La llaga permanente del cine de Mel Gibson

Por Nuria Silva

A diez años de Apocalypto, Mel Gibson vuelve a la dirección con Hasta el último hombre. Drama bélico inspirado en el caso real de Desmond Doss, un soldado objetor de conciencia que se negó a portar armas durante la toma del Hacksaw Ridge en la Segunda Guerra Mundial, para enlistarse como enfermero y salvar a otros -estadounidenses y japoneses-, contra toda la lógica militarista institucional. A propósito de Doss y de este estreno, presentamos un breve recorrido por los héroes de Gibson, sus épicas, miedos y contradicciones.

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Un tipo que filma con semejante convicción, con una fe tan extenuante, con tanta brutalidad, como lo hace Mel Gibson, sólo puede estar loco, y no en un sentido gracioso o condescendiente. El debate sobre la locura es harto complejo y amplio ¿Qué la define? ¿Cuánto influye el contexto histórico y cultural? Gibson comparte con sus personajes la creencia pero también la duda, una megalomanía en conflicto con el peso de la culpa, y la búsqueda imperante de un Dios o un padre a través del cual apaciguar tanto ruido. La Pasión (2004) se inicia cuando Jesús (interpretado por Jim Caviezel) entra en crisis consigo mismo en el jardín de Getsemaní, evento que ha generado diversas lecturas y debates. En su libro Jesús de Nazaret (2016, ed. Edhasa), Paul Verhoeven se explaya sobre éste evento desde una perspectiva existencialista, más humana y política que religiosa. El holandés se une a Gibson en algunas cualidades (la obsesión con la figura mesiánica y el exceso de sangre, por ejemplo) pero el escepticismo hace de su cine un ejercicio más liberador y juguetón que el del estadounidense con alma australiana. No sólo porque Gibson sea un fervoroso creyente sino porque, al contrario de Verhoeven, no ha podido (y tal vez no haya querido) correrse nunca de la crisis.

El infierno está arriba porque el infierno está en la cabeza. Arriba del Hacksaw Ridge encuentra Doss (Andrew Garfield) el fuego, la sangre, la muerte; arriba de la cruz Jesús le cuestiona a Dios haberlo abandonado; desde las altas pirámides caen cabezas y cuerpos degollados frente a la mirada aturdida de Jaguar Paw (Rudy Youngblood) en Apocalypto (2006), como así también rueda la cabeza de William Wallace (Mel Gibson) al final de Corazón valiente (1995).

A diez años de Apocalypto, Mel se declara resucitado y vuelve para salvarnos con una gran carga de amor y vísceras. Y de paso a Hollywood -que en la película se encarna en un soldado en plan chongo nudista que a la hora del combate es inútil- industria a la que, en una entrevista a propósito de su último trabajo, el director definió como un riñón que sólo sirve para filtrar películas realizadas en otros países, como la suya, filmada en Australia.

Una de las lápidas del cementerio que visita el padre del protagonista de Hasta el último hombre lleva el apellido Gibson bajo el nombre Thomas, aquél que tuvo que tocar las heridas para creer en la resurrección, aquél al que Jesús recriminó tener que ver para creer; en la fe como en el cine hay que creer para ver. Pero Thomas (Hugo Weaving) es también el nombre del padre de Desmond, o el loco Doss para los vecinos, un sobreviviente de la Primera Guerra Mundial con graves problemas de depresión, violencia y alcoholismo, que accede a la redención ayudando a su hijo a alcanzar su meta y muy a su pesar.

El cine de Gibson es un cine partido, contradictorio, conflictuado en sí mismo, siempre entre la misericordia y la destrucción, entre Cristo y Abadón, entre el amor y el odio. Su carrera como director se funda sobre este principio al adaptar la novela de Isabelle Holland, El hombre sin rostro (1993), una historia que gira en torno a la relación entre Justin McLeod (Mel Gibson), un profesor con la mitad de su cuerpo desfigurado a causa de un accidente automovilístico y recientemente liberado de prisión donde estuvo acusado de abuso de menores, y Chuck Norstadt (Nick Stahl), un chico que, con grandes dificultades, desea ingresar en la academia militar en la que estudió su padre ya ausente. Tan recurrente como esta última figura es su obsesión por desfigurar rostros, recurso de tinte surrealista que insiste en destruir lo aprendido. Inicia su filmografía desfigurando la cara que le dio un lugar de privilegio en el starsystem hollywoodense (además de jugar con la ambiguedad sexual propia de las estrellas), en Apocalypto filma a una pantera comiéndose la cara de un nativo, en Hasta el último hombre Doss se cruza accidentalmente con un soldado que tiene la misma cicatriz que McLeod en la primera, y hasta deformó la cara del Cristo sufriente pero excelso al que estamos acostumbrados, por la verdad de la carne magullada.

