Historias de trajes: reflexiones sobre moda sartorial para un vestir sin género

Por Émilie Mantaray

La emancipación femenina se expresa en los elementos que acompañan en lo cotidiano. El avance de la mujer sobre el mundo laboral y las nuevas necesidades dispuestas por una modernidad hiperdinámica se evidencian en la expropiación de elementos de la sastrería típicamente masculina, que invaden los guardarropas femeninos.

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Foto: Émilie Mantaray

No es casual que los trajes cubran las necesidades de las mujeres, es una resignificación de esta época. La moda se comporta como una búsqueda de identidad que no responde al género sino, más bien, a  las ganas de expresarse. Es un anclaje a lo cotidiano. Ya lo dijo Coco Chanel: “La moda no existe sólo en el vestir. La moda está en el cielo, en la calle, la moda tiene que ver con las ideas, la forma en que vivimos, lo que está sucediendo”. Y así es. Lo que sucede es el intercambio de roles y la apertura cultural; mujeres que toman ítems tradicionalmente masculinos y los revalorizan en un agender.

Hay una ferviente impronta de la sastrería que se cuela en las elecciones femeninas. Es que ya, el vestir, nada tiene que ver con el género sino con una identificación de lo cotidiano: piezas minimalistas y sobrias en el andar urbano. Una reminiscencia fue el diseñador Yves Saint Laurent, quien se ocupó en convertir prendas masculinas en íconos femeninos desde una visión sastrera. La practicidad fue puesta en foco y es lo que hoy sobresale.

Conforme a lo hallado en las grandes pasarelas, ejemplos como las casas Prada, Chanel, Dior y Gucci, entre otras, dieron cuenta de la mixtura femenino-masculino en piezas sastreras. Las figuras andróginas están presentes por el carácter masculino del vestir, en donde ese representante femenino es quien sale a trabajar y decide estar elegante y formal.

En la elección cromática, las colecciones clave se caracterizan por utilizar una paleta limpia que recorre los grises, tonos neutros y azules y los clásicos blanco y negro. Un trazo delicado en la composición de piezas puras formula una arquitectura del vestir. Los elementos característicos que dan el presente son los componentes del traje, pantalones cigarrette y los cortes rectos que llegan por encima de los tobillos y se vuelcan en tiros altos; el clásico chaleco se revaloriza en tipologías más largas, a la altura de las caderas o rodillas en su versión sartorial. La chaqueta en tweed es un clásico que permanece en el tiempo, los blazers en conjunto con su pantalón presumen en destacar los puntos fuertes como era el traje hecho a medida.

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Foto: Émilie Mantaray

El vestir tiene que ser acorde a las circunstancias de una época; de ello trata la moda que perdura y la moda que se esfuma. En la elección de prendas cotidianas se intenta buscar ítems que resuelvan el binomio comodidad-elegancia. De allí se escogerá la versatilidad de piezas que se manifiesta como un patrón. Y esto describe a esa mujer, quien aún selecciona lo que le brinda mayor seguridad: colores racionales, prendas atemporales, texturas que unifiquen y, el broche de oro, el ojo puesto en el detalle.

Entonces el traje funciona como un enlace al espíritu europeo en donde se acentúan la sobriedad y sensualidad. Conviven  para destacar figuras, no sumar volumen y otorgar una actitud libre. Mujeres que toman las riendas lo traducen en el uso diario de sus prendas. Ellas saben cómo vestirse, cómo salir a la calle, cómo mostrarse seguras y firmes, cómo ser mujeres en el mundo de hoy.

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