempo y ese espacio”, termina Balduini. Y convida otro silencio.

“El cosmos está también dentro de nosotros, pues estamos hechos de la misma sustancia que las estrellas”, decía Carl Sagan por televisión a comienzos de los ochenta. Un paseo por el bosque brillante de Lucio Balduini puede ser una buena manera de constatarlo.

*Lucio Balduini presenta el jueves 20/04 El bosque brillante a las 21.30 en Thelonious club, Salguero 1884.

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