La habitación alemana: una ventana para ver el pasado

Por Juan Carrá

Con su primera novela, Carla Maliandi explora los recovecos que  ha dejado el exilio en el sentir de la protagonista, que decide dejar atrás Buenos Aires y mudarse a una ciudad alemana que acogió a sus padres durante la dictadura militar.

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¿Dónde quedan las cosas que nos hacen escapar? ¿Qué nos llevamos encima cuándo lo hacemos? ¿Cuánto pueden cambiar las cosas con solo cruzar el océano? Quizás estas sean algunas de las preguntas que lleva en la espalda el personaje central de La habitación alemana, primera novela de Carla Maliandi (Mardulce Editora). Una chica de unos 35 años, recién separada, que decide abandonar Buenos Aires rumbo a un pueblito alemán donde vivió los primeros años de su vida. El recuerdo idealizado de aquellos años le fija el destino: ahí ella fue feliz, ahí ella (piensa, siente) podrá reencontrarse con la tranquilidad, o al menos ahí podrá dormir y vencer el acoso de un insomnio enloquecedor.

Pero ese es solo un nivel de la lectura. El más transparente, el de la peripecia que emprende esta chica cansada de la ficción que le propone la rutina, de sus seguridades, de ser predecible. Entonces busca que el viaje funcione como una especie de eraser del pasado y de los posibles futuros. Un paréntesis que le permite poner la rutina en suspenso. Hacerse invisible para los que son parte de su vida en Buenos Aires, e inventa un presente para quienes decidan acercarse a ella. Pero, ¿cuánto tiempo se puede poner en pausa una vida? La narradora no lo sabe, pero sí sabe que necesita estar sola. Ella lo único que quiere, necesita, es dormir. Y por eso escapa. O al menos eso dice.

Un estudiante tucumano y una japonesa —y su familia— que se alojan en el mismo hospedaje serán compañías no buscadas: tan inesperadas como incómodas, pero que le cambiarán la vida al punto de sentir desazón ante la pérdida del cariño efímero.

El otro nivel de esta novela está en el pasado de la narradora. En el suyo y en el de sus padres exiliados en Heidelberg, durante la última dictadura cívico militar. Ahí vivió los primeros años de su vida. Ese exilio es para ella un recuerdo que no lleva ese nombre. Para ella ese pueblo es un cielo alemán de constelaciones nítidas en una ciudad de cuento de hadas, entre castillos medievales y fantasías. La tierra que para sus padres fue refugio fue para ella, felicidad. Y así la recuerda; añora esa sensación de levedad y por eso elige Heidelberg como destino. Pero no siempre las cosas son como en los recuerdos de la niñez. Quizás sí la geografía. No tanto lo que pasa por dentro.

Será el pasado el que le devuelva la seguridad. Heidelberg es un lugar seguro para ella. Tanto que fue la única ciudad no bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial. Tanto que Mario —un viejo amigo de su padre, su primer amigo, el hombre que le enseñó a leer con sus cartas que trataban de sostener el lazo a la distancia— reaparecerá para proponerle un poco de calma. Él es el que le da sentido al pasado, porque es parte de la misma tragedia. Con él se siente un poco menos sola, un poco menos débil. Pero también será la medida justa del exilio, el espejo donde realmente ella podrá ver la dimensión de lo ocurrido. “Un exilio feliz, un exilio del que no se quiere volver no es un exilio”, reflexiona mientras se acuerda de su madre contándole historias sobre Buenos Aires y también recuerda que mientras ellos vivían el momento como una pausa, para Mario era todo muy diferente.

Entonces, la novela habla, también, de la memoria en sus múltiples formas: como exilio, como oprobio, incluso como el último lugar para retener lo perdido. Y cuando no son los pensamientos, o el insomnio los que atormentan, la opresión llega hasta el mundo onírico, también la angustia de confirmar lo que se sospecha.

El ritmo narrativo de La habitación alemana le da a la historia una cadencia particular. Por momentos la peripecia de los personajes aliviana la lectura, la hacen fluir con un magnetismo que se agradece. La aparición de lo sobrenatural (tan justo que no hacen que la novela se corra de registro) entra como creencia, como duda, pero se instala y le suma un elemento más a la atmósfera de una novela que se niega a instalarse en la comodidad de los géneros. Lo mismo pasa con la muerte que aparece en la en potencia, pero también en acto.

La habitación alemana podría leerse también como una novela que tiene a la dictadura como cimiento. Pero no de las que hace énfasis en la mecánica del sistema represivo, sino de esas que busca hurgar en lo heredado de aquellos años de terror, en  las marcas subjetivas. Maliandi lo cuenta con su propio pulso y  abre una ventana en otra tierra desde donde se puede ver un cielo lleno las constelaciones.

La habitación alemana de Carla Maliandi.

Mardulce Editora, 2017

200 páginas.

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