Ricardo Piglia: el escritor privado por excelencia

Por Marvel Aguilera

Estudioso de las formas, voraz lector, narrador incansable, Ricardo Piglia dejó una obra excelsa que trazó un contrapunto inigualable entre el pasado y el presente de la literatura, y será el faro mayúsculo de las generaciones venideras.

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“En 1957 me puse a escribir un diario, que todavía sigo escribiendo y que ha crecido de un modo un poco monstruoso”, dijo Ricardo Piglia, o Emilio Renzi, sobre el primero de los 327 cuadernos que lo acompañaron, infatigablemente, a lo largo de su vida.

La Revolución Libertadora había causado escozor en el seno familiar: un padre médico y peronista de ley, detenido por participar en las manifestaciones a favor del General, fue el disparador de la ida del barrio de Adrogué a fines de los cincuenta. Ya en Mar del Plata aparecieron los primeros esbozos de escritura, un accionar que lo haría reflexionar. “¿Cómo se convierte alguien en escritor o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir”, diría en sus diarios, muchos años después.

Hijo y nieto de italianos, en Piglia anidaba ya desde joven la percepción de la realidad como una continuidad, reciproca y metafísica, del universo ficcional: El recuerdo de su abuelo meciéndose en su silla, abstraído, enumerando a los oficiales de su pelotón durante la Primera Guerra Mundial; el formato de diario como conversión en lector, al recibir el Cuore de Edmundo de Amicis en manos de una visitante piamontés siendo apenas un infante.

En La Plata se sumergió en el clima universitario con decisión. Convencido por la historia pero afin a la filosofía, se autodefinió anarquista aunque, paulatinamente, reviró sus ideas hacia las proclamas de El Capital desde la voz del español Claudio Sánchez Albornóz. No obstante, por elección, fue gramsciano. Lector ávido, insaciable; viajante maquinal del recorrido entre La Plata y Buenos Aires, archivó la correspondencia militar que su abuelo había conseguido de la Gran Guerra. Allí germinaron sus primeros textos. Ficción y realidad parecía una puja que, lejos de desdoblarlo, lo empujaba a lograr una superación. Su desarrollo literario proclamó su nombre, como promesa, entre los pasillos universitarios. Pronto estaría en Liberación, compartiendo hojas con el heideggeriano Carlos Astrada y luego en Literatura y Sociedad, mientras paralelamente compartía tardes de café con Miguel Briante y Jorge “Dipi” Dipaola. También comenzó a colaborar en la editorial Tiempo Contemporáneo, junto a Jorge Álvarez, en otro de sus placeres, el policial o como él decía: “la gran forma ficcional de la crítica”. En esa Serie Negra difundieron autores de la talla de Raymond Chandler y Dashiell Hammett.

Quebrando la opacidad de las huellas

Si bien Jaulario – luego incluído en La invasión – tuvo grata aceptación (Mención Premio Casa de las Américas), fue con su primer novela Respiración Artificial (1980) que logró hacerse de un lugar privilegiado en las letras iberoamericanas. “Ya no hay experiencias, solo ilusiones”, afirmaba Renzi en una de las tantas epístolas, intercambiadas con Marcelo Maggi, que conforman la primera parte de la obra. Un texto experimental, híbrido; una suma de cartas, papeles, libros, que van reconstruyendo no solo la historia detrás de los personajes sino de la identidad nacional. Allí aparece otra vez la mirada sobre el exilio, tanto en Ossorio como en Tardewski (guiño a Witold Gombrowicz); el ver desde afuera.

La ruptura en Piglia es reconstrucción, en donde el lector, guiado por un no-esquema que hace recordar a Manuel Puig y James Joyce, debe encontrar su protagonismo. En La Ciudad Ausente (1992) vuelve a ponerse en jaque la disyuntiva realidad – ficción (también las secuencias), en un texto de ribetes policíacos que hace teoría de sí misma alrededor de una extraña máquina constructora de relatos; una narración de coyuntura histórica sobre los tiempos de dictadura y sobre el alcance de la tecnología. “Lo posible es lo que tiende a la existencia. Lo que se puede imaginar sucede y pasa a formar parte de la realidad”. La réplica o copia de representaciones – donde juega fuerte la admiración de Piglia sobre los diálogos platónicos –  está siempre detrás de una historia que puede leerse como un interrogante sobre los límites del lenguaje. Por otro lado, el concepto de novela eterna y su “efecto mariposa” es, sin duda, otro de los tantas referencias a Macedonio Fernandez.

