Vladimir Maiakovski y la pira ardiente de la poesía

Por María Malusardi

100 años de la Revolución Rusa. El poeta futurista encarnó los valores más puros de los albores de la revolución que supo conmover al mundo. Su vitalidad desesperada y el imposible de adecuarse a cualquier ortodoxia lo llevó a la auto inmolación y abrió el camino a nuevas generaciones que querían ser revolucionarios sin perder el espíritu. 

5025253757_d0da4b0c3f_b

Uno

La poesía, dice Alain Badiou, tiene la tarea de nombrar el siglo. De este modo, el filósofo francés le da una entidad crucial no a lo que hace reconocible a este género literario por la disposición de las palabras en la página, sino a su función ontológica en la historia. Cuatro voces son las responsables de su tiempo, según Badiou: Georg Trakl, Osip Mandelstam, Fernando Pessoa y Paul Celan. Cuatro insuperables voces que subrepticiamente exaltan, más que cualquier documental, las luces y las sombras del excesivo siglo XX. ¿Podríamos incluir a Vladimir Maiakovski como una de estas voces que nombra el siglo, constituyéndolo y ajándolo en sus pesares? ¿Puede Maiakovski echar por tierra los prejuicios que le han asignado el embeleso acústico de la revolución, su defensa de lo popular, su acceso a las grandes masas?

futurist_mayakovsky

            No es desatinado que este poeta ruso, con su multifacético arte del verso que va de la épica al lirismo, se incluya como marca indispensable de un siglo que premonitoriamente lo condujo al suicidio. Maiakovski, en sus versos y en sus cartas, parecía un exaltado, un tipo férreo y tenaz. Fue un revolucionario. Estuvo ahí. Testigo y activista, pero siempre a través, y a partir, de las palabras. “Maiakovski llegó a los versos también desde la Revolución, y no se sabe desde dónde más. Desde la actividad revolucionaria. A los dieciséis años ya estaba en la prisión. No es un mérito. — Pero es un indicio. Para un poeta no es un mérito, pero para un hombre es un indicio. Para este poeta en cambio es también un mérito: comenzó pagando.” Lo dice Marina Tsvietáieva, una poeta excelsa que no andaba con mezquindades ni con farsas. Una poeta que también, años más tarde, se suicidó. O, como entendía Antonin Artaud, fue una suicidada por la sociedad. Los viles del sistema dañan a tal punto que inducen, a quienes ven en la oscuridad, hacia la tragedia. Son muchos los poetas rusos que la sociedad suicidó. No es un mérito, pero es un indicio.

 

Dos

Dicen que a los cinco años recitaba a Alexander Pushkin y a Mikhail Lermontov. También paseaba de la mano de su padre mientras éste hacía sus recorridas por los campos, puesto que trabajaba como guarda forestal. Maiakovski era aún niño cuando su padre murió y la familia cambió la vida bucólica de Bagdadi (actual Georgia) por la vida de la gran ciudad en Moscú. Allí, Vladimir fue a la escuela pero no llegó a terminar. La economía cada vez iba peor: su madre alquilaba habitaciones y preparaba y vendía comida para mantener a sus hijos pequeños. Sin embargo, Maiakovski, que ya pisaba la primera juventud, no se amedrentó y empezó a vincularse con el ambiente revolucionario estudiantil; leía literatura marxista y poco a poco fue integrándose a los movimientos políticos más radicales, hasta afiliarse al partido Bolchevique. A los 15 años conoció la cárcel. Esa experiencia no sólo fortaleció sus ideales sino que lo condujo ferozmente hacia la poesía. Cuando salió de prisión, cortó relaciones con el partido y se matriculó en la Escuela de Bellas Artes de Moscú –desde niño dibujaba y pintaba. Conoció allí a Burliuk, fundador del movimiento futurista ruso. A partir de entonces, empezó la maratónica exposición de Maiakovski. Y aunque lo echaron de la Escuela de artes –era un provocador nato- el país entero le abrió sus calles. Empezaron los viajes y los recitales masivos: la potencia del arte al servicio de un mundo mejor.

“Hoy,

         la rima del poeta,

es caricia,

                   consigna,

                                    látigo,

                                               y bayoneta.

Ciudadano inspector,

yo pagaré los cinco,

                                    y todos los Ceros que vienen después.

Yo en realidad,

                            lo que quiero,

es un lugar,

                        en la tierra de los obreros y campesinos.”

Para las mentes elevadas hay algo pecaminoso en la popularidad; en ocasiones implica bajar, transigir, serle infiel a las exigencias trascendentales del arte. Maiakovski llevó la poesía ante multitudes. No podría decirse que es una escritura simple y mucho menos elemental, pero sí una poesía obcecada en su inmanencia. Hay rebelión y rabia, humor y arrebato, lucidez y originalidad:

“Por todas

las que me gustaron o me gustan,

guardadas como iconos en la gruta del alma,

copa de vino en un brindis,

alzaré mi cráneo colmado de versos.

