David Bowie, a un año y hacia el infinito

Por Esteban Galarza

A un año de su muerte física, su mito se muestra a todo el mundo como la piedra basal y el eslabón último para entender la compleja cultura occidental de las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI.

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Hace un año el mundo amanecía con la muerte de David Bowie. Un efecto en cadena inusitado se produjo desde entonces: su figura, muchas veces encasillada en un rostro andrógino atravesado por un rayo rojo y azul, inasible muchas veces, se ubicó en el lugar central que durante su vida el mainstream le negó y sus fans siempre reclamaron.

¿Quién fue David Bowie? Las biografías se multiplican indefinidamente en estanterías y sitios web y los datos, escasamente contradictorios entre sí, dan cuenta de que David Jones nació en una casa del barrio obrero londinense de Brixton en 1947. Su fisonomía y su carácter se forjarían en oscuros episodios en éstos primeros años previos a 1967, cuando publicó su primer disco. Se sabe que su padre, un obrero con dedicación a su familia, le regaló un saxo a los 8 años y que estudió algunos años para ser clown. No tenía una buena relación con su madre, al punto que en los 90 paró, en un gesto de descortesía inédito, una entrevista que le estaban haciendo. Además, la sombra de su  hermano esquizofrénico poblaría algunos de los temas de sus primeros discos. Un golpe fuerte en la cabeza le dilató por siempre una pupila y tambien sabemos que tuvo una novia, Hermione Farthingale, que propició, tras la ruptura, el inicio del largo camino del paso de David Jones a David Bowie.

Lo que ocurrió en cambio tras la edición de Space Oddity en 1969 no puede estancarse en lo anecdótico de la tristeza de Jones tras su ruptura con Hermione y el haber visto la película homónima de Stanley Kubrick. La canción trasciende al hombre e instaura todos los elementos necesarios para el origen de uno de los mitos más importantes de la cultura pop: el hombre astronauta que se vuelve uno con el cosmos, que gira en órbita, que regresa en forma de ondas radiales, en formato de canciones.

El hombre del espacio, o el alienígena, rondó toda su carrera hasta el final, pero los caminos que abordó Bowie a partir de entonces no siempre se quedaron en lo cósmico. Sus años de clown más su fascinación por el cine, la literatura y las artes plásticas lo llevaron a construir y derribar alter egos, cada uno con sus propias inquietudes, fascinaciones y tragedias: Ziggy Stardust, The Thin White Duke, Jareth the Goblin King, The Voyager of Utter Destruction, The Earthling, Lazarus. Erróneamente y debido a las múltiples facetas de un solo hombre se lo apodó con el epíteto de camaleónico. Nada más alejado, ya que tal como recogió Nicholas Pegg en la introducción de su libro sobre Bowie, él todo el tiempo estaba queriendo huir del medio, no adaptarse como sí hace un camaleón.

Mucho se acusó a Bowie de copiar estilos en vez de crear propios, pero ahí radica todo su poder: “Soy un coleccionista de ideas de otros”, afirmó en 1972.  El Artista fue capaz de reunir a fans tanto de Frank Zappa como de ABBA, de Led Zeppelin tanto como de The Human League, incluso en épocas anteriores al desdibujamiento de los límites de  género que trajo internet.

Los detractores suelen mencionar bandas extrañas como precursoras cada vez que quieren desacreditar su música, pero vale recordar que muchas de esas bandas fueron visibles gracias a Bowie, que incluso convirtió géneros amorfos en elementos más accesibles. Es mucho más digerible The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars que Electric Warrior de T-Rex; es un encanto su Plastic Soul de Young Americans si uno quiere acceder a Funkadelic o a Sly and The Family Stone; o incluso Low y Heroes permiten un reposo en el oyente, cosa que muchas veces el krautrock niega. Su amor por la pista de baile masiva en los 80′, el rock industrial de los 90′ y su giro al jazz en los 2000 fueron igualmente cuestionados por la crítica.david_bowie_1974