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La verdad de Gibson es la imagen. Se dice que su intención inicial con La Pasión era que se proyectara sin subtítulos porque debería entenderse igual. Una de las cuestiones más comentadas sobre la adaptación de El hombre sin rostro fue la omisión de pasajes que en el libro confirman la sospecha que recae sobre McLeod, uno de los cuales resulta ser explícito. Sin embargo, y aunque el propio director asumió haber toma esta decisión para que la película tenga un efecto positivo, al modo de los mejores directores clásicos, Gibson da cuenta del encuentro/relación/enamoramiento entre Justin y Chuck a través de las imágenes. Describo una escena: Chuck se mete en la casa de McLeod cuando éste se encuentra fuera. Recorriéndola, llega hasta el altillo donde encuentra varios cuerpos de maniquíes. Mira a uno en particular, con figura de mujer, y con impulso infantil le toca una teta. Luego, sigue mirando el espacio y afirma: “Porno”. En ese momento llega McLeod. Chuck se esconde para que no lo vea, pero desde el escondite espía al profesor desnudándose. Breves minutos después, cuando McLeod ya se encuentra en el living, Chuck simula recién llegar y comienzan a repasar una lección:

McLeod- El chico tonto cava un hoyo de 1 metro. Si suponemos que lo ha cavado correctamente ¿cuál sería el volumen al llenarlo por la mitad? Bien, si se quiere poner un palo en medio del círculo ¿cómo encontrar el centro?

Pornografía y represión, entonces sublimación y/o desesperación. Y todo pasa por la cabeza: el sueño de Chuck, la crisis de Jesús, las premoniciones de Jaguar Paw, los traumas de Doss. Los de Gibson son héroes defensivos y sumamente vulnerables, no imperialistas. Gibson, antes que el patriotismo o la religión, filma la locura, el desorden, la confusión. Las convicciones de Desmond Doss surgen de experiencias negativas personales antes que de un ánimo estrictamente religioso, experiencias traumáticas que lo dividen. Rechaza su propia violencia accediendo a ser espectador de ella y contrarresta el efecto actuando en sentido contrario. El ladrillo que usa para atacar a su hermano, será el elemento que le permita rescatar a un joven mecánico de morir aplastado por un auto, y el cinto que el padre usa para castigarlos le servirá para realizar un torniquete (también como excusa para levantarse a la enfermera que le gusta, lo que señala una inscripción erótica de la penitencia) y, sin ir más lejos, la negativa a usar armas tiene raíz directa en una situación violenta con aquél.

Pero a esa mezcla de carnalidad y religiosidad, a su cine (y a sus protagonistas) hay que agregarle un fuerte espíritu de competencia, psicológico y deportivo. El primero resulta el peor porque es con ellos mismos, con la grandeza que anhelan y/o a la que se ven forzados a acceder, el segundo es lo que los (y nos) libera de ese infierno mental, pero ambos ineludibles para la construcción épica del héroe. Porque hay un lugar donde llegar, una posta que ganar, algo concreto y material que funciona como vía de escape de todas las abstracciones angustiantes de la mente humana. De hecho, quitando toda lectura trascendental del medio, Hasta el último hombre puede leerse, de principio a fin, como una competencia entre hermanos. De esta misma manera operan las distintas pruebas físicas a las que debe someterse el protagonista de Apocalypto, Corazón valiente tiene algo de hinchadas rivales y Chuck, en El hombre sin rostro, debe poner el cuerpo para aprender geometría, cavando un pozo en los alrededores de la casa de McLeod. Tal vez, el único personaje impedido de acceder a esta forma de liberación sea Jesús, pero que igualmente manifiesta esta esencia en algunos flashbacks previos a su captura.

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Lo que todos estos héroes (y tal vez todos los héroes) comparten es la necesidad de romper los lazos familiares y emocionales que entorpecen la osadía. Chuck ansía abandonar la casa materna y a sus dos medias hermanas para convertirse en soldado, es la muerte de la esposa lo que promueve la hazaña de William Wallace, Jaguar Paw, de manera inconsciente, entrega a su padre, a su esposa y pequeños hijos (uno por nacer), Jesús le entrega un nuevo hijo a María para poder convertirse en el Salvador de toda la humanidad, y Doss hace lo propio con hermano, padre y novia para conseguir su acceso a la Gloria.

Lo que Gibson admira de sus personajes es la capacidad de lidiar o transformar la violencia intrínseca en perdón, en entrega, en compasión, mientras sublima la propia sin tapujos, porque la suya no es una violencia gratuita sino verdadera y espectacular.

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