Con la desesperación entre los dientes: el camino sin fin de Jack Kerouac

Por Lucía Martínez

 A 95 años del nacimiento del autor norteamericano, su obra cumbre prevalece como un estandarte enarbolado por más de cuatro generaciones de jóvenes con ansias contraculturales

jack.kerouac

Cuando Jack Kerouac (1922-1969) comenzó a escribir On the road, jamás imaginó que se convertiría en un referencia de la Generación Beat, ni mucho menos que su obra sería un atlas de la sub-cultura de los años cincuenta y de lo que representó para “los sórdidos hipsters de América”. Al igual que Allen Ginsberg y William S. Burroughs, escritores y amigos, no hubiera aceptado que lo encasillaran dentro del grupo a pesar de identificarse con su visión. Sin embargo su figura se volvió uno de los iconos generacionales más reconocibles.

Oriundo de Lowell, Massachusetts, creció en el seno de una familia católica, abatida por la muerte de su hermano mayor Gérard y el posterior abandono de su padre. Aunque en sus comienzos fue corredor de fútbol americano, el interés por la escritura no tardó en presentarse.

Kerouac era amante de lo espontáneo e impulsivo, de la vida libre de valores morales propios de una sociedad cada vez más plástica y gris: “Porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un «¡Ahhh!»”.

On the road es parte de esa efervescencia beat que surgió mientras Jack  viajaba de este a oeste por Estados Unidos entre 1947 y 1950. En aquella época, en la que el Bebop de Charlie Parker, Thelonious Monk y Dizzy Gillespie inspiraban a dejar atrás todas las normas establecidas y probar lo nuevo, el autor construyó la visión de un hombre que estuvo en contacto con un país sin filtro, alejado del sueño americano durante la posguerra.

La novela de carácter autobiográfico, incluye a Neal Cassady (Dean Moriarty), Haldon Chase (Chad King), Allen Ginsberg (Carlo Marx) y al propio Kerouac (Sal Paradise) en anécdotas llenas de noches de alcohol, drogas, sexo y un viaje interminable hacia lugares desconocidos. Un camino sin principio ni fin bajo el paisaje de una ruta desierta y vías de tren abandonadas.

 Me desperté cuando el sol se ponía rojo; y aquél fue un momento inequívoco de mi vida, el más extraño momento de todos, en el que no sabía ni quién era yo mismo: estaba lejos de casa, obsesionado, cansado por el viaje, en la habitación de un hotel barato que nunca había visto antes, oyendo los siseos del vapor afuera, y el crujir de la vieja madera del hotel, y pisadas en el piso de arriba, y todos los ruidos tristes posibles, y miraba hacia el techo lleno de grietas y auténticamente no supe quién era yo durante unos quince extraños segundos. No estaba asustado; simplemente era otra persona, un extraño, y mi vida entera era una vida fantasmal, la vida de un fantasma. Estaba a medio camino atravesando América, en la línea divisoria entre el Este de mi juventud y el Oeste de mi futuro, y quizá por eso sucedía aquello allí y entonces, aquel extraño atardecer rojo.

Por su transparencia la novela se convirtió en una referencia obligada de la Generación Beat y en un clásico de la literatura estadounidense. La simpleza de sus palabras, los pensamientos más íntimos, los sucesos más extraños y dementes de un grupo de amigos que veían la belleza de la vida en la miseria social y charlas con desconocidos, a bordo de miles de autos que bien concluye Ginsberg en su poema Howl: “quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz(…)”.

Pero el mérito más importante de Jack Kerouac, es que sus obras influenciaron (y seguirán influenciando) generaciones y artistas como David Bowie, Jim Morrison, Bob Dylan y Patti Smith, entre otros. Creador de la llamada prosa espontánea, que buscaba transferir al papel el frenesí de lo oral, concebía la vida como un eterno camino, sin muchas preocupaciones más que el andar.

Su fama fue su maldición. Se hizo un lugar común el enquistarlo en un grito libertario contra el capitalismo deshumanizado del Estados Unidos victorioso pos Segunda Guerra Mundial. Kerouac no supo o no quiso asumir esa responsabilidad y tras el éxito de su novela se fue adentrando cada vez más en la sordidez del alcohol y las noches infinitas. Buscaba una redención  que no halló nunca ni en el jazz, ni en las distintas drogas (etílicas, sintéticas, humanas) ni en un budismo cada vez más latente.

Su estilo nunca fue uniforme. De la supuesta espontaneidad vital de On the road ensayó una escritura inspirada en el bebop de Charlie Parker para The Subterraneans (Los suberráneos), otra escritura paranoica y sórdida para hablar de la desesperación que sentía en Big Sur, e inclusive una escritura orientalista que da aire a la desesperación callejera en The Dharma burms (Los vagabundos del Dharma). Inclusive tuvo una faceta de poeta poco conocida en la que escribió haikus.

Sus plegarias no fueron atendidas, su visión nunca fue comprendida del todo y su grito libertario se desdibujó en un hippismo que él rechazó de plano. Tapó su timidez con litros de alcohol que le deterioraron la salud, amén de las peleas en bares que protagonizaba.

El 20 de octubre de 1969 a la mañana sufrió una hemorragia interna en su casa de Massachusetts debido a los constantes abusos de alcohol. A pesar de haber sido operado no pudo ser salvado. Dos meses antes había sido asesinada Sharon Tate junto con sus invitados en su casa de Beverly Hills y ese acto marcó el final del hippismo que sus libros ayudaron a erigir. Su muerte fue otro indicio del fin de una época aunque su palabra seguirá replicándose década tras década.

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