La vegetariana: manzanas podridas en Seúl

Por María Singla

 

El segundo libro de Han Kang ganó el año pasado el Man Booker International Prize por su traducción al inglés. En 2013 la editorial Bajo la Luna trajo la versión en castellano a cargo de Sun-Me Yoon,  en la que se debieron sortear las dificultades que implica representar una cultura diferente, en este caso la surcoreana.

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La misión de La Vegetariana parece ser visibilizar: hacer notable cada micro momento en el que el entorno de los humanos oprime. La acumulación de angustia se hace maciza dentro del tórax y lo contundente es un arma, pesada para quien la porta, letal para quien la sufre.

El libro está compuesto en tres partes, puntos diferentes de un mismo conflicto. La protagonista, Yeonghye, es un ama de casa que vive en Seúl. Tras un sueño traumático, que se repite en cada momento de descanso, la joven decide dejar de comer carne abruptamente.

El primero de los relatos está narrado por el esposo de Yeonghye y permite vislumbrar un sesgo de su vida anterior al cambio radical en su dieta. Ya desde el discurso, la opresión constante en la que vive la protagonista es evidente. La mujer es definida a través de las vivencias y las experiencias de su marido y la tradición machista en la que se ve inmerso. Cinco años de un matrimonio mediocre y aplastante son interrumpidos por la demostración de individualidad de Yeonghye, la primera de su vida. Cuando se convierte al vegetarianismo, ni su marido ni su familia lo aceptan, no conciben que la joven pueda tomar decisiones por sí misma sobre algo que no le atañe a ninguno de ellos: su cuerpo. En este punto, la violencia deja cualquier rastro de sutileza detrás. He comido demasiada carne. Todas esas vidas se han atorado en ese lugar. Las vidas se obstinan en obstruirme el plexo solar, cuenta la protagonista sobre sus sueños. En uno de los breves extractos en los que se le da voz, Yeonghye decide hablar sobre su angustia.

En el segundo capítulo, Han Kang decide despegar la historia del episodio que desbarató la vida de la protagonista y cuenta, a través de su cuñado, qué sucedió después, cuando los lazos de Yeonghye con su marido y sus padres han sido rotos. Luego de dos años, la joven vive sola en una habitación alquilada, con una tranquilidad desconcertante para todos los que la rodean. El marido de su hermana, un artista audiovisual que perdió la creatividad, se obsesiona con su cuñada y con una mancha de nacimiento que tiene desde pequeña. Su aparente falta de deseo, su voluntad amainada, es lo que lo atrae; la idea de un espacio vacío en donde volcar su arte, al que pone en un lugar preponderante, dejando de lado a su mujer y a su hijo de manera egoísta e irresponsable.

Solo el punto de vista de su hermana devela un intento de comprender a la vegetariana. Cuando la situación de Yeonghye excede todos los límites de lo soportable, Inhye comienza a enfrentarse a sus propias reflexiones. Dentro suyo se contraponen constantemente la culpa por haber dejado que su hermana menor se vuelva loca y la ira que dirige hacia todos; hacia Yeonghye por la pesada carga que representaba y hacia su familia, por arrimarlas a las dos al borde de la cornisa. Inhye se odia a sí misma por tomar las decisiones que todos habían esperado de ella; sus padres, su marido y las tradiciones y carga con el remordimiento de no haber podido proteger a su hermana de la presión de las mandíbulas de la fiera.

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