Bowie hizo de su cuerpo un acontecimiento artístico permanente. Lo sometió a maquillajes exagerados, a dietas y cócteles de drogas que lo volvieron peligrosamente anguloso; tiñó sus cabellos de rojo, platinado, negro, anaranjado, con extensiones o completamente rasurado. Cada cambio de look no era caprichoso sino que obedecía al espíritu de los días y a lo que él quería mostrar al mundo. Nunca ninguno de esos personajes fue auténticamente él y paradójicamente eso es lo que lo hizo más auténtico, porque el arte se trata de un enorme acontecimiento donde el espíritu que reside en la obra es capaz de conmover, de generar empatía. Pero esa empatía se da con la obra o lo que el espectador contempla de ella, no siempre se da con su creador. Y en el caso de Bowie es un creador que todo el tiempo escondió su verdadero rostro.

Pasó 10 años escondido en Nueva York tras su ataque al corazón de 2004, durante su gira Reality Tour. Allí, acompañado por su esposa Iman y la hija de ambos, Alexandria, vivió años tan difíciles de cronicar como sus orígenes. La vida privada de un hombre es sagrada, la estrella parecía haber descendido.

Luego, en 2013 volvió con The Next Day, una colección de 14 temas en los que repasa antiguos lugares visitados con los músicos que lo acompañaron en sus últimos discos. Fue un gran momento de su carrera ya que durante sus 10 años de silencio su figura había crecido a niveles míticos y ya pocos confiaban en su regreso. Pero aún esperaba un último movimiento.

Esta vez anunciado con un par de meses de antelación, Blackstar lo mostró en una faceta que desconcertó a todos. El videoclip promocional recordaba levemente su paso por el cine en los 80 y su mito del hombre del espacio más un nuevo alter ego siniestro: un Bowie ciego y herido de ojos vendados. Además se metía con el cristianismo desde su mito más doloso: el de la crucifixión. La música recordaba los últimos discos de Scott Walker, en especial Tilt (1995) y Soused (2014). El músico norteamericano dos veces había sido versionado por Bowie en sus covers My Death durante su etapa de Ziggy Stardust y Nite Flights en medio de la euforia por su casamiento con Iman. Pero no había covers esta vez, solo una musicalidad que se volvía más críptica.

Dos días después de editado Blackstar y con el videoclip de Lazarus recién estrenado mundialmente, David Bowie murió y se llevó a Jones consigo. En su último video se lo ve vestido como solía hacerlo en su etapa oscura de Station to Station. Aislado y enajenado, escribe hasta que automáticamente deja a un lado su lugar de trabajo y se recluye en un armario de madera opaco. Lo que la imagen muestra no logra llenar el desconsuelo en el que deja a sus fans y solo plantea nuevos enigmas que serán develados cuando los hechos tomen real perspectiva. Se supo que sus cenizas fueron tiradas en la isla de Java, donde vivó su luna de miel permanente durante tres años con Iman, pero esto es solo un detalle más.

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Al tercer día tras la edición de su último disco, el hombre dejó de ocultarse para ser parte de su propio mito póstumo. En conmemoración de su natalicio 70, el 8 de enero la BBC de Londres estrenó un documental sobre los últimos años de su vida (The Last Five Years) y salió a la luz un videoclip dirigido por Tom Hingston sobre No Plan, un tema inédito de las sesiones de Blackstar. Probablemente haya aún muchas más cosas por ser develadas. Tras la edición de Hours… en 1999, en una entrevista le preguntaron qué seguía a continuación. Bowie contestó que estaba trabajando en un proyecto como el Anthology de The Beatles, pero más grande.

Tal vez sea una trampa más o tal vez no, lo que hay detrás de esa mirada eterna es polvo estelar y desde algún lugar del cosmos su voz volverá a reproducirse una y otra vez. Ese es su legado.

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