El imperio de lo efímero de Vivian

Por Émilie Mantaray

«Cuando me siento observado por el objetivo, todo cambia: me constituyo en el acto de ‘posar’,

 me fabrico instantáneamente otro cuerpo, me transformo por adelantado en imagen».

Barthes, R. (1989) “La cámara lúcida”.

La obra de Vivan Maier, una de las fotógrafas urbanas más talentosas del siglo XX, fue rescatada casi de casualidad por dos coleccionistas. la Fototeca Latinoamericana expone parte de éste material hasta el 11 de junio. Una oportunidad para ver Estados Unidos en su esplendor  de post guerra a traves del ojo que vio las grietas de su perfección.

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Foto: Émilie Mantaray

La historia de Vivian Maier es atractiva por dónde se la observe; se forja sobre un esquema de dualidades: la mujer fotógrafa y mujer niñera, la fotógrafa urbana documentalista y la autorretratista, la artista extrovertida y la trabajadora introvertida, lo que parece ser y lo que es. A decir verdad, pensar en Vivian es abrirse ante un abanico de enigmas. Su obra se dio a conocer poco tiempo antes de morir pero su esplendor en archivos fotográficos se publicó póstumamente.

En una tienda de subastas en Chicago, John Maloof, corredor de bienes raíces adquirió gran parte de las fotos y negativos que componían una época dorada estadounidense, más de 100.000 imágenes tomadas por Vivian a partir de los cincuentas.  No fue el único quien tuvo gran parte de este patrimonio fotográfico, también Jeffrey Goldstein poseyó 15.000 negativos más. Lo llamativo no es la prolífica sucesión de imágenes sino que Vivian jamás tuvo interés en dar a conocer este material.

En 1951, cuando se muda a New York comienza a trabajar como niñera y, a su vez, esto le permite deambular por las calles retratando el panorama urbano en que se veía embuída. Luego, en 1956 se marcha a Chicago donde empieza a generar mayor cantidad de fotografías. En ese preciso momento, Estados Unidos se mostraba como una de las grandes ciudades en donde el progreso económico y arquitectónico, habían dejado atrás el clima de posguerra y la desazón de la caída de Wall Street.

Vivian es considerada hoy como uno de los grandes emblemas de la fotografía callejera, quizá la mejor retratista que tuvo su época y, sin dudas, quien pertenece como las más desafiantes autorretratistas de aquel momento justo con Diane Arbus.

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Foto: Émilie Mantaray

Con una técnica inigualable, un manejo minucioso de los contrastes en blanco y negro, una excesiva prolijidad en encuadres y desenfoque de campo, una estética cinematográfica excepcional y una capacidad narrativa como pocas veces se ha visto, pasó  desapercibida en su tiempo escondiendo cualquier vestigio que pudiera llevarla un escalón más arriba. Claro está que no hubo deseos de mostrarse, pero sí de exorcizar lo que sus ojos veían en la urbe: una dialéctica de la decadencia.

No todo parecía ser tan perfecto en ese escenario que mucho prometía. La clase trabajadora, los incontables inmigrantes que arribaban a diario, las condiciones de pobreza de su gente, los tapados y maquillajes que llevaban las mujeres al pasar mientras lo nefasto estaba frente a sus narices, el desprecio de los unos con los otros, la soledad inigualable, la tristeza en cada esquina, los niños y su porvenir, los cuerpos recortados, las fábricas y los espacios donde circulaba una clase a la que le iba un poco mejor que al resto en perfecta armonía para comunicar la dicotomía que era lo que parecía ir bien con lo que daba registro de no estarlo en verdad.

 Vivian convivía con esta realidad y era parte de su búsqueda; quizá ese fue el motivo que la llevó a explorar las calles y sus personas, ella como objeto de ese panorama, el contexto que la limitaba y su voluntad de dejar registro fértil. Fue mucho más que niñera y, por supuesto, mucho más que fotógrafa, fue testigo de una época en donde las dualidades estaban a la orden del día. Ella supo observar y dejarlo todo en evidencia en la belleza de lo catastrófico. Viviendo una doble vida que la haría la más recordada sin haber querido serlo.

*Se puede visitar la exposición Street Photographer con la colaboración y supervisión de John Maloof y Howard Greenberg Gallery en los Estados Unidos y la curaduría de Leila Makarius y Jorge Cometti en la Fototeca Latinoamericana (FoLa) hasta el 11 de junio de lunes a domingos de 12 a 20.

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