Leandro Ávalos Blacha: “Me interesa que cada personaje tenga su propia voz, es la mejor manera de contar historias”

Por Marvel Aguilera. Fotos: Nazarena Talice

El autor de la celebrada Berazachussetz y del más reciente Medianeras, publicó Malicia, un novela imbuída en la temporada de revistas que atraviesa el policial, el terror y lo sobrenatural con signos reconocidos del cine italiano de los setenta.

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Foto: Nazarena Talice

Un grito resuena en las calles de una Roma desierta. El rostro de Marc, un pianista inglés que fortuitamente transita el lugar, se comprime al ver cómo, a pocos metros de sí, el cuerpo fustigado de Helga, una vidente que había advertido una extraña presencia horas atrás, es rebanado por un sórdido machetazo que la expulsa ensangrentada sobre un gran ventanal. Con el asesino prófugo y aún siendo testigo involuntario, Marc pasará, inmediatamente, a formar parte de una historia sombría, sin vuelta atrás; empujado desde la mera contingencia por los caprichos del azar. La escena del film Profondo Rosso del italiano Dario Argento exhibe las características primarias del género giallo: la violencia como acto cuasi coreográfico; el elemento sobrenatural flotando alrededor del crimen; el testigo abrupto reconvertido en investigador; la mujer perseguida. En Malicia (Entropía), su útima novela, Leandro Ávalos Blacha hace uso de esas variables para cimentar un texto álgido, intenso e impredecible.

El show debe continuar

Partiendo de una luna de miel anómala y teñida por el juego, Juan Carlos, Perla y Mauricio deberán lidiar con sus celos, egoísmos y enfados en un clima áspero y turbulento a raíz de los extraños crímenes ocurridos alrededor del ambiente teatral que, inevitablemente, se alimentará de ellos no solo como público sino desde el anhelo de una fama brutal e imperante. Aristóteles decía que el azar es impenetrable a la razón humana, producto del mero accidente. Para Ávalos Blacha el acto lúdico se revela sistemático: una receta para entretejer vínculos, tormentos, pasiones y – ¿por qué no? – universos. En Malicia, la temporada teatral de Villa Carlos Paz muta velózmente hacia un hospicio de extrañeza y distorsión, donde el crimen y el espectáculo pasan a ser la amalgama de un retrato desfigurado y borroso de la sociedad. La “Temporada sangrienta” o “La niña que sabía demasiado”, transitan del zócalo noticiario a la marquesina de las revistas, corriendo límites cada vez más invisibles.

En esa fragmentación escritural – ya latente en Berazachussetz – hay un proceder necesario para dar vida a perspectivas que, como en la obra cumbre de la plaza: El Joker, ilustran el rostro detrás del maquillaje, poniendo en duda los indicios que a priori esbozaban resolución. En ese sentido, Perla, con su indiferencia y pasividad a riestras, tendrá la llave para poder reinterpretar y dar sentido al caos que ebulle sobre su cansino andar. Con remedos del realismo delirante de Alberto Laiseca y mucho acervo cinematográfico, Ávalos Blacha construye un texto de permanente suspenso, donde las digresiones son naturales y los fenómenos parte de una realidad en crisis.

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En Berazachussetz había una voz más cercana al punk y a lo bizarro, en cambio de Malicia se desprende una gran parodia del mundo artístico. ¿Notaste esa diferencia al escribirla?

En algunas cuestiones le encuentro a Malicia más similitudes con el libro intermedio entre ambas, Medianera; al menos en lo que respecta al desborde de las historias y los personajes. La diferencia de climas entre las dos novelas tiene que ver con lo que en cada mundo se estaba queriendo contar. Malicia tiene algo más anclado en el urbanismo: un lugar especifico, un espacio; algo más acotado temporalmente y delimitado en base al texto. Si bien en Malicia hay cuestiones relacionadas con la ciencia ficción, en Berazachusetz había un mundo que era pura invención: como el hecho de que la protagonista fuera una zombie. En esta novela hay una mínima contención en ese punto y, por otro lado, también me interesó jugar con otros climas que tuvieran que ver con el cine italiano de los sesenta y setenta, los giallos, que son la mayor influencia que tuvo el texto.

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Foto: Nazarena Talice

La novela empieza con una luna de miel triangular, a modo de ménage-à-trois, entre Mauricio, Perla y Juan Carlos quien, por momentos, parece manipularlos. ¿Qué buscabas mostrar con este vínculo?

Me gustan las historias con el tono de Patricia Highsmith. Esas relaciones que se van generando en sus novelas en torno al personaje de Tom Ripley. Son casi siempre extrañas y perversas, a veces amorosas, pero en donde suele jugarse en ese límite entre amor y odio. Me pareció que aquello tenía que ver con la idiosincracia de un personaje en particular (Juan Carlos), quien tiene esta costumbre un tanto miserable de no gastar plata. Lo del viaje puede ser un poco una excusa para poder mostrar cierta mirada ajena a la historia que se da en el giallo italiano; donde los personas no son del lugar, estan un poco de paso: gente de viaje o en vacaciones; extranjeros que pasan por alli y que desconocen un poco los códigos de cada ciudad.

