Dos estaciones sobre John Berger

Por María Malusardi

El 2 de enero murió John Berger a los 90 años. Poeta, periodista, fotógrafo, artista y humano ante todo, dejó una obra única y un pedido por recuperar la humanidad en un mundo brutalmente industrializado

 

“Aquí, de todas formas, debo observar que entiendo que la muerte del cuerpo sobreviene cuando sus partes quedan dispuestas de tal manera que alteran la relación de reposo y movimiento que hay entre ellas.”

Baruch Spinoza

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Estación uno

“Habiendo vivido, los muertos nunca pueden ser inertes”. Y no. Sobre todo él, John Berger, quien sostuvo una posición política urticante en relación a la muerte. En Doce tesis sobre la economía de los muertos sostiene: “Hasta antes de que la sociedad fuera deshumanizada por el capitalismo, todos los vivos esperaban alcanzar la experiencia de los muertos. Por sí mismos, los vivos estaban incompletos. Los vivos y los muertos eran interdependientes. Siempre. Sólo esa forma moderna tan particular del egoísmo rompió tal interdependencia. Y los resultados son desastrosos para los vivos, que ahora piensan en los muertos como los eliminados.”

Los eliminados. También son aquellos exiliados en el borde del planeta y que incesantemente resbalan y caen. Los que habitan la muerte mientras respiran. Los fugados por el sistema. Los que ya no gimen porque ni el desamparo los anida. Los que sobran, dice Berger parafraseando al subcomandante Marcos.

No se trata de una idea pueril que, incluso, enternecería: Berger contempla la humanidad desde una estrella e ilumina. No. Se trata de rescatar lo mítico para regresar a la esencia y resurgir de la esclavitud burguesa enclavada en el consumo y la repetición de cada uno de los síntomas que incentiva, con vehemencia, el cáncer de la época. Ni la muerte se ha salvado de las ferocidades del capitalismo, señala, de alguna manera, John Berger en su obra entera.

Por eso, precisamente, su muerte no es una más. La muerte de Berger obliga no a llorar la desaparición de su cuerpo sino, por el contrario, a festejar lo que deja. La muerte de Berger resignifica la obra, incita a revisitar sus textos y a resucitar ideas urgentes, que no son suyas sino de todos. Tan claramente ha insistido y raspado sobre la misma cuerda, ese diapasón que afinaría al mundo si se pudiera con el óxido de sus obstinadas clavijas. Porque Berger ha zanjado en lo importante y lo importante es lo necesario. Pero lo necesario no es lo fácil. Lo necesario es tan complejo como la escritura de su querido Baruch Spinoza, a quien le dedica un libro, El cuaderno de Bento, ilustrado con sus propios dibujos. Se trata, como en la obra de Spinoza, de descubrir lo sencillo de la vida en lo complejo de los sistemas (el cuerpo, el planeta, Dios, el universo, todo es complejo e inexplicable hasta que llega la ciencia y nunca alcanza). Por eso Berger vivía en un pequeño pueblo entre campesinos y cabras y por eso escribió Fotocopias. En este libro de postales humanas, retrata personajes tan reales como mágicos. La magia, precisamente, se da en la compleja dimensión de lo real, la marca de lo auténtico: la comezón de la vida está en la lucha cotidiana, en la mirada que trasciende cuando intenta acercarse a lo incomprensible, en la mano que acaricia un animal y, como dimensiona Fernando Pessoa, corrobora la potencia de los sentidos; la comezón de la vida está cuando se convida un vaso de leche, se amasa la tierra, se barre el patio de hojas secas y se escribe una carta de puño y letra. Siempre habrá pérdidas y ganancias. Siempre estarán el vacío y la desesperación. Siempre asustará lo inabordable de estar aquí. Siempre circundarán el amor y el odio. Sin embargo, si se regresa al alba de la humanidad –como intenta mostrar Werner Herzog en sus películas-, podría el hombre acicalarse con el polvo de su origen –de sus propios huesos- y recuperar así algo de su condición extraviada.

