El peregrino: aves sin nido

Por Esteban Galarza

Editorial Sigilo publicó por primera vez en castellano uno de los clásicos indiscutidos de la literatura sobre la naturaleza. A medio camino entre la observación científica y la poesía extática, el libro de John Alec Baker puede ser abordado desde múltiples lecturas.

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“Como un halcón en su percha,  escucho el silencio y atisbo la oscuridad”

A. Baker

En su documental Encounters at the end of the world el cineasta alemán Werner Herzog asienta una teoría no del todo descabellada, que fue esbozando en la totalidad de su obra: la humanidad es una instancia más en la historia del planeta, un momento que desaparecerá en el infinito del tiempo. La sentencia además se refuerza con otra teoría aún más conmovedora. Con su voz en off y con las imágenes de lo que subyace en el Océano Antártico, sostiene que todo lo que vive comenzó en un paisaje majestuoso, pero que la inmensa crueldad y violencia del medio expulsó a los más débiles que pudieron huir del entorno. Esos fueron los primeros animales terrestres, los antepasados de la humanidad que hoy somos.

Cuesta estar de acuerdo con Herzog al ver la belleza pacífica de las filmaciones depuradas de civilización. Y entonces, hay una segunda vista y tal vez una tercera. Entonces, aparece la extrema crueldad del medio. Las palabras del cineasta alemán provienen como eco profundo, una anagnórisis innegable. Es lo que late en la visión de Werner Herzog. Y es lo que subyace en la escritura de John Alec Baker en su libro El peregrino.

El libro, publicado originalmente en 1967, es el compendio de un año de trabajo de observación paciente y en soledad de Baker, que nunca participó de ningún grupo intelectual ni fue a la universidad.  Ávido lector de poesía y melómano de ópera, se creyó que fue bibliotecario, dato desmentido hace poco tiempo. Solo escribió dos libros en vida. El peregrino le valió un puesto preciado dentro de la literatura naturalista del siglo XX.

Al igual que Vladimir Arseniev a principios del siglo pasado, quien vuelve varias veces al mismo paisaje de la taiga de Ussuri en la Rusia oriental, Baker regresa a los mismos parajes que le traen sosiego. Pero mientras lo que motivó al ruso fue una expedición zarista, el impulso de Baker hay que buscarlo en su amor puro por el halcón peregrino, una raza de ave que se creía en esos años, no sobreviviría mucho tiempo más antes de la total extinción.

El drama de saber que cada día que pasa pueda ser el último es el combustible de Baker, sus ojos deben ser testigos y deben ser poesía. El último recuerdo de los seres amados está en sus manos y sabe que cuando no estén más (ni él ni los peregrinos) solo quedará el papel escrito. Y aquí se hermana con Arseniev, tan consciente de que solo él es capaz de mantener vivo el recuerdo de su amigo Dersu.

La visión de Baker tiene cimas poéticas que trascienden la mera descripción y se transforma en pequeños poemas en prosa: “En el ámbar puro del atardecer el verdor lóbrego del verano ardía en rojo y oro. El día llegaba a la quietud sin viento del ocaso. Los campos húmedos exhalaban ese olor indefinible del otoño, un aroma agridulce de queso y cerveza, nostálgico, que impregna el aire denso.”

Hay aún un parangón más que hermana a El peregrino con Dersu Uzala: el amor que sienten por la realidad que se les descubre los hace ser un poco el objeto amado.  Así, Arseniev transforma su visión de la naturaleza en la de Dersu; Dersu Uzala antorpomorfiza a la naturaleza cuando denomina hombre a todo animal, fenómeno o río por el que pasan. Baker no se elide de esa lógica, busca dejar de ser hombre y volverse más ave: “Para un ave hay solamente dos clases de pájaros: los de su clase y los peligrosos. No existe ninguna otra. El resto son objetos inofensivos como las piedras, los árboles o los hombres cuando están muertos.”

Al describir sus momentos de cercanía con los halcones peregrinos, Baker explica su alejamiento del mundo humano y su aproximación al de las aves: “Encontré una gaviota reidora que había sido cazada a la mañana; todavía estaba húmeda y ensangrentada. (…) Lo que quedaba tenía un olor fresco y dulce, como un picadillo de ternera cruda y piña. Era un olor sabroso,  para nada rancio o de pescado. Si hubiera tenido hambre, yo me lo habría comido.”

El peregrino es uno de los mejores libros sobre la naturaleza, pero también sobre un amor imposible que roza lo trágico: el del observador enamorado de los halcones destinados a la extinción. Y no fue hasta la edición reciente de la Editorial Sigilo que se pudo leer en castellano, gracias a la traducción del escritor Marcel Cohen.

El peregrino, de John Alec Baker.

Editorial Sigilo

220 páginas.

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