La figura de Mauricio parecía en un primer momento un personaje central, la llave de todo lo que estaba por venir. Luego queda desdibujada ante la historia de Celina, ¿ese volantazo responde a tu forma de escribir?

La aparición de Celina es un importante giro en el libro. El comienzo de la historia de Mauricio juega con cierta sugerencia de que él podría estar involucrado en los crímenes; tiene ya que ver con algo más clásico del género policial: la idea de mostrar las posibles intenciones de cada uno en haber cometido el delito. Por eso la importancia del personaje. No obstante, la novela nuncá tuvo la intención de quedar anclada en un mero policial, tampoco como una novela de terror clásica; sino que buscó climas de cada género, una mezcla, que fueran avanzando en ese juego de convenciones pero, a su vez, diferenciándose de ellas. Con Celina se tuerce un poco más la atmosfera del relato hacia el terror, especulando con cierta alusión a Poltergeist o a los ritos satanistas, pero nunca de un modo fijo.

Hacés un importante uso de distintas voces en el texto; personajes hablando en primera persona, flashbacks sobre su propia historia e incluso una muerta contando los detalles de su asesinato. ¿Por qué decidiste contar la historia de esta manera?

Eso en Berazachussetz estaba en parte, no desde la primera persona, pero si con historias que avanzaban en fragmentos, cruzándose. Me interesa, en principio, descubrir la voz de cada personaje, que puede ser el mejor modo de contar las historias. En Malicia hay una cuestión muy fuerte sobre cómo tenía que hablar la muerta (Piru Viedma). Observé que el discurso de la vedette se daba de un modo muy dislocado: en su manera de hablar y por ciertos giros utilizados. Además, tomar las voces en primera persona, como en Juan Carlos o en Mauricio, era un modo de dar cuenta de las historias pasadas de ellos; de poder integrar eso sin moverme tanto del centro de la historia del texto, que son esos pocos días de vacaciones. No queria romper con esa unidad temporal.

Decidiste situar la novela en el ambiente de la farándula, especificamente en el teatro de revistas y lo que lo rodea. ¿Puede tener que ver con esta sensación que uno tiene al ver el circuito mediático de no lograr distinguir qué es finalmente real y qué parte del show?

Lo que me atrajo del Villa Carlos Paz en sí fue una cuestión de intensidad. Cuando pasé por última vez, ya hace varios años, todavía no tenía la relevancia de plaza turística que hoy posee. Estaba en ese proceso aún. Pero ya en ese entonces, a diferencia de la magnitud que ofrecía una ciudad como Mar de Plata, me interesó la intensidad con que se daba todo el espectáculo a tan solo unas pocas cuadras. Estaban los teatros, los medios con sus móviles en vivo, los actores que entraban y salían de la obra, cuyas puertas estaban repletas de gente. Era esa inmediatez más propia de las redes sociales; esa misma intensidad. También, tiene que ver con la lógica del espectáculo en si: cualquier persona a la que le sucede una circunstancia llamativa publicamente, está habilitada para ser parte del show. Fue el caso de la oficial de policía aeroportuaria que descubrió las valijas de Antonini Wilson o uno de los tantos que sale de la casa de Gran Hermano y, por el mero hecho de esa experiencia televisiva, se vuelve atractivo para que el público pague una entrada por él. Cuando a tan pocas cuadras se dan todas estas circunstancias, se va un poco todo de las manos. Es como un gran reality permanente en el que todos son actores; desde los más famosos hasta cualquier persona anónima que, de repente, se convierte en la noticia del día.

Tanto en Juan Carlos y su madre, como en las relaciones que se van tejiendo, hay un componente de azar permanente, ¿es una manera de mostrar una historia construída desde lo fortuito?

Tiene que ver mayormente con cómo escribo ya que no suelo trabajar con un sistema fijo. En Medianeras hay relatos independientes pero que se conectan unos con otros. Es una de mis particularidades como también el dejar historias inconclusas o abiertas. En el mismo momento de escribir no avanzo con algo fijo; hay personas y circusntancias que van surgiendo y se tornan interesantes, más aún que el plan previo. Por esa razón, me interesa más seguir esa vía que permanecer anclado con lo pensado en un primer momento. Además, me gusta lo lúdico en las historias. Si uno se encuentra con una idea que lo motiva mas, es interesante poder explorarla, incluso si implica llegar a un lugar que no habias imaginado. Es el azar como sistema o motor en la literatura el que me interesa.

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Foto: Nazarena Talice

¿Es difícil lograr posicionar una historia de estas características en un cánon literario cuya tradición estuvo más asociada a la escritura de tono solemne?