Pienso más y más

si no sería mejor poner

punto con bala a mi fin.

Hoy,

por si acaso,

doy un concierto de despedida.

¡Memoria!

Junta en la sala de la frente

los turnos incontables, mis amores.

De ojo a ojo la risa derrama,

la noche y sus sartas de pasadas bodas.

De cuerpo a cuerpo se derrame el gusto.

Nadie olvide esta noche:

hoy tocaré la flauta

en mi propio espinazo.”

 “Maiakovski es —  el poeta del tema. Más allá del umbral de los versos de Maiakovski no hay nada: sólo la acción. La única salida de sus versos es —  la entrada en la acción. Sus versos nos sacan de los versos como el día pleno de la cama de nuestros sueños.” Logra Tsvietáieva ubicar al poeta en cuestión en el canal que mejor lo acoge. Y es que Maiakovski, antes de cumplir sus 20 años, y como integrante del grupo futurista, veía al arte como una función social. “Para comprender correctamente la obligación social –decía-, el poeta debe situarse en el centro de las cosas y de los acontecimientos. Conocer la teoría económica, estar al tanto de la vida real, interesarse por la historia y la ciencia, es para el poeta una parte esencial de su trabajo y un aspecto mucho más importante que los manualitos escolásticos”.

“¿Sabe francés,

restar,

multiplicar?

¡Declina maravillosamente!

¡Que decline!

Pero oiga,

¿acaso usted podría cantar a dúo,

con los edificios?

¿Usted acaso comprende

el idioma de los tranvías?

El hombre, a veces,

apenas sale del cascarón

y ya lleva libros bajo el brazo,

y cuadernos escritos.

Yo

aprendí el alfabeto en los letreros,

hojeando páginas de estaño y hierro.

Los maestros

toman la tierra,

la descarnan,

la destrozan,

y enseñan:

-Toda ella

no es más que un globo pequeño, redondo.

Pero yo,

con los codos aprendí geografía.

No en vano he dormido tanto sobre la tierra.”

mayakovsky_1930_a

Según Irina Bogdaschevski, una de las vertedoras del ruso al español más importantes (tradujo, entre otros libros, Diez poetas rusos del Siglo de Plata, para Centro Editor de América Latina), Maiakovski presenta dos vertientes muy claras y disímiles: “En  la poesía política los ritmos enfáticos y el estilo declamatorio daban la impresión de ser escritos para un orador; combinaba también la retórica apasionada con la amarga sátira, especialmente en su último período cuando los aparatos burocráticos (gubernamentales) lo sacaban de sus casillas, atacándolo porque había defendido con pasión la libertad y la dignidad  del oficio del poeta. Su lírica, mezcla de cierta agresividad, de autocompasión y de ternura, es conmovedora y una de las más bellas de la poesía rusa. Sus metáforas son originales y su poesía retórica, hecha para leer en voz alta, es como una serie de cuadros visuales. Es preciso leerlo entre todos, decía Tsvietáieva, en coro, “en un tono de catedral”, y en voz alta, muy alta.

“Los mundos vuelan, los años vuelan. El universo vacío nos observa con sus negros ojos”. Estos versos de Alexander Block, contemporáneo de Maiakovski, dan cuenta, precisa y metafóricamente, de aquellos tiempos largos dentro de los tiempos cortos. La intensidad prolongaba hacia adentro aunque los medidores apuraran.  Treinta y siete años hoy representan el prefacio de una vida. En ese entonces, la vida empezaba por el final, sin comienzos y sin intermedios. “No fue sólo un dinamitero  prodigioso de lo malo del pasado –confirma Lila Guerrero, otra de sus destacadas traductoras-. Fue y es generalísimo de los ejércitos del nuevo arte, movilizador de millones de lectores y oyentes a quienes encendía con fuegos inmortales. Su voz tronante se alzó por encima del estruendo.  Incendió todo lo que afea la vida y el pasado del arte.”

El doce abril de 1930, Vladimir Maiakovski escribió una carta-poema de despedida:

“De mi muerte, no se culpe a nadie, y por favor, sin comentarios.
Al difunto le molestaban enormemente.
Mamá, hermanas, camaradas, perdonadme -no es un método-
(no se lo aconsejo a nadie), pero no tengo otra salida.
Lila, ámame.
Camarada Gobierno: mi familia se compone de Lila Brick, mamá,
mis hermanas y Verónica Vitóldovna Polónskaia.
Si les haces la vida soportable, gracias.
Envíen los versos sin terminar a los Brick. Ellos sabrán descifrarlos.
Como se dice,
el “incidente” ha terminado,
“la barca del amor,
se estrelló contra la vida cotidiana”.
Estoy a mano con la vida,
y es inútil recordar,
dolores,
desgracias,
y ofensas recíprocas.
Sigan felices.”

A los dos días se suicidó. Todo su recorrido nombra, de alguna manera, el siglo. No es un mérito. Pero es un indicio.

Deja un comentario