Duele, a veces, leerlo.

Estación dos

John Berger, cuando escribe, “abre madrigueras en las tierras del habla”. Como un topo, escarba y denuncia ese tránsito que va de la belleza a los escombros del mundo y viceversa. Este escritor, nacido en Londres en 1926, murió recién, apenas comenzado el 2017. Tenía 90 años y vivía en los Alpes franceses, sobrio escenario de su exquisita trilogía De sus fatigas: Lila y Flag, Una vez en Europa y Puerca tierra. Berger compone historias intimistas en las que desmenuza y hace estallar la más velada tragedia humana contemporánea: la lenta degradación que ha causado, y causa de manera flagrante, el progreso.

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Ha sido su tema y su denuncia. Toda su poética está eclipsada por el ruido y la furia de este mundo en llamas, de esta humanidad a la que intenta

rescatar a través de sus personajes humildes y flagelados. Sin embargo, la luz de su obra cae sobre ese ruido que nadie escucha: todos gritan pero aún nadie parece escuchar a nadie. Entonces, la obra de Berger descama y molesta.

Además de su narrativa de ficción (que incluye G., Hacia la boda, El pie de Clive), es autor de poemas y de varios volúmenes de ensayos, casi todos compuestos por artículos breves que se sitúan entre la tesis de rigor y el aguafuerte. Una estética personalísima y vital en la que combina el arte y la coyuntura política. Berger ofrece herramientas para construir una mirada alternativa y un sentir arriesgado. En sus artículos no trata de aislar el arte hasta ahogarlo en su propia maravilla, sino de vincularlo y hacerlo estallar contra la historia, la política, la naturaleza y el hombre mismo. Cada vez que decimos adiós, Mirar, El tamaño de una bolsa y Con la esperanza entre los dientes. Cada uno a su manera, se inscribe en esta región periférica de la escritura y, como una piñata en plena explosión, desparrama alucinantes miniaturas sobre las páginas. Estas extrañas mutaciones de su campo reflexivo-creativo le conceden a Berger un sitio atípico. Leerlo produce tanto éxtasis como extrañamiento.

Su erudición es asombrosa pero son sus ojos y su pluma los que agitan y convencen. Lejos de detenerse en caprichos enciclopedistas y enumeraciones periodísticas, Berger se atreve con asociaciones ilícitas, cuando lanza paralelismos extravagantes como, por ejemplo, entre los dibujos animados de Walt Disney y las obras del pintor británico Francis Bacon. También se vale de El jardín de las delicias de El Bosco para detallar el proceso más cruel del liberalismo de los noventa; de un médico rural, para trazar el camino del héroe contemporáneo; de la relación histórica del hombre con los animales, para profundizar en el lenguaje, la mirada y el tiempo. Aparecen, además, la fotografía, el cine y enormes pintores como Millet, Turner y Giacometti. Y valdría destacar su Vincent: “Tal vez sus dibujos tienen algo de escritura, y a menudo dibujaba en las cartas. El proyecto ideal habría sido dibujar el proceso que llevaba a sus dibujos, tomar prestada su mano de dibujante. Sin embargo, lo intentaré con palabras”. Su retrato sobre Van Gogh carece de lugares comunes. Berger, en cada uno de sus textos, supo encontrar un surco más para una vuelta nueva. Sabe que puede seguir. Porque nunca nada se ajusta hasta el fondo. Hay que ejercitar, con tenacidad y arrojo, el pensamiento, parece decir. “El talento no implica necesariamente facilidad. Es una especie de actividad motriz del temperamento, una forma de la energía”, escribió refiriéndose a Jackson Pollock. Y aquí, también, se dice a sí mismo e interpela.

Dan ganas de seguir, pero habrá que dejar. Hay que soltar para dar paso al encuentro con su obra. “Aquí nos vemos”, dice Berger. Aquí serán, y estarán, por siempre, sus páginas de la herida. Por qué no ir hacia ellas.

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