En la actualidad hay mucha apertura a distintos tonos o tipos de escritura. La literatura argentina hoy, en general, es bastante heterogénea, cuenta con distintos autores con sus tonos alejados de esa solemnidad y que apuestan por géneros antes considerados menores para cruzarlos y usarlos de un modo más desprejuiciado. Se trabaja también con influencias existentes previamente pero no tan remarcadas como ahora. Igualmente, sí hay una tradición argentina que se contrapuso a ese canón solemne: Copi, Laiseca, Levrero, Gandolfo; sembraron ese campo para que apareciera esta reivindicación de otros géneros, como por ejemplo la historieta. Hoy mismo hay gente que sigue preguntando si el policial es un género menor pero, más allá de eso, hay una mayor aceptación a obras que en otro momento hubieran sido peor recibidas. Posiblemente tenga que ver con la buena cantidad de editoriales que andan circulando, tanto digitales como en papel, que difunden esta literatura. Actualmente los libros tienen una visibilidad muy distinta: quizás una novela tenga más repercusión por lo que se genera con ella en Twitter que por una reseña en un suplemento cultural. Eso en enriquecedor para que libros que no hubiesen encajado antes, hoy circulen de un modo más natural.

Si bien comentaste que tu novela está influenciada por el cine de Dario Argento, otras reseñas te han asociado al estilo de Quentin Tarantino y Alex De la Iglesia, ¿Te identificas con ese tipo de cine en tu escritura?

Quizás con Tarantino y Alex De la Iglesia esté emparentado en lo relacionado al cruce de historias y el humor que suele aparecer en ellos. Pero no son los directores que tengo presentes al momento de escribir. En Malicia hubo, de un modo más consciente, intención de pensar momentos en la historia y apropiarse de situaciones y personajes de Dario Argento, Lucio Fulci y Mario Bava. Esas peliculas me permitieron idear y estructurar determinados momentos. Hay una cuestión presente que es la típica persecución que sufre la mujer en los films. En la novela eso se identifica con Perla; son mujeres que tienen siempre algún tipo de secreto que puede ser oscuro. Además, el traslado del género a priori policial a una historia relacionada con lo sobrenatural; posibles resoluciones de crímenes que abren una puerta de algo fantástico. También hay ciertas zonas del relato en Malicia que tienen que ver, por un lado, con determinados films de terror como la saga de Poltergeist (en el caso de Celina); y por otro lado, el libro juega con la posible idea del surgimiento de un anticristo, un tema latente en películas actuales como La Profecia.

Construís grandes escenarios – casi universos – para escribir un texto, ¿cómo lográs salir de ese lugar y no pensar, quizás, en continuar la línea en otros libros?

En el caso de Berazachussetz nunca lo senti de esa manera. Con Malicia en particular sí, pero no sería continuar fielmente con todos los personajes sino retomar historias que pudieron haber quedado inconclusas. Quizás eso pase. Yendo al caso de Dario Argento está la llamada “Trilogía de las madres”, que tiene un hilo conductor en cada uno de los tres casos. A partir de eso, la idea de esta “profecía” es algo que me interesa continuar o que bien podría ser algo pendiente. No busco cerrar todos los interrogantes de esta historia, creo que siempre tiene que haber otra motivación; encontrar el espacio puntual como fue en Malicia el del teatro de revistas. Lo que me sirvió para cambiar de tono en Berazachussetz fue escribir una novela breve, Fantasmas, que seguro saldrá publicada este año: son historias del estilo de Medianera, con un ritmo muy diferente. La idea es cambiar el tono de la escritura para así poder salir del texto en que venías trabajando.

Partió Alberto Laiseca con quien aprendiste en sus talleres literarios. ¿Que crees que dejó en tu literatura que notás más latente?

Hay algo muy fuerte en Lai que encuentro presente en lo que hago, tiene que ver con este cruce de climas, como puede ser el terror o el cine, pero para hacer algo que no pertenerce al género en sí mismo. Es decir, si alguien busca una novela de terror, Malicia no lo es estrictamente; tampoco Berazachussetz es una historia de zombies. No hay un ancla en un género. Por otro lado, quizas también me emparentan ciertas cuestiones relacionadas al humor, algo fundamental en él. Lo que en su momento más me atrajo de Laiseca fue ese juego que hacía con la tradición, como al deformar el fantásma de la opera. Ese ir en contra de la solemnidad era algo muy fuerte en su obra; con eso que “debería ser la literatura”. Está en Lai, en Copi, también en Aira; fue una de las enseñanzas mas fuertes de Laiseca. Lo veo también en otros autores, como en Sebastián Pandolfelli. Con él escrbimos en paralelo: yo Berazachussetz y él Choripán Social. Las terminamos casi juntos. También pienso en José María Marcos, que en su obra de terror tiene guiños a Laiseca; o en Fernando Figueras es otro que trabaja en esa zona. Ese proceder fue lo que más me quedó de su enseñaza y es algo que ya sale naturalmente, que no me propongo: cada obra que empiezo y aparenta seriedad termina desembocando en eso.

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