Roberto Bolaño: El sueño del poeta invencible

Por Marvel Aguilera

Tras el análisis de viejos cuadernos y un disputado traspaso editorial, El espíritu de la ciencia ficción, la primeriza obra del fallecido escritor chileno, se convirtió en la cuarta novela póstuma y en un hilo interesante para redescubrir los orígenes de una prosa única y necesaria.

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Foto: Emilie Mantaray

Cuenta Emanuelle Carrère en Yo Estoy Vivo y Vosotros Estais Muertos que Philip Dick se crió en una familia partida, en plena Gran Depresión. Bajo el cielo lluvioso de Chicago, casi en soledad, coleccionaba revistas de divulgación científica que hablaban de enigmáticas pirámides y continentes desaparecidos. Aquello lo fascinaba. Ya en la adolescencia, en Berkeley, con la mera compañía de su madre, comenzó a publicar sus primeros cuentos en una revista juvenil: la mayoría macabros y delirantes, inspirados en las obras de Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft. Su editor fue claro al respecto: quiero que escribas sobre cosas reales, los detalles de tu vida cotidiana. ¿Realidad? ¿Normalidad? Si, la Ciencia Ficción abarcaba eso y mucho más… Era su imaginación en su máxima expresión, la catársis de su incosciente, la forma de expresar sus tormentos personales. Es más, era la práctica de su vida misma. No sería una locura pensar que Roberto Bolaño en su juventud creyera posible poder construir un universo dislocado, como en los relatos de Amazing Stories, para arremeter contra su destino, boicotearlo; con un anhelo estrictamente literario. En su más reciente novela póstuma El Espíritu de la Ciencia Ficción (ahora en Random House tras diferencias entre Jorge Herralde y la viuda del autor), el escritor chileno explora sus primeros años en un territorio mexicano donde la poesía surge como un lenguaje de diferencia y pertenencia, y en que las obsesiones y sueños del joven autor echarán las raíces que lo erigirán en poco tiempo como un autor clave del último cuarto de siglo.

Los pasillos de la Universidad Desconocida

Jan Schrella y Remo Morán son dos jóvenes chilenos, exiliados, acaecidos en la espesa bruma de un D.F. (Ciudad de México) insondable a mediados de los años setenta: década del manifiesto femenino y de proclamas estudiantiles emergentes de una violenta dictadura. Aspirantes a poetas, renegados del academicismo, transitan una ciudad sin tiempo, repleta de sombras y espejos, donde las viejas veredas rotas y los cafes de mala muerte ofician como refugio de un andar errático, sin destino. Desde esos improvisados bunker – como el Café La Habana – o desde la azotea del viejo edificio donde pasan la mayoría de sus horas leyendo y acumulando libros de ciencia ficción (robados) como bloques de ladrillo, articularán un extraño plan detectivesco para responder a un interrogante que taladra sus sesos durante cada una de sus madrugadas: ¿A qué responde el auge de las revistas de poesía en México? Una ruta de hoja cultural ordinaria los empujará a un mundo de escritores a la deriva, casi clandestinos; en una puja, como telón de fondo, por la resistencia contra las viejas formas de las artes escritas, abroqueladas en la pluma del intocable Octavio Paz, cuya tensión es expresada cínicamente en la voz del Doctor Caravajal: “En los Estados Unidos les está dando por el video, tengo buenos datos. En Londres los adolescentes juegan durante algunos meses a ser estrellas de la canción. Y no pasa nada, por supuesto. Aquí, como era de esperar, buscamos la droga o el hobby más barato y más patético: la poesía, las revistas de poesía; qué le vamos a hacer, no en balde ésta es la patria de Cantinflas y Agustín Lara”.

En ese viaje por senderos indelineables y de encuentros rebuscados con el submundo artístico – al que ellos califican como “Investigación” – Remo abordará el camino del improvisto, del salto al vacío. Talleres de poesía grises; explanadas con personajes desesperados, inasibles, como José Arco (¿Mario Santiago?) o el (¡Pinche!) Mófles; anécdotas literarias delirantes arriba de motos en oscuros rumbos, sobre nubes que parecen “chupar la energía de la ciudad” por las noches. En contrapartida, Jan, el imprudente, deliberado y más que sedentario, quemará sus anocheceres en delirantes epístolas a personalidades norteamericanas de la ciencia ficción, como parte de un proyecto megalómano o de la propia nadería en que subyuga su percepción del tiempo, cada vez más abstracta.20170121_012525

“Esta ciudad de mierda está más viva que de costumbre”, advierte el viejo Ubaldo Sánchez, el editor de Mi Pensil, una de las 661 revistas que figuraban en la ficha que había llegado a manos de los chilenos oriunda de un supermercado. Y es cierto, las calles de Distrito Federal en Bolaño parecen movedizas, aletargadas de cineclubs y cuartuchos polvorientos que invitan al desvelo. De ese torrente de inquietudes sale lo mejor de El espíritu de la ciencia ficción: esa ensoñación envolvente de Remo que fragua entre su experimentación sentimental, el refulgir del deseo sexual y la maduración (pesimista, como la del propio Bolaño) del oficio de escritor. Por otro lado, la ruptura narrativa que proponen las cartas de Jan, en auxilio de la causa Latinoamericana, parecen no terminar de enlazar un concepto claro con el resto de la obra, como sí fuera logrado años después en la célebre Los detectives salvajes (1999) entre la serie de entrevistas y su parte final: Los desiertos de Sonora.

