Florencia Werchowsky: “Empecé a contar historias sobre el  telo y el Colón. Las inventaba en el momento, pero funcionaban y decidí escribirlas”

Por María Singla. Fotos: Nazarena Talice

La autora neuquina construye en Las bailarinas no hablan, su segunda novela, un tipo de narrativa al que denomina “autoficción”. A partir de elementos biográficos, creó una obra en la que se asume como protagonista y funde elementos de la ficción con una matriz moldeada desde la propia historia.

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Foto por Nazarena Talice

Luego de la publicación de su primer libro en 2013, El telo de papá, Florencia Werchowsky vuelve a crearse una vida paralela, en la que explota su experiencia como alumna en el Instituto de formación del Teatro Colón para generar nuevas historias. En un bar de Agronomía, la periodista reflexiona sobre cómo llegó a abastecerse de la realidad para alimentar la fantasía y cómo la necesidad de escribir fue más fuerte que su carrera dentro del ballet.

Las bailarinas no hablan

Werchowsky se hace cargo de su historia y se divierte en los senderos ficticios por los que decide encausar a su yo literario. El personaje del libro lleva su nombre y apellido y resiste a través de su adolescencia los embates de dos instituciones culturales rigurosas e inflexibles; el ballet y el Teatro Colón. El personaje sueña con bailar en los escenarios del teatro más prestigioso del país y lograr los ademanes etéreos que admira en su profesora de danza primero, y en su compañera, después. Su carrera se entrecruza con las viejas glorias del país; con la del director del Instituto, Augusto Sierra, que carga con un error oprobioso desde hace diez años y una profesora anacrónica y sobreexigente que logró protagonismo luego del accidente aéreo de 1971, en el que murieron los primeros bailarines del ballet estable.  Con cinismo, Florencia relata cómo la vida de una bailarina se reduce al reordenamiento constante de prioridades más que  al ejercicio de la toma de decisiones  y,  a su vez, embebe al lector dentro de la Argentina de los 90’.

Primeros acercamientos a una vida autoficcionada

La Florencia Werchowsky ficticia nació en un pequeño pueblo de la Patagonia, donde su padre abrió el primer hotel alojamiento de la zona (la real, también). En El telo de papá, la autora basamenta su relato en su experiencia personal y lo dota de una verosimilitud que le permite jugar con los límites entre lo biográfico y lo fabulado. Florencia redescubre la trama de un submundo pecaminoso y oculto de la comunidad en la que vive,  que surge a la superficie en el telo de su papá y que toma con la naturalidad de la infancia. Aquella Werchowsky de la dimensión ficcionalizada crece enfrentándose a los tabúes de una sociedad no preparada para desprenderse por completo de los prejuicios que se acumulan alrededor del sexo y es esa misma Werchowsky la que se enfrentará en Las bailarinas no hablan a las exigencias físicas del ballet, que se adueña, de cierta manera, de los cuerpos cambiantes de las jóvenes artistas.

***

A diferencia de tu personaje, dejaste el ballet a los 17 años. ¿Qué te hizo tomar la decisión?

Quería escribir. Me gustaba mucho leer y no tenía tiempo y eso me generaba mucha angustia. Sentía que me quedaba atrás, pensaba que si algún día dejaba de bailar me iba a costar mucho reinsertarme en la “vida civil”, porque el ballet no te permite hacer otras cosas .Me llevó muchos años finalmente sentarme a escribir ficción, pero son los años que tenían que transcurrir para que yo tenga las herramientas para hacerlo. Lo que ocurrió en el medio fue el proceso de maduración que necesitaba.

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Foto por Nazarena Talice

¿En qué momento descubriste que podías construir historias a través de elementos autobiográficos?

Cuando volví del sur me pasó que si bien yo ya había vivido en la ciudad y tenía entrenamiento,  tuve que construir relaciones desde cero. Estaba desesperada por tener mi grupo de amigos, y empecé a conocer gente muy interesante y divertida. Sentía que en esas nuevas relaciones yo no tenía tanto que aportar, porque yo no tenía ese encanto porteño que tenían mis nuevos amigos, entonces empecé a contar historias sobre el  telo y el Colón. En general eran mentiras que inventaba en el momento, pero me funcionaban. Al momento de sentarme a escribir tenía esas joyitas que me siempre dieron confianza y decidí escribirlas. En algún momento alguien me dijo que lo que yo hacía era autoficción. Me pareció oportuno y empecé a usar el término.

¿Cuándo consideraste que era el momento indicado para comenzar con la recopilación de todo ese material?

El telo de papá lo empecé a escribir en el 2011. Estaba trabajando en publicidad y lo odiaba con todo mi corazón y me senté a escribir para no morirme de angustia. Al principio fue duro, porque requiere de un ejercicio intelectual muy diferente. Una escribe una línea y la borra,  y así construir un párrafo decente requiere mucho tiempo. Tuve que sufrir para poder hacerlo. Pensé que se me iba a pasar, que no iba a sufrir nunca más y no, sigue costando lo mismo.

Si bien la protagonista de Las bailarinas no hablan sueña con consagrarse dentro del mundo del ballet, lucha constantemente con la opresión que la disciplina ejerce sobre ella. ¿El nombre de la novela resulta una crítica a los límites que la danza impone sobre los cuerpos de las bailarinas?

Empecé a escribir la novela con otra idea, era otra historia la que quería contar, entonces el título era otro. Las bailarinas no hablan me parecía juguetón, primero porque lo dice la narradora en un momento y después por el concepto del cuerpo de  bailarina como la voz de un tercero, pero al principio no tenía ninguna idea feminista al respecto. Buena parte de lo que se discute hoy es la potestad que tenemos las mujeres sobre nuestro cuerpo, pero el mundo del ballet tiene sus propias reglas. ¿Cuánto de propio hay en ese cuerpo entrenado para satisfacer esos estándares que son ajenos? La bailarina es dueña de su cuerpo, lo controla y  lo entrena, y al mismo tiempo ese cuerpo casi no le pertenece.

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