Plotkin y su desoladora visión del futuro

Por Marvel Aguilera

 

Tras sus primeros acercamientos a la ficción en los cuentos La mañana del robot, Chispas y Mamá Rosa, el periodista – actualmente en La Nación y Rolling Stone – presentó su novela Un futuro radiante, en la que dos hermanos  deberán sobrevivir, en una ciudad devastada, al miedo del no futuro  y a sus propios secretos.

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En 1605, el obispo Joseph Hall dio a conocer su Mundus Alterar et idem, una obra futurista cuya critica hacía eco en la cultura londinense y en la Iglesia Católica. Su perspectiva sobre aquella sociedad exacerbada de normas y tradicionalismo, de límites absurdos, llevó a que los intelectuales de aquella época la ubicaran en la vereda de enfrente de la emblemática Utopía de Tomas Moro. En un siglo XX convulsionado por ideologías extremas, la literatura distópica fue ganando terreno dentro del mundo de las letras, transformándose en una herramienta clave para visibilizar y advertir los peligros que aquejan al mundo. Buenos Aires no podía escapar de aquella lógica imaginaria. En su primera novela, Un futuro radiante, Pablo Plotkin dibuja una ciudad avasallada, un campo de supervivencia para los buitres y aquellos  intrépidos capaces de mimetizarse con su toxicidad.

De una Villa Crespo que emana aún imágenes familiares: el olor a pireshkes salidos del horno, los recuerdos de los años de gloria artística de la abuela Bobe; a una Avenida Corrientes desértica, tarkovskiana, que resiste sobre la bruma que dejó una sociedad acelerada e insensible consigo misma. Un futuro radiante deconstruye el presente para desnudar los terrores, los anhelos y las necesidades de una civilización cuya visión del mañana se quiebra en un tiempo perpetuo y oprimido.

De la noche a la mañana, las convenciones sociales son puestas en duda a partir del colapso químico y el posterior éxodo humano. En un paisaje donde las fronteras se ensanchan, las calles porteñas impregnadas de ácido se aglutinan en un valle western plagado de “pistoleros”, marginados y oportunistas – como Panzer – dispuestos a cortar el hilo del pasado para imponer un nuevo orden social, donde las ruinas serán el nuevo reino imperante. “¿Quién te dijo que no hay futuro?”, lanza el desafiante slogan de Fizz – otro de los tantos guiños a los años noventa – una droga sintética con efectos cuasi mutantes que ocupa un lugar de Santo Grial: un elevador químico de almas pestilentes.

Narrada como larga crónica de un apocalipsis interpelador, la historia cruza la inevitable relación entre dos hermanos dispares: la tensión constante entre la corrección y la transgresión, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre la proyección y lo vivido. En una atmósfera desesperada, donde la incertidumbre es parte del aire que se respira, Dubi y su hermano deben recorrer el camino hacia la adultez puliendo a cada paso sus demonios personales que los aferran, como imanes, a sus tormentos juveniles.

“¿Qué hacías antes de todo este derrape?”, es el interrogante que atraviesa a cada uno de los personajes.  Los hermanos deben transitar, en su desesperación, entre rastros de viejos símbolos, útiles conectores emotivos entre una realidad arrasada y un salvataje casi suprarrealista. El autoboicot de Dubi, el hermano líder y orgulloso, ejerce como espejo de una Buenos Aires condenada a los tropiezos; arrastrada, como Sísifo, a sus propias idealizaciones por un ímpetu hormonal, adolescente.

Un futuro radiante también es una reflexión sobre la familia, donde Plotkin encuentra vínculos donde yacen fracturas, se generan vacíos y construyen identidades en suspenso, cargadas de condicionamientos y prejuicios culturales. Por otro lado, los límites de la confianza se estrechan cuando el amor aparece, disputado y poniendo en jaque las efímeras experiencias de calidez que ofrecen aún las calles. Regada de imágenes reconocibles al inconsciente y con una pluma puntillosa pero descontracturada, el autor construye un universo que se ramifica a lo largo de las trescientas paginas hasta adquirir un cariz propio, donde lo posible del tiempo se pone en juego una y otra vez.

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En el relato hay una alusión constante a problemáticas que hoy se encuentran en estado crítico como el medioambiente, la marginalidad, la alimentación y el narcotráfico.  ¿De qué análisis partiste para construir el contexto de Un futuro radiante?

Nunca la pensé como una novela futurista (más allá de la palabra futuro en el título), sino como una novela del presente. No partí de ningún análisis, sino de escenas, personajes y paisajes. El sentido lo fui encontrando después, sin proponérmelo, y una vez que lo vi, de alguna manera, empecé a reorganizar la historia, pero ya estaba casi todo definido a esa altura.

La relación entre Dubi y su hermano ocupa un lugar preponderante para poder entender el presente apocalíptico del relato. ¿Por qué elegiste el vínculo entre dos hermanos para contar tu historia? 

Es cierto. La relación entre dos hermanos me permitía contar ese mundo masculino, por momentos conflictivo que cruza la historia. Cada uno de ellos tiene rasgos con los que casi cualquier hombre de esta ciudad se podría identificar, al menos indirectamente.

Es verdad que ya habías incursionado en la ficción a través del cuento pero, ¿qué te permitió la novela plasmar por fuera de la lógica periodística y qué conservaste?

La novela te permite una libertad que el periodismo no. Básicamente es la posibilidad de inventar. A la vez, escribir periodismo y ficción tiene para mí muchos puntos en común, en cuanto a la búsqueda de información, la organización de los elementos narrativos y las voces de los personajes.

¿Reflotarías en el futuro a los hermanos o evitás ese tipo de literatura secuencial?

No creo. No era la intención de la novela y dudo que me vaya a dar ganas de escribir una secuela, pero tampoco diría “jamás”.

Un futuro radiante, Pablo Plotkin.

Literatura Random House, 2016.

320 páginas.

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