Desde esa cuasi liturgía de estilos cruzados, tampoco hay una mancomunión flexible con la entrevista al escritor premiado que abre la novela y funciona como historia paralela; si bien hay pasajes de una lucidez innegable, como la descripción del programa de radio del encargado de la Academia de la Papa, no alcanza el vértigo característico de Bolaño que sí ahonda en los trazos de Remo y Jan. En ese sentido, vale decir que “El Espíritu” no es un esbozo literario de su corpus más logrado, como burdamente mencionaron ciertos críticos de su obra, aunque en ella hay, ciertamente, marcas reconocibles de un procedimiento que luego se tornaría habitual en sus próximos textos: el cruce de historias, los diálogos delirantes, las anécdotas historiográficas ficticias, la repetición de personajes, la tergiversación de su propia biografía. Es esa receta – el propium literario – que el chileno tanto admiraba de Jorge Luis Borges, quien a su vez había heredado del mítico Macedonio Fernández, la que corre por detrás de la novela firmada en Blanes (Cataluña) en 1984.

Lógico es que de una novela iniciática (la primera quizás, las fechas no son claras) puedan identificarse ciertas manías que, posteriormente, acompañarán al autor hasta el último de sus días, aquello que Ernesto Sábato místicamente denominaba “Los demonios”. La más tangible en El espíritu de la ciencia ficción es la supervivencia del escritor: la difícil tarea de poder vivir de las letras que encuentra, por partida doble, tanto en Jan (emocional) como en Remo (racional), su correlato más fiel; una problemática que el autor de 2666 arrastrará en toda su obra (vale recordar el cuento Sensini basado en Antonio Di Benedetto y su necesidad en subsistir de concursos municipales) y que bien expresa en la novela el escritor premiado, enfadado con su reportera: “Primero confunde esta sala hundida en medio de quién sabe qué clase de bosque con un palacio de cristal en lo alto de una colina. Después es capáz de vaticinar días luminosos para el arte. Aún no se ha dado cuenta que esto es una ratonera”. Asimismo, Bolaño remarca una de sus férreas convicciones desde temprana edad: comprender la poesía como un naufragio permanente; la convicción de poder arriesgarlo todo: el tiempo, los lugares, el dinero, los amores, cualquier otro trabajo o actividad; la vida si es posible, en favor del arte. Lo que en palabras de su amigo Rodrigo Fresán es tratar a la literatura como “una cuestión de vida o muerte, como Génesis o Apocalipsis o Alfa y Omega”. Y vaya que cumplió.

Las huellas del mito infrarrealista

Hace algunos años atrás, Bruno Montané, quien compartió los años de exilio con Bolaño en México, dijo que al autor de Los detectives salvajes hay que “leerlo en una clave menos ingenua”. Montané sabe de lo que habla, participó junto a su compatriota los inicios del Infrarrealismo, esa vanguardia poética que quiso irrumpir en una escena literaria dogmática y monopólica a principios de los años setenta. La lectura a primera vista de un escritor trotamundos recogiendo historias de la calle y compartiendo heladas con personajezcos salidos de atolladeros inmundos suena atractivo, pero superfluo. Los tiempos de Bolaño en México fueron de eximia lectura, maniática, de cualquier texto que cruzara por sus manos; algo más cercano a Jan Schreller que al pudoroso Remo Morán. La ciencia ficción en la cabeza de Bolaño está por encima de las máquinas del tiempo de H. G. Wells o los robots de Isaac Asimov, la imaginación tiñe el propio ejercicio creativo, corre los límites del rol de escritor; una mímesis casi invisible sobre su propia historia. No es de extrañar que El espíritu de la ciencia ficción no haya sido publicado – más allá de alguna inquietud sobre el relato la calidad del texto es innegable – basta ver los manuscritos y anotaciones (incluídas al final del libro) para entender que ciertos agujeros negros tenían una idea a futuro. Su incompletitud, puede ser a causa de una actividad polifónica del chileno, habituado a escribir varias obras simultaneamente y a volver a cada una de ellas en el tiempo. Lo indudable es que los años en México fueron vitales para acrecentar una voluntad literaria abrumadora, incesante, como si supiera en cada texto que su muerte temprana era inminente.

El espíritu de la ciencia ficción de Roberto Bolaño.

Alfaguara, 2016.

224 página.

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