Con Plata Quemada (Premio Planeta 1997) llegó la masividad. Una novela en formato de crónica sobre los sucesos que rodearon el robo a un banco de San Fernando en 1965. Con un gran trabajo de archivo, Piglia tomó lo mejor de Hammett para recrear, desde los personajes, un microclima del hampa descarnado, desnudo, que evidenciaba una falta de representatividad moral desde los estamentos sociales. “Supe siempre que la conclusión tenía que ser la quema de los quinientos mil dólares por parte de los ‘malandras’ acorralados por la policía, y el asunto era: bien, ¿de qué hablan? ¿qué dicen? Tuve que escribir toda la novela para enterarme”, dijo en 2013 para Letras Libres. Instalado en Princeton, Nueva Jersey, ejerció infatigablemente la docencia en sus clases de Literatura Hispanoamericana en la Universidad del Estado; de esa duradera experiencia (15 años) tuvo lugar Conversaciones en Princeton (2015). “No tenía ninguna nostalgia de Buenos Aires en el sentido clásico argentino, porque iba y venía. No tenía la sensación que, a veces, tiene alguna gente que empieza a cultivar el tango, cosa que acá no hacía. Ni siquiera me veía mucho con argentinos, más bien mis amigos eran locales. Traté de hacer la vida como si fuera de ahí. Pero eso no impedía que tuviera una visión: como si todo estuviera demasiado subrayado”, dijo para El País a instancias de su retorno.

En uno de sus últimos textos, Blanco Nocturno (Premio Rómulo Gallegos 2010), Piglia edificó una novela con vida propia, un crimen misterioso en un pequeño pueblo durante los años setenta. Los hilos de la tramavan tejiéndose por encima de la propia narración mediante el aporte de comentarios, notas al pie de página e historias paralelas que derivan de una estructura de relato policial a un pandemonium literario. En ella se da lo que Piglia sostiene en sus charlas y entrevistas repetidamente: “La ficción no es verdad ni mentira”; está sujeta a la mirada de un otro que la ve desde afuera del propio mundo literario.

“Me interesa trabajar en esa zona indeterminada donde se cruzan la ficción y la verdad”, dijo en Crítica y Ficción, uno de los tantos ensayos que, junto a Formas Breves, barajan interrogantes sobre el carácter representativo de la literatura y la responsabilidad del lector como tal; una de las manías de Piglia alrededor de toda su obra. Faulkeriano desde las visceras, veía en la ficción la posibilidad de construir un público literario; un axioma personal elaborado a partir de la visión de los grandes escritores outsiders, en particular del mítico Macedonio Fernandez. Piglia fue, ante todo, un docente que enseñó a leer; un vanguardista que mostró los piolines de la ficción para desde allí interpretar la realidad.

Boedo y Florida

Es imposible no remarcar su concienzudo estudio sobre la obra de Jorge Luis Borges y Roberto Arlt, dos escritores que la historia ha querido marcar como antagónicos. En Borges vio la figura del creador de un procedimiento literario (como Macedonio); de una metodología a la manera de Marcel Duchamp; alguien capaz de cruzar la barrera de la pura ficción para intervenir en el propio texto: un hábito que Piglia, o Renzi, utilizó a lo largo de toda su obra. En Arlt, reafirmó su trascendencia por fuera de los cánones literarios: profético, exótico, pero profundamente argentino. Para Piglia, Arlt fue un escritor de “extrañas utopías”, cuyo lunfardo guarda “una relación de distancia y extrañeza con la lengua materna”. En esa bifurcación, supo ver en el puente del conocimiento enciclopédico una línea que atraviesa tanto a Borges en el saber erudito como a Arlt en el popular.

La última página de sus cuadernos

Se fue a los 75 años, aquejado, pero luchando, con una Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) que lo tuvo a maltraer en el último tiempo. En un trabajo a contrarreloj, los Diarios de Emilio Renzi, una obra maratónica que marcó el principio y el final, el presente y el pasado de su universo, tendrán su tercera parte – Un día en la vida – que verá la luz a mediados de este año. Se fue Ricardo, o Emilio, el escritor que rompió la pared ficcional; que supo usar los silencios de lo que él llamaba la “literatura de lo no-dicho”. Marchó, tal vez, el último gran lector (“escribir, cambia el modo de leer”, decía); el escritor privado que jugaba con la voz del público para completar sus relatos, ahí, entre “la frontera de la luz y la penumbra”.

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